Expedición FRANCISCO DE VITORIA

Los preparativos de la expedición

 

“Antes de conocerte ya te quería” fue el primer verso de un poema que escribí para Ángeles Rivera el día que empezamos a salir. Corría el invierno de 1987. Ocho de enero. A las tantas de la madrugada la acorralé con los brazos en una esquina de Gasteiz y le dije: ¡Tú eres para mí! ¡Vaya, vaya, cómo me las gastaba por aquellos tiempos! Pero no se me vayan a escandalizar, que no a todas les decía lo mismo. Entonces reconocí al gran amor de mi vida. Hoy, casi veintidós años después, vicisitudes y marrones aparte, aún lo sigo creyendo. Lo que no me imaginé entonces es que en el mismo pack entraría que yo también sería para ella. Y a ver cómo se combina eso entre dos personas que quieren su libertad entera. Bonita tarea la que nos impusimos por aprender de lo que necesitábamos. Y en esas seguimos. Las cosas de la pareja están hoy muy crudas por estos parajes. Pese a todo creo que Ángeles y un servidor durante un tiempo dieron la talla.

Al poco de comenzar nuestra andadura como pareja ya nos pusimos en el ensueño de hacer juntos un viaje por el mundo. Ella devoraba revistas de viajes y aventuras, y yo era un aventurero que gozaba de mi libertad en un glaciar, en las calles más cutres de cualquier ciudad o con una moto de enduro bajo el culo. El año en que comenzamos a salir acabé en Bilbo la carrera de Periodismo. Todo empezaba a encajar en ese sueño de los quince años que me desvelara mi hermana mayor. Y Ángeles era la compañera de viaje perfecta. (Además siempre me ha parecido que está muy buena). Qué os voy a contar. Buena química por todas partes. Lo cierto es que tipos como yo los encuentras bajo las piedras en cualquier lugar de Euskadi. Pero mujeres dispuestas a jugársela en un viaje sin dinero por el mundo, currando en lo que se tercie, durmiendo bajo un puente si hace falta, de esas no hay tantas. De todos modos, enseguida nos daríamos cuenta de que no era para tanto, que los límites los ponemos nosotros, con nuestros miedos o nuestros prejuicios, que no hay más seguridad que la que uno lleva dentro. El tiempo dio la razón a nuestra inocencia, a nuestra ingenuidad próxima al candor, ésa que tuvimos que tener para atrevernos con semejante aventura.

Ese mismo año vendí el Relayer, un pub donde trabajé como d.j. durante siete años, compramos un Land Rover Santana de cuarta mano, uno de esos largos, y nos pusimos en el empeño de prepararlo para su cometido. No necesitábamos un súper motor ni un súper nada, nos bastaba con un hierro que no nos dejase tirados. Así que empezamos a buscar patrocinadores. Primero fueron los buenos de Xabide, una cooperativa vasca dedicada a la gestión cultural, de quienes recibimos el primer apoyo. Nuestro máximo agradecimiento a Mertxe y a Roberto, De ellos obtuvimos el excelente proyecto que llevamos bajo el brazo durante cuatro largos años pero fructíferos, los que necesitamos para organizar la expedición Francisco de Vitoria alrededor del mundo. Después entró en el patrocinio Carrocerías Botta, que nos dejaron el carro como nuevo por fuera, y los de Tapicerías Gonher que hicieron lo propio por dentro. Luego de un año de conversaciones con el tipo más auténtico de la época si hablamos del patrocinio de viajes en Land Rover, Paco Sánchez, conseguimos la colaboración de Land Rover Santana. Antes, nos había pedido que pusiéramos un motor nuevo. Y así lo hicimos. Para ello tuvimos que recurrir a nuestro amigo Juan Antonio Señor, entonces futbolista del Zaragoza. ¡Juan, majo, me puedes dejar un millón de pelas! Él conocía bien nuestra intención. Y sólo nos pidió que le informáramos de aquellos lugares donde los niños sufrieran especialmente. (Amigo Juan, espero que en parte te hayamos pagado con “El universo existe por amor”, nuestro primer libro de relatos, y en lo que respecta al millón de pesetas que te debo, querido amigo, confío en pagártelo pronto). Todo lo que pedimos a Santana  -revisión mecánica a fondo, un winchy, el filtro aéreo, seis focos especiales, una buena baca y suficientes repuestos- nos lo pusieron en Madrid. Allí estuvo “Janfri” durante un mes. Este paso significaba un punto de inflexión importante para la expedición. Ya no había marcha atrás. Después llegarían las negociaciones con Michelín para obtener seis neumáticos, los mejores del momento. La carpintería Flanker y la familia Corres nos forraron con muebles el interior del vehículo, toda la parte trasera -laterales, fondos y hasta en el techo-, de madera ignífuga e hidrófuga (nuestro mejor recuerdo para el amigo José Cruz, fallecido recientemente). El Land Rover había mejorado mogollón en todos los aspectos. Luego vendrían la tienda de campaña que iba sobre la baca, los rótulos y el patrocinio de seguros Lagun Aro gracias a Gorka Knörr. Lo nunca soñado: partiríamos con un seguro que incluía el robo del vehículo.

