SOBRE MI

Mi historia es la de un ser privilegiado.

Mi ama nació en Sestao y mi aita en Bilbao. Los abuelos maternos fueron inmigrantes procedentes de Burgos y Cantabria y los paternos vivieron y murieron en las Siete Calles, en Carnicería Vieja. Mi abuela materna tuvo diecisiete hijos y el último fue mi madre. O sea, que estoy aquí de chiripa. Su marido un hombre trabajador y tranquilo que vio morir en la guerra a la mayoría de sus hijos. Mi abuelo paterno, chiquitero hasta la muerte, hizo sus pinitos en el Athletic y en la Banda Municipal. Su padre, mi bisabuelo, había abierto el primer batzoki del herrialde y tal vez de Euskal Herria. Mi abuela paterna, María Iturbe, haciendo honor a su apellido, divina, es una de las personas más cariñosas, sufrientes y humildes que he conocido. De ellos, de mi familia aprendí, de mi pueblo Vasco, de mi amatxu, y especialmente de mi aita, Plácido Etxebarria, un niño de la guerra que con once añitos hubo de cargar con sus hermanos pequeños durante dos años, en la lejana Inglaterra. Soy un hombre privilegiado, uno entre la primera generación de vascos que gozan de la libertad que ganaron nuestros abuelos a sangre, sudor y lágrimas. Pues eso. Soy el cuarto en una familia de ocho hermanos. Nací en Basauri, Bizkaia, en el seno de una familia trabajadora comprometida con sus raíces. De mis primeros años recuerdo un cúmulo de buenas sensaciones, el afilador, la lechera, la fuente donde cogíamos agua cuando no había en casa, las obras en las que me colaba solo y especialmente mis dos primeras amistades: un conejo y un faisán, que vivían en la carbonera, el único sitio de la casa al que yo, enano, tenía acceso, mi primer txokito. Y bueno, por lo menos, no los pudimos matar (a mis amigos) ni los pudimos comer.

Cuando cumplí cinco años nos mudamos a Deusto y empecé a estudiar en Ibarrekolanda, con las monjas. De allí me acuerdo del cine de Los Salesianos, del refresco, el polvorón y el regaliz de zara y sobre todo de mi hermana Mertxe, “Cheche”, como la mosca pero más grande, bonita y cariñosa: “los inseparables” nos llamaban. Cuando acabé segundo grado me hicieron una prueba en los Maristas de Bilbao, en la plaza Nueva, y pasé a cuarto directamente, por lo que siempre he sido el pequeño de la clase. También de esta época guardo muy buenos recuerdos: “el Pika-Pika” (así le llamábamos al revisor del tren), “el Cachabas”, que nos quitaba la pelotita con la que jugábamos a meter gol en las porterías que eran los arcos de la plaza Nueva, y seguía con los txokos en las obras, y el futbolín, y el jarigüai…

¡Y cómo no, Noriega y Juan Luis Angulo, mis primeros amigos de dos patas!

Cuando cumplí once años mi familia emigró a Vitoria-Gasteiz, con todos sus miembros menos yo. Mi padre, un currante, tuvo varios talleres mecánicos de precisión, varias patentes y fundó INMEPRE, una empresa que todavía existe. A mí me dejaron que terminara curso en Bilbao. Y viví con mis padrinos en San Adrián. De este año recuerdo el cariño que esta maravillosa familia me dio y también los celtas cortos: con mis padrinos aprendí mucho sobre las cosas importantes de la vida, con los celtas cortos empecé a fumar con Juan Luis, en los últimos peldaños de la enmohecida escalera que junto a El Arenal entraba en la ría del Nervión. Bilbao entonces era una ciudad industriosa y muy sucia. Todas las industrias que no querían en Europa nos las encalomaron a los vascos: altos hornos, químicas, cementeras. Pero Bilbo es mi lugar. Hoy es bonito. Basauri es mi pueblo, Bilbao es mi botxito y Vitoria-Gasteiz mi ciudad de adopción.

¡Cuánto me agradó ver que la nueva ciudad en la que iba a vivir era tan limpia, verde y preciosa! Eso me ayudo a hacer el cambio algo más llevadero. Pero no era oro todo lo que relucía. Empecé a estudiar en los Corazonistas y allí conocí el maltrato. Fua mi época más dura. Los tres primeros años hubo varias personas que intentaron complicarme la vida. ¡Y vaya que lo consiguieron! Inocente como Marisol y Joselito juntos, me hicieron booling por todos los costaos, por el simple hecho de ser bilbaíno. En el tercer año, cuatro trompazos. Y me hice respetar. Ya en COU, me eligieron delegado de curso. Y el tutor dijo ¡¿Etxebarria?!… ¡Nuevas elecciones! Y volvió a salir lo mismo, claro. Y no tuvo más remedio que tragar. Pero antes de dejar el centro por la puerta grande aún gocé del privilegio de cerrarla. Por primera vez cerraba sus puertas el colegio que tanto me había maltratado. Acababa el franquismo. Nos reunimos los delegados de COU de varios colegios e institutos con el inspector de Valladolid. Y decidimos unirnos a los trabajadores de Michelín, en los reales prolegómenos de la transición española a la democracia. De esta época me quedo con Chechu, con Álvaro, con Eduardo y sobre todos, con Kepa, mi mejor amigo desde entonces.

