La otra revolución (relato breve)

                 Subía ella asfixiada, como una sopa, el último tramo del empinadísimo cerro de Jinotega. Bajaba él, fresco, en un borrico aún tierno, con el porte erguido, sombrero alto de ala ancha requetebién echado hacia atrás. Y ella que le vio así, a contraluz, sintió que acababa de aparecer su príncipe azul… Y el joven jornalero se volteó pensando que esa acalambrada mirada no podía ser para él. Y en aquel medio susto se aflojaron las patas delanteras del burrito y el jinete marchó de morros al lodo. Sin saber qué hacer ni qué pensar, hincado de rodillas, enlodazado, el joven peón jornalero abrió sus brazos, como queriendo acaparar la lluvia, y quedó  así, vuelto una estatua… Hasta que la maestra le ofreció un pañuelo,  mientras disimulaba un esfuerzo por mantener la risa. Y se limpió la cara el hombre viendo cómo una bella mujer se estaba enamorando de sus ojos verdes. Y así estuvieron un buen rato, bajo una manga de agua inefable, sin dejar que el pasmo se fuera… Entonces, el varón, sin ton ni son, le ofreció el borrico. Y ella lo aceptó sin quitarle ojo. Y se preparó la mujer  -un, dos, tres-  calculó mal el esfuerzo y -¡rácata!- se fue de cabeza hacia el otro lado… Y el campesino hubo de morderse los labios, al ver que la maestra también se levantaba perdidita de barro. Y se miraron… Y estallaron a reír, sin tapujos… Luego, el hombre tomó de la mano a la mujer, agarró las riendas del borriquillo con la otra y acabaron de trepar empapados por la lluvia, que no menguaba, que refrescaba sus cuerpos sudados, embarrados y felices… Así llegó el amor entre Isaías y Roxana… Ahora, el bus se frena hoscamente. Y tres hombres que contemplan a la mujer, engolfados, a poco dan con sus huesos en el suelo. Y ella no evita que una cierta complacencia se asome en el rabillo de sus ojos negros… La mujer de Managua desciende del bus frente al monumento a la revolución sandinista, camina un par de cuadras, llega a una casona en apariencia deshabitada, retira unas tablas, unos ladrillos, entra, y está regresando los escombros a su lugar cuando un tropel de niños de todos los tamaños le caen encima… La mamá de la prole, que la ve, seca sus manos con la cortina, sus narices con las manos, se aclara la garganta y cuando se dispone a hablar, se adelanta Roxana… “¡Cuchi, mamita, mañana se me ponga bella que comienza a trabajar en una panadería!”.. ¡Ah, los chicos pueden quedarse con Clarita!. Me dijo que no tenga pena, que ya se arreglarán cuando cambie su suerte”… Y la pobre mamá se abalanza sobre ella. Y le abraza hasta dejarla sin aire…“Bueno, mi amor, que ando apuradita. Mañana regreso y me contás. ¡Chao, chao!”… Atrae a los hombres su gracia cuando camina, sus ropas moviéndose naturalmente y, desde luego,  su pequeña y linda figura. Pero hoy no se detiene a escrutar miradas. Porque está ocupada en dar gracias a la vida por sentirse algo dichosa en medio de tanta humillación… Es que a Roxana le preocupa Nicaragua. Son demasiadas las ocasiones en que se ha preguntado cuál es el plan de Dios para este pequeño país, por qué consintió el maltrato de los imperios, las invasiones piratas, la devastación de los huracanes, de los volcanes, de los maremotos, o al dictador de turno, dónde estuvo durante once años de guerra fratricida, qué siente viendo a sus hijos de este lado de La Creación malviviendo en casas de cartón… Y todavía hoy se pregunta “¿por cuál libertad se mataron los nicaragüenses?”… Y camina, con prisa, hacia la casa. Y hace lo posible por mantener su talante alegre. Pero sus recuerdos logran opacarla… Y es que el siglo XXI entraba en Nicaragua por la puerta de atrás. Nadie daba respuestas a unas aspiraciones acuñadas a golpe de fusil. Y a todas las desgracias pretéritas, se unía el desencanto de unos y otros, de todos… No, Roxana no sabe quién fue el primero en nombrar la violencia en femenino. Pero sabe que llegó aquí para quedarse. Que ocupó valles, lagos, volcanes y corazones. Que se hizo fuerte en selvas, aldeas y cuarteles. Que anidó entre arrozales, milpas y cafetales. Y también, junto al árbol florido de La Malinche… Deuda, desempleo, dependencia, desesperanza, desastre natural, descomposición social… En la nueva democracia, todos los males quieren comenzar por la letra “d”, como divisas diminutas… Aunque en Nicaragua la paz y la esperanza también llevan nombre de mujer… Pero no todos son malos recuerdos para Roxana, quien pudo vivir dos años maravillosos con un hombre que le amaba y respetaba… Justamente, hasta que estalló la guerra. Después, Isaías marchó al frente. Y la mujer se ocupó en las hijas, en el hogar, en su oficio de maestra… Y pasaron muchas cosas, muchas noches… Y un buen día, en su propia casa, le entregaron una carta de su compañero, la única que conseguiría llegar en once años desesperantes. La trajo un campesino que vivía en la frontera con Honduras. Y estaba cuajada de chistes del frente, preñada de aquella simpatía que consiguió enamorarla. Sin embargo, la mujer de Managua adivinó entre líneas la severa vida de Isaías. Más aún, cuando no advirtió en él un ápice de ilusión por la victoria… Pero esto no la hizo cejar en su empeño… Antes bien, su infinita vocación de servicio la llevó a colaborar en el programa de alfabetización de adultos que adelantaba la revolución sandinista… Así que llegaba a casa exhausta, todas las noches, con las hijas pegadas a su falda pidiendo un poquito de atención. No, ella no se plantó. Una vez que acostaba a las niñas, colaboraba con las vecinas para organizar las ollas comunitarias del barrio. Corrían tiempos para arrimar el hombro. Y nunca sobraban para dormir… La semilla de la mujer organizada había germinado en Nicaragua…  Pese a todo, Roxana, como el resto de las mujeres nicaragüenses, fue vista como una figura secundaria de la revolución, lejos de la gloria que se tributó al soldado, al campesino o al obrero… Roxana aligera el paso, dobla una esquina y enrumba hacia el lago de Managua. Lleva el mercado en una mano. En la otra, cientos de papeles atiborrando una carpeta. Está muriendo la tarde. Su familia espera. Mientras camina, devuelve su memoria hasta los tiempos en que la mujer tiraba en solitario de una revolución perdida. O es que, tal vez, caminaba en Nicaragua otra revolución, la del género femenino… La realidad es que Roxana vio crecer más de cien colectivos de la mujer. Vio cómo se organizaban maestras, sanitarias, ambientalistas, profesionales, indigenistas, universitarias, investigadoras,  mujeres partidistas, grupos de apoyo legal, madres de “héroes y mártires”… Cómo se unían para dar respuesta a las urgencias de una sociedad rota… Necesitaban encontrarse y lo hicieron. Y provocaron la unión de todas las voces. Para que el rumor fuera bien fuerte y llegase a la sociedad entera… Y se unieron las voces de las obreras, parteras, marchantas, curanderas, parlamentarias, discapacitadas… Y también se oyó la voz de las indias miskitas…  Las mujeres en Nicaragua se han organizado, sí. Aunque Roxana sabe que no es una cuestión política sino mera supervivencia… La sociedad era violenta y se defendieron. El Estado no disponía de guarderías infantiles y tuvieron que levantarlas. La educación era sexista y hubieron de concienciar y educar. El Estado privatizó los hospitales y hoy les toca responder a los problemas de los que no pueden pagarse una salud… Pero si un mal día, por la ley del máximo beneficio, se privatiza el oxígeno, ¿cuál habrá de ser la respuesta de las mujeres pobres…?… Razones tenía Roxana para interpretar en aquella carta que su compañero sentía miedo de un futuro incierto cuando se firmara la paz. No, no se equivocó… Aunque la sociedad es, hoy, un poco más organizada, ella tiene claro que los problemas que enfrentaron están sin resolver o se han agravado… La realidad es que las políticas que diseñan unos pocos hombres ricos salen adelante, cada día, porque son parcheadas por las mujeres pobres… Quizá por esto, lo que las mujeres hacen en Nicaragua no se constituya nunca en un modelo a imitar. Tal vez lo que hicieron y hacen Roxana y sus paisanas no sea una revolución propiamente. Porque, si lo fuera, sería incruenta, valiente, silenciosa… O puede que se trate, no más, de unas mujeres pobres ayudando a otras mujeres pobres… Y entonces, la poquita alegría de una madre que llega a un hogar como el de Roxana se apaga cuando ve a Isaías sentado en el escalón de la entrada, con el perrillo y el pequeño Adán entre las piernas, intentando digerir la última negativa de una sociedad que parece no ser la suya… Hace muchos años que terminó la guerra. Y la persona que todavía sigue amándola a oscuras ya no es el muchacho que tuvo que abandonar la hacienda del patrón cuando fue requisada por los sandinistas, tampoco el joven que se enroló en la contra para combatir no se sabe qué amenaza comunista, siquiera el hombre que pudo trabajar en una cooperativa cuando llegó la paz a su país, construyendo casas para los oficiales de ambos bandos… Aunque para él, infante raso, no alcanzó. Y de no haber sido por Roxana, se hubiera echado al monte con recontras y recompas… Isaías se siente un paria en su tierra. Ella lo sabe bien y  se esfuerza por aparecer serena…. La mujer observa al hombre a través de uno de los intersticios de la pared. Y sufre en silencio… Es un día de Abril. El calor es sofocante. Roxana piensa que quizá las lluvias, que ya se anuncian, contribuyan a refrescar su chabola de hojalata. Pero los vecinos que viven en las casas de cartón seguro que no han de opinar lo mismo… La mirada de su esposo se ha posado en el lago, que hoy también se confunde con el cielo gris. El hombre vuelve la mirada hacia un enorme mural de Sandino, muy deteriorado, y no sabe qué pensar. Varios niños juegan con el cólera, chapoteando en el riachuelo de aguas negras que recorre la céntrica calle de Managua. Una nube de polvo anuncia que se acerca el viejo bus que donaron los japoneses. Las dos hijas, ya casaderas, regresan con el agua y la leña. Roxana se sienta afuera. Prende el único cigarrillo que queda en la casa. Y lo coloca en los labios de su compañero. Él no pestañea. Y hace lo posible por retener el llanto.

 

          Y bueno…

 

          Isaías es nicaragüense y no sabe si Dios está de su lado. 

 

          Pero algo sí tiene claro…

 

          Que Roxana siempre le apoyará. 

 

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “La costilla de Eva”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 8, agosto 2009.

4 comentarios to “La otra revolución (relato breve)”

  1. ¡Bárbaro!

  2. “Las políticas que diseñan unos pocos hombres ricos son parcheadas por las mujeres pobres”.

    Aunque, como siempre, es una gozada la lectura de tus relatos, y en este hay muchos pasajes para detenerse un momento y pensar despacio, extraigo este fragmento, que debería llenar y vacíar las conciencias a la vez.

  3. Cuantas realidades… cuantas historias como esta hay en el mundo. Luchar por una causa y luego sentir si realmente ha valido la pena…

    Muy bueno el relato, me gusto mucho.

  4. Gracias por tus escritos …Bendiciones…

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