Todo estaba preparado.

Ya teníamos en la mano los pasajes de avión para nosotros y los del barco para el todo-terreno. Disponíamos de todos los documentos en regla, de las vacunas estrictamente necesarias, del ingente papeleo en aduanas para el traslado del vehículo y su carga.

Todo estaba listo.

Sólo faltaba un pequeño detalle, luego de cuadrar las cuentas: ¡estábamos sin un puto duro, joder!…

“No pasa nada, cariño, no llores” –intentaba consolar a mi compañera el 6 de julio de 1990, el día de nuestra boda-…  Luis Rivera, mi cuñado, que pasaba entonces por allí, vio las lágrimas de su hermana. “No te preocupes bonita, que yo os dejo lo que necesitéis” –nos consoló el majo de Luis-.

Y bueno, con su dinero partiríamos mes y medio después: medio millón de pesetas.

Antes, el 13 de agosto de 1990, el Land Rover de la expedición había embarcado en el puerto de Santurtzi, Bizkaia, con rumbo a Nueva York.

El 26 de agosto de 1990, la pobre Kenya dopada en una jaula, nuestra compañera bóxer, con nuestra familia despidiéndonos en el aeropuerto de Barajas, volábamos a cumplir nuestro sueño.

Estábamos súper atontaos.

Nos dimos la mano.

Nos miramos con la milirrubina en los zancajos.

Y rompimos a reír, felices como dos niños.

En medio del océano nuestro Land Rover viajaba con un rótulo muy especial en cada lado, el lema de la expedición: “Para la unidad de los pueblos”. A Nueva York nos dirigíamos. De allí quisimos partir, de Naciones Unidas precisamente, para llamar la atención sobre una institución que sirve para que nada mejor pueda existir…

 

 

 

   ¡Esto parece que ha empezado, nena!  

    ¡¡¡Uyyyyyyy, qué güaaayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!!!

 

Quince barbacoas en New York

(capítulo dos)

 –¡Qué sobrada!

   ¡Jodéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!

      No pueden imaginarse la sensación de encontrarse bajo los soberbios edificios de Manhattan en el carro de paseo del tío Antonio. La tía Carmen y él nos habían recibido en el aeropuerto Kennedy con unas sonrisas que alumbraban como la Vía Láctea. Un miembro de la familia Arceredillo aún sigue viviendo al otro lado del río Hudson, en New Jersey, en una casa de madera clásica desde la que se divisa una de las vistas más fotografiadas de Manhattan. Mejor no podíamos empezar. Esa primera tarde, en nuestra primera barbacoa en el jardín de la casa de los tíos, conocimos a un matrimonio de cubanos, anticastristas, abiertos sin embargo a cualquier comentario acerca del régimen que les hiciera emigrar a los Estados Unidos. En realidad se sentían agradecidos por la acogida que el nuevo país les había brindado, un lugar del que dicen que cualquier idea puede salir adelante. Seguíamos atontaos. Yo respondía con monosílabos y con continuos movimientos de cabeza. Estaba, lo que se dice, grogui. Ángeles se veía alegre, ilusionada. Pero también me confesó que estuvo toda la tarde paseando por el limbo de los justos. Nos cedieron la habitación más romántica de la casa, en el ático. Aquello parecía un cuento de hadas. Después de todo en Nueva York viviríamos esa luna de miel que no tuvimos en Gasteiz.

   Qué guay, Iñaki, qué increíble  es todo esto, jolín, estoy en una nube!

   Pues quédate, si quieres. No tenemos prisa.

Y así fue. Además de la nube de polución en que cada mañana nos metíamos cuando íbamos en guagua hasta la 42 nos guardamos en esa otra nube donde sólo viajan los apasionados. Desde allí la vida se ve en colores. Caminar Nueva York es una gozada, vivir allí supongo que no tanto. Nos gustó perdernos en Chinatown, en el barrio italiano, bajo las Torres Gemelas, los homeless manifestándose frente a la Estatua de la Libertad, en los cafés neoyorquinos, las coronitas con limón bajo el puente de Broadway, flipando de la mano por Central Park, una mañana de domingo en el Museo de Ciencias Naturales, en un puestecito de hot dogs de cualquier avenida, los vapores saliendo por las rejillas de ventilación del metro. Me gusta la diversidad de Nueva York. Es una ciudad que engancha. La gente suele ser amable, por cualquier cosa se disculpan. Por lo menos así lo vivimos nosotros en los últimos días del verano de 1990.

Pero lo que más nos seducía era un rule por Harlem y El Bronx.

   Estáis locos! –nos decían los primos cada vez que proponíamos al tío Antonio que nos llevara por esos andurriales-. Nos costó convencerle. Pero al fin se armó de valor.  Cogió el chevrolet viejo. Y nos echamos a las calles de los dos únicos distritos de la isla que nos quedaban por pasear. Se comentaban en la ciudad los últimos desmanes de algunas bandas de jamaiquinos, que algunos hispanos estaban invadiendo el negro Harlem. El Bronx nos pareció un lugar duro. Los camellos tenían tomadas las calles principales y no se cortaban un pelo. Te buscaban  los ojos al pasar. Harlem nos llenó de vida, las familias en la calle, no hacen falta excusas para montar una barbacoa, buen funk, o rap, una mesa larga, los humos del asado, la abuela en la tumbona, vibrando a tope los buffers de las columnas. Hubo un momento en que para cambiar de sentido, en pleno corazón del Harlem, el tío Antonio tuvo que meter su carro en una callejuela: tres pick-ups por delante y un afroamericano de veinte pies pasando drogas a la carta, quien siquiera reparó en nosotros hasta que llegamos a su altura. Tuvimos que pararnos, la ventanilla baja, el codo afuera. Me limité a saludarle, High. Y arrancamos, ufanos. Ese fue todo el peligro que corrimos en Harlem y El Bronx. 

Llevábamos doce días en Nueva York cuando el primo Tony nos acompañó al puerto. Había llegado el Land Rover.

Problemas en la oficina de aduanas. 

   Se equivocan. No estamos importando un vehículo a los Estados Unidos. Solamente estamos en tránsito por el país. Nos dirigimos hacia México. Es el 4 x 4 de una expedición alrededor del mundo. Aquí tienen todos los papeles.

   -O.K. ¡Good travel. 

Un día antes de partir el diario The Dispatch nos hizo una entrevista en la casa de los tíos. Ese día gozamos de la última barbacoa. Carmen y Antonio nos llevaron a conocer a unos amigos cubanos acomodados en el oeste de New Jersey. Castro es un demonio –nos dijeron-. Pero ellos no parecían vivir el paraíso de los justos. 

Naciones Unidas. 9 de septiembre de 1990. El señor Pérez de Cuéllar no puede recibirles porque está en Irak, con Saddam Hussein. Muy amable, su secretario nos enseñó las entrañas del edificio. Muchas gracias, muy bonito. Por lo demás, ¿el mundo qué tal?…

Ese mismo día partimos simbólicamente del edificio de Naciones Unidas. El cuentakilómetros del Land Rover Santana marcaba quinientos kilómetros escasos, los que recorrió desde el taller de Madrid hasta el puerto de Santurce. A petición nuestra Santana había colocado un dispositivo para que el cuentakilómetros no se pudiera trucar. En el Empire State tuvimos la ocasión de conocer el lugar donde se edita el libro de los record Güines. Entonces el viaje más largo en conducción alrededor del mundo lo tenían dos cantantes de folk alemanes, quienes viajando de pueblo en pueblo durante veinte años habían hecho 250.000 kilómetros. Pero esto no pasaría de ser una simple anécdota para nosotros, un pequeño aliciente deportivo que nos ayudaría a vender la expedición. Ciertamente no sabíamos bien a lo que íbamos. Pero junto al mapa con el recorrido, en una de las ventanas traseras, se leía la siguiente leyenda: Confiamos en regresar creyendo haber aprendido algo importante que devolver al mundo”.

El cónsul español en Naciones Unidas nos despidió contento por nuestra partida. No éramos tan famosos, pero creo que pensó que se había librado de dos moscas cojoneras. ¡Buena suerte, chicos! 

Tranqui, cónsul, que no seremos nosotros quienes le hagamos bajar de su poltrona. Realmente somos unos chicos tranquilos.

¡Agur, familia! ¡Muchísimas gracias por todo!…

La ruta al oeste nos esperaba.

   ¿Estás bien, mi chica?

   Súper bien.

   Vale. Ponte el cinturón, que nos vamos.

En ruta hacia el lejano oeste

(capítulo tres)

¡Bum, bum! ¡Bum, bum! ¡Bum, bum! Mi corazón latía a mil por hora. Sólo que me viera en una de esas autopistas estatales libres de peaje, la freeway que nos ayudaría a atravesar el estado de New Jersey, mi nivel de responsabilidad se multiplicó por cien mil . Conducía como pisando huevos sin querer romperlos. No me quería ni imaginar lo que supondría tener un grave accidente al poco de comenzar. ¿Se imaginan? Cuatro años preparando todo esto y en un pim-pam-pum podía fracasar la expedición. Me preguntaba qué dirían los clientes del bar Gredos, el pequeño establecimiento que fundaran los padres de Ángeles, si el viaje se chafaba a la primera de cambio. Me consta que algunos entre ellos se habían cruzado apuestas sobre lo que duraríamos. Y creo que el más crédulo llegó a decir que aguantaríamos dos años como mucho. No, no se me quería demasiado por allí. A fin de cuentas me había llevado a la camarera que diariamente hacía más llevadera su existencia. No les guardo rencor. Así que disfrutaba viendo correr, lentamente, los números del cuentakilómetros. 605, 606, aprendiendo a gozar a cambio de sufrir. Esto se movía. La expedición Francisco de Vitoria estaba realmente en movimiento. Aquello tenía que perdurar, que hacerse fuerte. Quizá algún día, lejano, daría sus frutos. Queríamos ayudar, eso sí lo teníamos claro. Queríamos colaborar para un mundo mejor. Pero ante todo deseábamos vivir, conocer, explorar, llenarnos de todo y de todos. Yo ya me sabía dueño de una buena estrella. Pero había que hacerla brillar. El propio camino nos enseñaría cosas importantes. Eso también lo tenía claro. ¿Iba buscando algo?… No lo sé. Supongo que sí. Pero eso poco importa. Sé que nos echamos al camino, y que por ahí nada malo podía llegar. Y eso ya es mucho saber, pero bueno. Ángeles se veía bien, disfrutando del verdor de los paisajes, de su libertad ganada por haber vencido miedos y prejuicios, disfrutando su regalo por creer en la vida, por saber que por estos lugares acostumbramos a tener más o menos lo que nos merecemos. Yo la miraba y veía que en ella no había nada impuro, nada artificial. Mi chica, mi chica, esto lo estoy haciendo con el gran amor de mi vida. Yo lo sabía. Sabía eso y pocas cosas más. Y no era la clarividencia de un ser inteligente sino la de un hombre afortunado, privilegiado por no haber desobedecido mi instinto. Me había despedido sin aspavientos de mis hijos en la calle Ramiro de Maeztu, en Vitoria, bajo la casa de mi antigua suegra, María Jesús. (Valga para ella un beso). Algo se me rompió en el alma cuando lo hice. No recuerdo lo que les dije, pero sí que fui uno de los padres más escasos que conocía. ¿Qué puñetas me estaba llevando a dejar a los dos hijos maravillosos de mi primer matrimonio y lanzarme a la aventura? Aunque no, aventura no, por favor. Aquello no era una aventura, joder. Quería convencerme de que no éramos unos simples aventureros. Que necesitaríamos aventurarnos para llevar a cabo semejante locura eso es cierto, también que tenía que estar no sé cómo para dejar a mi familia, la seguridad que me brindaba mi amable ciudad o la comodidad de nuestras casas. Joder Iñaki, tío, estás dejando a tus hijos por qué, para qué… Entonces le quitaba hierro al asunto engañándome que les vería el próximo verano, que a cambio iban a poder ver otras gentes, otros países. Ya los primeros años de separado me había intentado convencer de que era mejor verles lo justo para que no se encariñaran, y de ese modo sufrieran menos mi partida.  Qué clase de idiotez fue esa. Qué coño de fuerza me hace perder la cabeza y abandonar a mis hijos. No lo sé. Pero en más de un momento se me hizo insufrible la imagen de mi tacaña despedida… 611, 612…Estaba más atento a los kilómetros que a imaginar cómo estaría mi compañera, o qué sentiría su familia, dividida entre quienes me comprendían y quienes no lo hicieron. No les culpo. Hay que estar un poco tocado del ala para hacer lo que hicimos. ¿Quieres un cigarro, Iñaki?… Y yo seguía sin despegar la vista de la carretera. El centro del universo debía estar entonces muy cerca de mí. 617, 618… Menos mal que no me sentía un iluminado, no, qué va, sólo un tipo que estaba sacando adelante su destino. Sobre este particular no tenía dudas. ¿De dónde me venía entonces el miedo a que aquello fracasara? Si yo estaba destinado a hacer lo que hice, cuál era el problema. Aunque supongo que aquello era algo natural, creo que entonces sentía pánico al ridículo. Nunca he sabido pasar de alguien. Y no quiero aprender. Ángeles, Angelines… Qué gozada, qué privilegio viajar por el mundo al lado de una mujer a la que harías el amor en cualquier rincón del planeta… Creo que entonces no era muy consciente de ello… Qué maravillosa libertad estábamos viviendo. Podíamos seguir, sin parar, hasta el infinito, o quedarnos en cualquier lugar la vida entera. Nadie nos mandaba. Ya nos habíamos preocupado de ello. Ya nos había ocupado en preservar nuestra independencia. Personalmente, necesitaba mi autonomía entera para no decir tonterías. Ya había demasiados periodistas cooptados por el sistema, condenados a una vida mediocre. Así es, unos días antes de partir había sacado la licencia de periodista independiente en el ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. No, no tenía programas ni guiones establecidos: necesitaba entera mi libertad. Aunque no sé si la tenía…  

   ¿Te gusta este lugar para dormir?

   Vale –me contestó mi princesa en un cuento de hadas.

La primera noche dormiríamos en la tiende de campaña, sobre la baca. Con nuestras cabezas asomando por la lona verde, mirábamos la luna de los amish en medio de la verde campiña de Pennsylvania.

   -Good morning –nos despertó la voz tranquila de un hombre, sombrero de puritano, al tiempo que pasaba a nuestro lado en una berlina negra tirada por un fuerte mustang. Ya hacía un buen rato que había amanecido.

   -Good morning, sir. Le contesté con los ojos llenos de legañas secas.

Sí, habíamos dormido bien, con la tranquilidad de quien se sabe dueño de una buena estrella, y la confianza cándida de un gilipollas bienaventurado .

Pronto nos daríamos cuenta de que no se podía dormir alegremente en los descampados americanos.

Unos días atrás nos había invitado el tío Antonio en Nueva York… ¿Dónde preferís que vayamos este fin de semana, a las cataratas del Niágara o a conocer a los amish de Pensilvania. Lo decidimos rápido. Así fue que conocíamos algunas cosas de este colectivo singular. La vida parecía haberse detenido en una aldea europea del siglo XVI. Nos enganchó su estilo tranquilo y familiar, sus impolutas granjas, silos y vaquerizas, sus artesanías en madera clara y sus tarros de mermelada. Nos preguntábamos si era bueno mantenerse en una burbuja en estos tiempos. De algún modo ya sentíamos que entre tanta foto idílica había de bullir una compleja problemática, repleta de claroscuros. Las últimas generaciones de amish habrían de pelear su libertad. Eso quedaba patente. ¿Podrían mantener ese estilo natural de vivir en un mundo tan competitivo y lleno de placeres mundanos? Desde luego era todo un reto para un pueblo con nosotros exquisitamente hospitalario. 

Después de una tranquila jornada en la que atravesamos los estados de Pensilvania, Virginia Oeste y Ohio, inmensas llanuras de avena o de maíz moviéndose al ritmo de un viento suave de septiembre, de cuando en cuando algún rancho, algunas vacas, un molino, los altivos silos y la sempiterna alambrada, ya en el estado de Indiana nos sorprendió un increíble atardecer. Detuvimos el Land Rover a un lado de la carretera y sin saberlo entramos en una especie de urbanización rural. Tan pichis, nos pusimos a sacar fotografías del maravilloso atardecer, que fue desde una encendida gama de naranjas hasta un profundo cobrizo. En medio de la oscuridad desplegué la tienda de campaña, mientras que Ángeles se las apañaba para cocinar con el camping-gas recién estrenado, en la trasera del vehículo, que entonces se veía reluciente. Con la puerta trasera del Land Rover abierta, la cocinera tenía todo a mano en los armarios, excepto el agua. Para hacerse con ella tenía que abrir la puerta lateral izquierda, y escanciarla sirviéndose de un tubito plástico conectado al bidón de 80 litros que llevábamos en el centro del vehículo, junto al asiento de Kenya, quien brincaba alegre por los jardines de la urbanización.

Aquello no parecía real.

Hasta que, de pronto, vimos cómo se aproximaba la luz de una linterna. Estábamos terminando de cenar, sentados en los taburetes plegables, junto a la mesa cuadrada y pequeña, asimismo plegable. ¡Booooooorrrfffff!-nos avisó Kenya-. Y quedó observando el bulto que había detrás de aquella luz, bien cuadrada. La sujeté y esperé a que se acercara aquel hombre, de mediana edad, sombrero de ala ancha, una radio en la mano derecha y una linterna enorme apoyada en su hombro izquierdo, lista para golpear. Ese tipo se detuvo a cuatro o cinco metros de nosotros. Me levanté. Di un paso adelante y le expliqué lo que había en mi pobre inglés. Pero el tío estaba obcecado con llamar a la policía. Y eso es exactamente lo que hizo. Calma. Mucha calma. Este tío es bobo, igual se cree que le vamos a robar –nos dijimos en voz baja-. ¡Pero si estaba a la vista que era el vehículo de una expedición! Habrase visto otra cosa igual… This is one expedition around the World, dou you see?… Pero el tío nos mantuvo a raya. Tenía ojos de zumbado, de persona con pocas entendederas. Hasta que diez o quince minutos después apareció un coche de la policía. Bajó el típico sheriff gordo y fuerte de mirada perspicaz. Rondaría los sesenta años. Se le veía con el culo pelado en estas y otras lides. Amablemente se dirigió a nosotros en un inglés tranquilo. Le señalé la puerta en la que estaba el rótulo donde se leía en castellano: Expedición Francisco de Vitoria alrededor del mundo. Iluminé el mapa del recorrido con una linterna idéntica a la de aquel tipo, y expliqué por encima nuestro proyecto al policía. Quien nos guiño el ojo y volvió la vista, con una mezcla de lástima y desdén, hacia el atontado que aún seguía alumbrándonos a la cara, como diciéndonos… No le hagáis ni caso. Quédense a pasar la noche si quieren –nos dijo finalmente-. Y se despidió cruzando unas palabras, ininteligibles para nosotros, con aquel hombre farruco. Ángeles y yo le dimos las gracias al policía, que marchó de allí. Y miramos cómo se alejaba el vecino, poco convencido todavía. ¡Ala, que te den! –nos despedimos del intruso-. Y solté a la perra, que se puso a brincar alrededor nuestro.

En la tarde del día siguiente, habiendo cruzado de este a oeste el centro de Illinois, ya en tierras de Missouri, a la buena de Ángeles se la veía molesta…    

   -¡Pero tú has visto otra cosa igual, si no se puede parar en ningún lado, si en este puñetero país todo es propiedad privada!…

   No te preocupes, cariño, no creo que sea todo así…

 

 

 

 

 

 

 

 

 


9 comentarios to “Expedición FRANCISCO DE VITORIA”

  1. Hola!
    Somos la familia Zanuzzi de un pueblito llamado Maciel, de la provincia de Santa Fe, Argentina; Donde ustedes hicieron un paraje por la noche para luego continuar. En ese transcurso conocimos a toda su familia incluido su bebe. Tenemos a su disposición fotos que nos sacamos con ustedes y que podemos mandarles, cuando su bebe tenía meses. Nos tardamos tantos añoz porque recién nos llegó la tecnología! jaja! si las desean pueden escribirnos a este mail y se las mandaremos. Sin más, aprovechamos para saludarlos y nos ponemos muy felices de poder comunicarnos después de tantos años.
    Con cariño… Familia Zanuzzi.

  2. Hola Iñaqui, he leído los preparativos. Excelente cuando uno tiene en claro lo que quiere, no existe nada que se interponga.
    Vaya hombre que compañera te has hechado!
    Me siento identificada con ella. Ayer charlábamos con Marcial, somos diferentes personas; pero con una lucha de equipo muy parecida.
    Te dejo un abrazo mágico para tí.

  3. Hola Iñiaki:
    Ayer te hice un Comentario, pero veo que algo no salio bien, pues no esta publicado.

    Leí la primera parte: Los preparativos de la expedición, era un Comentario algo extenso y personal, bueno espero que este salga.

    Escribía en resumidas cuentas que encontraba una analogía en el perfíl de Angeles e Irlanda que es mi mujer, que te dejo el mensaje arriba.

    Tambien que coincidia contigo en cuanto al Concepto de Naciones Unidas, y que el Post es una lección de vida, de como: Se puede.

    A propósito, la familia Zanuzzi, de Maciel, Provincia de Santa Fe, es la misma provincia donde yo nací, en la Capital de Santa Fe.

    Si llegaste a Santa Fe, seguramente viste el Puente Colgante, o lo que quedo de el, en aquel momento, ahora lo reconstruyeron.

    Todo el proyecto sobre el puente Colgante, y su montaje fué de mi abuelo, por ello lleva su nombre.

    El Puente no solo servía para pasar, sino también para llevar agua potable a Santa Fe, dado que debajo del mismo estaban las dos cañerias que llevaban agua.

    Espero que este Comentario salga.

    Un Abrazo

    Marcial

  4. Hola Amigo, hoy creo que ha sido el último Post de mi Blog por un tiempo indeterminado, ni yo lo se.

    He dejado tu Blog, en el enlace Blog/www Sugerida, en la columna izquierda, debajo de la Madre Teresa de Calcuta, hasta el día en que regrese.

    Tal vez antes de cortar definitivamente internet pase por aqui con Irlanda, para seguir esta maravillosa experiencia que han vivido y sabes transmitir en palabras, recien me leí el capitulo dos.

    ¡Cuidense, Que lo mejor se les brinde Angeles e Iñaki!

    Marcial

  5. OS DESEO DE CORAZON LO MEJOR Y QUE DIOS OS BENDIGA SIEMPRE .UNA AMIGA DEL ALMA…

  6. Kaixo potxolo soy Hanuman (tu montador pofesional)prefiero este nombre que Luiscar.Me he leido tu expedicion o aventura por esos lares del globo me parece muy decisivo dejar todas las comodidades y excesos que nos acompañan en estos dias para emprender una historia asi que no se sabe dondete van a llevar.Te conoci en Relayer donde trabajaste como D.J. y con mi brother Alberto hacia como 18 años que no nos veiamos el otro dia estuvimos juntos y me alegro de verte con esa energia que todavia te queda con todos los tacos que tienes en la txepa 5 mas que el menda.Esta energia seguiras conservandola siendo consciente de que el hombre es peor que la bestia mientras alberga egoismo y le es indiferente la felicidad ajena. Se eleva por encima del nivel de la bestia cuando empieza a trabajar por el bien de su familia, espero que asi lo hagas o entiendas en fin parezco un filosofo loco de otro tiempo, pero te tengo en gran estima,un fuerte abrazo y muxus para ti y tu famili.

  7. Expedición Francisco de Vitoria, Inaki, soy Javier López Mauricio, Tochtepec, Pué., un pueblito de Puebla, México los vio pernoctar una semana santa, en una representación de la Vida, Pasión y muerte de Jesús, recordando q haya tenido éxito su sueño, les saludamos y deseamos hayan tenido los resultados q buscaban. Seguiremos buscándolos hasta dialogar.

    • ¡Hola, Javier! ¡Qué sorpresa, hermano! Os agradecemos muchísimo vuestro interés. Ángeles se puso muy contenta cuando le dije que nos habíais localizado. Espero que os vaya estupendo. Nosotros estamos bien. Me he decidido a escribir finalmente la novela sobre la expedición Francisco de Vitoria”. Supongo que seguiremos en contacto antes de que la acabe, puesto que pasarán varios años. ¡Un abrazo muy fuerte, amigos! Ángeles e Iñaki

    • ¡Hola, Javier! ¡Qué sorpresa, hermano! Os agradecemos muchísimo vuestro interés. Ángeles se puso muy contenta cuando le dije que nos habíais localizado. Espero que os vaya estupendo. Nosotros estamos bien. Me he decidido a escribir finalmente la novela sobre la “expedición Francisco de Vitoria”. Supongo que seguiremos en contacto antes de que la acabe, puesto que pasarán varios años. ¡Un abrazo muy fuerte, amigos! Ángeles e Iñaki

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