Murió Franco.

Y yo me matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras de Vitoria, en el CUA. Mis padres no me podían pagar los estudios de periodismo en Barcelona, no todavía, y aproveché para estudiar un año de Filología Inglesa y para trabajar en las oficinas del Estadio, un complejo deportivo bastante exclusivo. El año siguiente, 1977, pude al fin matricularme en Ciencias de la Información. Recuerdo a mi aita guardando la fila, nervioso, como si se matriculara él, orgulloso de que un hijo suyo hiciera carrera. Como imaginaréis, pasar de aquél colegio reaccionario a la Universidad Autónoma de Barcelona, una de las más libres de Europa, fue como subir del infierno al cielo. Y todo en el contexto del cambio de la represión a la libertad, en semejante lugar, Barcelona, donde todo lo cultural e identitario explotaba, Catalunya, uniéndose a la lucha política, las canciones revolucionarias, los profesores radicales, los garitos de jazz en El Borne, donde acabé viviendo antes de encontrar a Paco y a Cinta. Con ellos compartí piso en Travesera de las Corts, junto al antiguo campo del Español. De esta ápoca destaco su cariño, el excelente trato que el pueblo catalán me dispensó y muchas cosas maravillosas de la vida que descubrí, empezando por mi propia autonomía.

Si fuera poco apasionante mi vida la novia, María Jesús, con la que llevaba saliendo un año escaso se quedó embarazada en mi regreso a casa por Navidades, en una de nuestras incursiones en el camarote de la calle Santiago, donde todavía hoy vive la buena de mi amatxo. ¿Abortar? ¡Ya, ya! La noche del mismo día en que María Jesús me llamó para decírmelo ya estaban mis huesos de vuelta en Gasteiz. ¡Aita, que me caso! ¡Qué me dices, hijo! Y vaya que sí nos casamos. Maitane se llama el regalo que la vida nos dio a cambio. Hoy es mi agente literario y uno de mis cuatro hijos del alma. Mi hermano mayor, Ángel Mari, y como tal me vino, me empleó de peón, fui su primer trabajador. Hacíamos rótulos de cualquier tipo. Seguí estudiando en Barcelona, claro. Si fuera poco el lío en el que nos habíamos metido, en el segundo curso de Periodismo me atreví con otro año de Económicas, y aún me permití dar clases particulares en la guardería de la parroquia de San MAteo. Semejante paliza no podía alargarse mucho. No por mucho tiempo pude torear mi juventud. Y empecé a vivir lo que inexorablemente tiene que vivir un joven aunque papá: la juventud. Ni tan mal. Semejante apuesta de vida me sirvió para librarme de la mili, en el primer remplazo posible, en la primera Ley de Casados con Hijo. Y bueno, dejé los luminosos cuatro años después, cuando mi hermano ya me había hecho director comercial.

Con la venta del Renault 12 que me puso la empresa busqué una lonja y monté un pub en la calle Beato Tomás de Zumárraga, en 1980, junto a dos discotecas que parece iban a funcionar. Nos metimos tres socios, con cuatrocientas mil pesetas cada uno, en una obra de doce millones. Los primeros años fueron duros. El negocio nos lo financiaron los gremios, que al menos cobraron todo. Éramos inexpertos. La gente apenas nos conocía. Después, perseverancia, paciencia, llegaron algunos años exitosos, llegamos a estar de moda. Por el Relayer pasó toda la movida gasteiztarra, que también la hubo, los hijos de la Zapa y de la Cuchi, los años 80. Después de siete temporadas moviendo música el mundo de la noche ya me venía sobrando desde hacía un año, el de mi amarga separación con María Jesús, una persona muy importante en mi vida. El bar precipitó el acontecimiento. Nos queríamos pero distábamos mucho de ser una buena pareja. Lo peor y lo mejor del último año es que nos dio tiempo a que naciera mi hijo más artista, Iñigo, extremadamente guapo por varias partes, quien de alguna manera nacía condenado a la supervivencia. No, no fueron tiempos en los que me sintiera orgulloso como padre. El bar se vendió con más de dos mil vinilos y un buen nombre. Yo llevaba medio año viviendo a orillas del pantano, hasta que los perros se enredaron con la tienda y nos la cargamos. De esta época recuerdo muchas y buenas amistades, mucha y buena música, muchos entierros, mucho de todo.

