Clasismo y hogar común

¿Está superado el discurso marxista de la división de clases?…

¡Ni de coña!

¿Podrá superarse alguna vez?…

Creo que antes llegarán los cocodrilos a Marte.

Es la intolerancia, el desprecio por el diferente, una condición humana con un papel decisivo en la suerte de nuestra especie que no debemos subestimar. El clasismo, como el sexismo o el racismo, casi todo lo que acaba en ‘ismo’ menos seísmo, no son sino un producto más de nuestra falta de consideración al diferente.

El problema, pensé, es que hay mucha gente inmune al sentido común, demasiada gente que piensa con el bazo.

¿Y qué podemos hacer con ellos?

¿Qué sé yo? ¿Enseñarles a que sus cerebros segreguen linfocitos? ¿Echarlos a la hoguera? ¿Mandarlos a la China o al Japón, que allí les gustan los bichos raros? Eeeeeeeeee… No se me ocurre nada más. Ah, sí, les podemos decir ¡Eh, capullo, capulla, no te resistas, no me soportes, no me toleres más! ¡Respétame, coño!

Bueno, ahora ya en bromas. Lo cierto es que sentimos al “otro” como una oposición, no como un complemento. Y esto, hasta donde me dan mis tragaderas intelectuales, no tiene mucho sentido en una humanidad cuya principal vocación debiera ser la de preservarse… Entonces pensé en mi vecino del quinto derecha y me di cuenta de que algunos prefieren preservarse en una solución de formol y naftalina con unas gotitas de pachuli.

¿Qué más se puede decir, que la culpa la tiene una deficiente relación entre patronos y trabajadores, entre jefes y subalternos, que eso es importante para el verdadero progreso y para nuestra propia felicidad, que algunos nos merecemos una nueva conciencia en la filosofía del trabajo? …

En fin, tonterías aparte. El caso es que ayer, sentados la gata y yo en nuestro tejado de zinc, la gata me explicó que si los obreros y los patronos buscásemos los mismos fines en la producción, nuestra relación no se basaría en el dominio sino en la cooperación, y nuestras comunidades no serían marcadamente clasistas. Pero también me contó que esto es imposible en tanto no se socialicen los perros, el capital y no sé cuántas cosas más, me aseguró… Y yo le dije, ¡no puede ser? Y ella insistió, qué sí, qué sí, inténtalo, ya verás.

Así que al día siguiente le largué el cuento a mi jefe. Y él me dijo, te comprendo, Manolo, y me largó de la empresa.

Así que ahora no tengo trabajo, ni gata porque la eché a la calle a puntapiés.

Recuerdo a la pobre caminando muy triste, cabizbaja, pidiendo permiso una pata a la otra para caminar, despacito,  mirando de cuando en cuando hacia atrás. Y viendo que no me conmovía me largó una perorata de cuidado. Me dijo, muy cabreada, que los intolerantes como yo deberíamos cuestionarnos nuestro papel en el retroceso espiritual humano, que en tanto no se socialice el trabajo, y, en consecuencia, la producción y el consumo, en tanto prevalezcan las excluyentes ideologías de clase, el capitalismo y el comunismo, y continúe presente un mundo del trabajo dividido visceralmente en clases, no en el reparto inteligente del trabajo, nuestra evolución sólo será una broma de mal gusto que no convencería ni a los ancianos con alzheimer. Y siguió caminando suavito. Y, farfullando entre dientes, me siguió diciendo, despechada como gata a la que sacas a puntapiés de casa, que eso nunca será posible si no creamos los mecanismos jurídicos supranacionales que regulen las funciones básicas de los agentes económicos globales, así como sus limitaciones, y que nunca los habrá si no los demandamos al unísono… Y yo le pregunté, algo conmovido esta vez… ¿Al unísono, gatos y personas? Y ella me respondió que soy un pendejo, que las únicas que pueden hacerlo, las únicas que pueden exigir la democracia económica son las sociedades civiles organizadas, sensibles a la evolución. Y yo le pregunté ¿las de los gatos y las gatas? Y ella se largó definitivamente con cara de que le daba pena. Y no la he vuelto a ver…