Regresé del pantano de Ullíbarri a la ciudad de Gasteiz.

Después de cuatro cursos en Barcelona, de rebuscarme la vida de mil maneras, acabé la carrera de Periodismo en Leioa.

A mediados del 87 comencé a vivir con Carlos Sainz, excelente guitarrista, amigo desde los Coras, separados, muchas chicas, todos los placeres, soledad.

Hasta que conocí a Marian, a Ángeles Rivera. Hoy, 2008, ella es mi amor de veintitrés años. Pronto nos pusimos a soñar con viajes, con ser útiles a la gente que más necesita a la gente. Durante cuatro años organizamos la expedición Francisco de Vitoria, un Land Rover de cuarta mano, una financiación alternativa. Y con cuatro perras nos echamos a América. Empezamos el viaje por Nueva York, desde Naciones Unidas, reivindicando la unidad de los pueblos, con una licencia de periodista independiente y Ángeles con sus cámaras de fotografía. Así, viajamos por la América Latina más profunda durante siete años. De allí provienen nuestros hijos, mis dos hijos menores, Lucho, que nació en Chile y viajó con nosotros los dos primeros años de vida, y Gandhi, a quien hicimos en Colombia y nació en Gasteiz luego que Ángeles regresara con Luchito a casa. Yo me quedé un año y medio más entre Colombia y Venezuela, siguiendo con la investigación, escribiendo los primeros títulos, dos libros de relatos breves que buscan reflejar la realidad de los marginados en América Latina. Fueron acaso los mejores años de mi vida, y supongo que también para la pareja. De aquí, nuevamente, me quedo con los miles de colaboradores y de buenos amigos que tuvimos el privilegio de conocer.

En 1997 regresé de América de igual modo que lo hiciera mi compañera un año y medio antes, con una cierta aureola de viajero comprometido. Los primeros años de adaptación fueron duros. Me metí la fama donde me cabía y empecé a trabajar en la construcción -en el gas, a pico y pala, en el agua, a pico y pala, después de peón de albañil y más tarde de ayudante  de encofrador, el trabajo en el que más tiempo aguanté-. (Lo de trabajar de periodista nunca fue una opción económica en Vitoria, menos todavía para alguien que tuviera hijos y su dignidad entera). Así que volví a los txokos, esos que buscaba en las obras que de niño tanto me gustaban, y doy fe de que me harté de la puñetera construcción. En ese tiempo Ángeles y yo convinimos en que no seguiríamos con la expedición hasta que nuestro hijo más pequeño, Gandhi, cumpliera la mayoría de edad. Pero no me quejo. En estos años, bastante duros, he tenido la oportunidad de escribir mis dos primeras novelas, de seguir ganando amigos y amigas y antes que nada de ver crecer a mis hijos con salud y una sólida base humana: a Maitane, a Iñigo, a Lucho, a Gandhi.

Ahora tengo una empresa de mudanzas en Vitoria, un lugar ideal, como muchos otros, donde vivir.

Ahora tengo dos almas: vizcaína y alavesa.

Y me considero un ciudadano de la patria Tierra.

El monte Gorbea sería un buen lugar donde echar mis cenizas, que una parte caigan para Bizcaia y otra para Araba.

Sigo escribiendo.

Pero ahora ya no tengo prisa. No necesito reconocimiento en vida. He terminado con los cuatro títulos que sentía formaban parte de aquella intuición que un día, cuando yo tenía quince años y mi hermana mayor diecinueve, quien se recorrió el autobús, ella, petado de gente, sólo para decirme, con los ojos como soles, que me imaginaba con una cámara de fotos al hombro y dando vueltas por el mundo… Y así fue. Mis hijos, mi chica, mis libros, mis amigos, todo esto me hace feliz. Y espero devolver un poco de esta felicidad de la mejor manera que sé, comunicando tal vez.

Soy un privilegiado.

(En buena medida muchos lo somos por estos lugares).

Y si por experiencia de vida se tratara podría dejar ya este mundo.

Sin embargo tengo ilusión, ilusión en la vejez. Creo que entonces seré algo más sabio.

Me da a la nariz que aún me quedan los mejores años de mi vida.

Lo que me venga a partir de ahora será de pilón.

A bote pronto, para cumplir con nuestro compromiso a Ángeles y a mí nos quedan cinco añitos, los que le faltan a Gandhi para ser mayor de edad. Después, si aquí seguimos, será que estamos dando guerra.

Y África vendrá a nosotros (más que nada porque nosotros iremos a África).

Y la expedición Francisco de Vitoria seguirá su camino si alguna vez lo dejó.

Ya estamos escuchando la llamada de los tambores…


 
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