Un año después, con mucho tiempo por delante para pensar, ya que todavía estaba en el paro aunque ya no cobraba, comencé a hacerme preguntas de gata escaldada. Y me decía en mis largas noches de insomnio, entre trago y trago de vodka polaco, que es más barato que el ruso… ¿Hay alguna esperanza real de que alguna vez pueda lograrse esa utopía? ¿Hay algo en que pueda fundamentarse este anhelo de tantos y tantos?… ¡Hip! Y me respondía, ¡hip, hip! De momento, sólo en la teoría. ¡Hip, hip, hip! Vale, me dije, entiendo que en el desarrollo de las sociedades civiles reside la esperanza de superar un mundo dividido en géneros, en razas, en clases. Hasta que se me pasó el hipo y las ganas de filosofar. Luego llegaron los eruptos con sabor a chorizo de cantimpalo ensopado en alcohol de quemar. Me siguieron llegando respuestas que me hablaban de educarnos en el respeto mutuo. Me decía a mí mismo que la sociedad común es el espacio natural de encuentro pacífico de todas las condiciones y expresiones humanas, el necesario para educarnos en ese respeto mutuo, acaso el más importante logro cultural y social de unos humanos nunca del todo libres. Justamente lo que me decía la gata. Y entonces, ya muy desvelado, me dirigí a la nevera y le hice a unas alubias pintas que llevaban ahí desde el Diluvio Universal. Aparté un poco el moho y entonces me puse serio. No, Manolo, de veras, ¿cómo acabamos con la división de clases? Y después de un terrible silencio y de varios cuescos, di con la solución… No hay recetas mágicas, ¡ráaaaaaaaas!, pensé. Pero tal vez haya recetas majicas, como decía mi antigua esposa, la maña, la que me dejó por mis flatulencias con olor a morcilla cruda del Penedés. Y me dije…Para entrar en ella, en la sociedad civil del futuro, algo hemos de dar, leche, cada cual ha de preguntarse sobre lo que puede aportar a este bien común en el que todos podríamos estar incluidos, también nuestros descendientes. ¡Jooooderrr, me exclamé! Y todo esto lo he pensado yo solito. Y me dije… ¡No puede ser! Hay que echarse a las calles. Y me subí los pantalones. Y me puse una chupa con piel de borrego del pueblo. Y me eché a las calles, efectivamente, en busca de mi gata y asesora en temas filosóficos. Me recorrí el barrio entero. Y me sorprendió la madrugada y también la vecina del tercero centro mirando entre las basuras. ¡Será chismosa! Y me pilló un munipa abriendo una alcantarilla. Y muerto de vergüenza y de frío, regresé a casa y me hice un puré de galletas con vodka y un sofrito de ajo que me sobró de la semana, o del mes… Bueno, qué más da… El caso es que me vino la inspiración y un pinchazo al lado del estómago… Esto de llevarse con el jefe de tú a tú tiene que ser la hostia… Y supuse que en algunas partes del globo sería menos difícil que en otras, seguro que sí… Y me volvió el hipo. Pero no me rendí. Empezaba a verlo todo claro de verdad… Claro, claro, me dije, en las sociedades civiles más evolucionadas, en aquellas en que la distribución del trabajo es más justa y proporcionada, ya se camina, de hecho, hacia la superación del clasismo y de otros ‘ismos’, menos seísmos, me repetí. Claro, claro, la dialéctica nacional entre ricos y pobres debe trasladarse a las comunidades humanas menos favorecidas del planeta. Y entonces pensé en viajar a África. Pero al ver que no me alcanzaría la plata, quince euros conté, me convencí de que tal vez era mejor empezar por mi pueblo. Lo haré, sí señor. Y me tiré otro cuesco. Ya despejado, caí en cuenta de que es preciso llevar el compromiso ético de un mundo más justo al terreno supranacional, me dije como si me hubiera fumao cuatro porros. Claro, claro, ésta es la eterna dialéctica global entre las dos mismas castas de siempre, la opresora y la oprimida, los de abajo y los de arriba, de la que todos hacemos parte en tanto no progresa en el humano una conciencia universal basada, como es de sentido común, en el respeto y la cooperación entre iguales. ¡Joder, se lo tengo que contar a la gata! ¿A quién se lo voy a decir si no? Y volví a la calle… Y mientras la buscaba, en mi bazo algo me punzaba, cada vez más y más. Entonces pensé que las personas debemos estar muy por encima de las clases o las ideologías, que no tenemos que esperar a ningún político, a ningún gobierno, a ningún redentor salvapatrias, que obrero y patrón, jefe y subalterno, tendríamos que buscar los mismos fines, consensos, planes, alternativas, sin sindicatos, sin patronales, hacer nuestra la tienda y la fábrica, hacerla de todos, hacer de nuestra empresa un hogar común, uno que ya está naciendo en alguna parte!… Y torcí la esquina. Y… ¡Pasionaria, mi amor! Había dado con la gata, delgaducha, todita enroscada,  embarrada, medio muerta de frío, pasmada, mirándome con carita de no ha sido penalti, señor árbitro, se lo juro… Y la tomé en mis brazos. Y le brindé mi fétido calor de borrego del pueblo. Y entonces fue cuando la besé… Después, muy ufano, subí las escaleras como alma que lleva el diablo. Y ya en casita, en nuestro hogar, yo en mi hediondo sofá y ella en su cunita de terciopelo, le hablé de mis progresos en filosofía política, lo del hogar común de patronos y obreros, lo de crecer y multiplicarse por todo el planeta, y todo eso… Y ella me miraba encantada. Y fue entonces cuando me llegó la inspiración hasta el esófago, luego a la faringe, y cuando alcanzó la boca… ¿O qué?, me pregunté. Y la gata me miró esperanzada, ¡miauuuuuuuuu!, como aguardando una última idea, algo brillante, supongo… Y fue aquí donde me derrumbé…Y sólo fui capaz de decir… O entonces los humanos nos iremos todos al carajo, suspiré, y los demás seres vivos progresarán adecuadamente. ¡Ráaaaaaaaaaaaaaas! Perdona, cariño, le dije a la Pasionaria, no me ha sentado muy bien la comida en el cerebro. Y entonces seguí pensando con el bazo… Bueno, de ser así, tampoco estaría tan mal ( …). Quid pro quo, me dije, le dije.

Anuncios

~ por Iñaki Etxebarria en 21, noviembre 2016.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: