El universo existe por amor (4)(relato)

“LA JUCHARI” RESUELVE EL GRAN PENDIENTE

 

 

          Se sucede el tiempo.

 

          Y la gente del lago sigue teniendo en mente al chamaco buscador que llegó desde las tierras altas de Michoacán.

 

          La mamá de Eréndira muele maíz en el metate, junto a la chirimoya, y se angustia pensando en que la niña no se recupera de la tragedia… Nadie sabe en verdad lo que tiene ni cómo hacer para curarla. La mamá ha de llevarle el sustento a la boca. Pero la hija nada dice y nada hace y nada quiere al parecer. Vive con la mirada puesta en un punto sin retorno. Vive sin ser ella… Y la pobre señora está que tantea y tantea. “¿Qué tal si allá le pasó algo?”…  –se pregunta, abrumada. “¡Ni modo que por eso se vaya a morir la niña!”… –se responde… Y entiende que habrá de recurrir a los remedios escondidos en la serranía purhépecha, una tierra donde todavía se curan con herbolarios, hueseros y curanderos y se enferman con brujas y hechiceros. Y decide no pensarlo más. Carga el burro con leña y algo de comida. Se hace con dos buenos sarapes para el frío de la sierra. Se tercia a la espalda un bulto hecho con un par de cobijas enrolladas bajo un petate grande. Y manda caminar al animal. Y el burro comienza a halar del carrito donde yace triste la bella Eréndira. Suben al bote de la comunidad y ven cómo aparece un sol encarnado en medio del recorrido. Cada cual gana a su trabajo en el campo, la industria o el lago. Algunos comuneros regresan de pescar. A estas horas todavía le pega el sereno. Desembarcan en Pátzcuaro. Y de buena mañana toman un camino de herradura que remonta la serranía. Eréndira no repara en el paisaje. Sus ojos continúan perdidos en un lugar ignoto. Su mamá no sabe si hablarle y elige callar una vez más. “Quién sabe si estará sufriendo” –piensa. Y continúa observando a la niña… La mujer de Janitzio ya hizo este camino cuando era joven. Y recuerda que entonces los bosques de encinos eran frondosos. Ahora apenas se ven madroños ni venados ni armadillos ni colibríes… Alguien que no es indio está acabando con los legendarios bosques de los purhépechas… Y en las vinatas tampoco ve a los toros acostados sobre el tepetate… “¡De a tiro va muy despacio el burro!” –refunfuña la mamá, viendo que les han ganado las sombras. Y abandonan el camino. Y toman una vereda encharcada. Atraviesan un potrero. Y logran distinguir un tapanco donde guarecerse.  La mamá descuelga la leña del burro y prepara una lumbre. Eréndira, aunque inanimada, se ve bien abrigada en su sarape, junto al fuego. La niña recibe la sopa y pronto se nubla su mirada ausente. Entonces es cuando la mamá piensa que el amor de su hija por Quetzekua era en verdad un amor del bueno… Y siente la necesidad de que alguien sabio le aconseje… Pero ahora toca esperar con paciencia a que la noche pase…

 

          Prosiguen camino en la mañana.

 

          A partir de Pichátaro, la carretera asfaltada acaba convirtiéndose en una brecha de terracería, apenas transitada, que les va conduciendo a Cherán. La mujer habla a su hija con la esperanza de que al menos pueda escucharle. Y le refiere el cuento de un señor que se retiró de sus dos hijos para saciar su apetito por una vez. Y resulta que estaba comiendo una gallina cuando apareció un ancianito que dijo ser Dios y le pidió que le regalara un poco. Pero el viejo le dijo que a Él no le tocaba recibir porque socorre únicamente a los que tienen mucho dinero y aún les da más… Después, se le acercó una ancianita y le pidió un pedazo de la gallina. Y a ella sí le dio porque dijo que era la muerte, ella a nadie escoge, ni al rico ni al pobre, ni al anciano ni al niño, ella lo lleva parejo… Y la mamá aprecia un brillito en los ojos de Eréndira ahora que ha terminado su relato… Y esto le da ánimos para contarle el cuento de la esposa que mal aconsejó al esposo cuando le pidió que sacara al abuelito de la casa porque estaba ya muy viejo y no se valía por sí mismo, asegurándole que así serían felices, y cómo la mujer consiguió que el hombre cediera al consejo, cargara sobre la espalda al anciano y lo llevara a perderse, bien que acabó regresando con él, en cuanto que el abuelo confesara que hizo lo mismo con su papá, que ahora tenía una buena oportunidad de conjurar el daño, que de este modo tampoco a él se lo haría cuando fuera viejo, y  cómo el hijo, siguiendo el consejo del padre, logró borrar este mal de la descendencia familiar… Eréndira no se ha inmutado esta vez… Pero la mamá no se da por vencida y le narra otras dos fábulas de la tierra: la del hombre que engañó al diablo, la del comunero que se ahogó con una bella mujer mágica… Y le relata también varios encantamientos con final feliz. Pero no quiere angustiar su corazón con historias que conoce sobre venganzas, sobre apariciones de personas que no se sabe si eran de mal o de bien, que a ella misma consiguen asustarla… Y recurre, una vez más, a su leyenda favorita, la de los enamorados príncipes Mintzita e Itzihuapa, que siempre logró levantar su ánimo. Pero Eréndira no está en este mundo. Y puede que en ningún otro… De tal pena, paso a paso, llegan a Cherán, abrigado entre montañas, a dos mil trescientos metros de altitud, un enclave indígena de curanderos, herbolarios, parteras, brujas y hechiceros cuya fama ha traspasado la República de los Estados Unidos de México. La población entera vive inmersa en una nebulosa de supersticiones y hechos fantásticos. El miedo se percibe en los rostros de la gente cuando la mamá de Eréndira les pregunta por el mejor curandero-deshechizador del municipio. Porque ella sabe que con sobijos lo de su hija no habrá de curarse. Y un vecino les lleva donde la señora Leonarda, “la de nosotros”, que en la bella lengua de los purhépechas significa “La Juchari”… La mamá ata el burro a una farola. Rechina el portón del zaguán y aparece la curandera y deshechizadora. Y se saludan. “¿Qué pasó?”. “¿Qué hubo?”. “¡Pásenle!”… La anfitriona ofrece a la mamá dos sillas, ayuda a que se acomode la niña y se sienta en un camastro frente a ellas. Están en un habitáculo pletórico de imágenes de santos, vírgenes, crucifijos… Es conocido que La Juchari pertenece a una raza de curanderas que aprendió de ver cómo hacía su mamá. Y las cosas de la escuela sólo las sabe medio así. Lo cierto es que Leonarda aprovecha su don y desde hace años cura a la gente y no desea el mal a nadie. Ella nunca quiso aprender a hacer y a deshacer, como los brujos, porque de todos modos le alcanza con sus centavitos… Mientras escucha el relato de la mamá, va observando la lengua y los ojos de Eréndira. Y pronto logra meterse de lleno en la niña. La Juchari está ya con un gran  pendiente. Está piensa y piensa en Eréndira. Y espera que sobrevenga una visión, un sueño, un augurio, para interpretarlo y decir lo que va a pasar. Hoy es martes y, al igual que los viernes, es un día propicio para ello. Ahora tiene la mente en blanco. Si sueña con culebras o con estampas blancas que vuelan, soñará bueno. Pero si lo hace con animales que andan corneando, con figuras que se mueven por el agua o con imágenes en que todo aparece golpeado, soñará malo. O puede soñar cosas buenas y malas y ella misma las complica y sabe definitivamente si va a morir o va a estar medio duro para aliviarse. Y si nada encuentra, acostumbra consultar un libro escrito a mano por sus abuelos de antes… En esta ocasión parece que se va a demorar un rato con el gran pendiente… Así que la mamá suplica a La Juchari… “Si su corazón tiene valor, haga porque mi hija sane”… Y la curandera de Cherán acaba de interpretar las imágenes que van sucediéndose en su mente, así como figuras blancas volando, y agarra definitivamente la onda, viniendo a desentrañar el misterio encerrado en Eréndira, aunque sabe bien que uno no puede decir algo seguro si no ocupa a una persona. Pero esta vez no tiene temor a equivocarse. Ve que el origen del mal que sufre la niña está en la pérdida de una persona realmente amada, que su tristeza es, sencillamente, la de una muchacha que durante demasiado tiempo ha esperado a su gran amor, y cuando lo encuentra y son felices, han de separarse de nuevo. Ve el remolino, ve otros tiempos, otras vidas de los niños. Distingue a Quetzekua en el espíritu de Eréndira. Puede verle cómo busca en el más allá la sonrisa perdida de todos los indios de América… Y, finalmente, La Juchari no duda en decir a la mamá que podrán encontrarse con el muchacho si se dirigen a la hoya donde las ánimas acuden a lavar su ropa en la víspera del Día de los Muertos… La curandera asegura, a una madre esperanzada, que si el niño no aparece este día, mejor no desesperen, y acudan cada año a la velación de difuntos, que él terminará por presentarse cuando resuelva su oportuna tarea… “No tenga pendiente mamacita”… –dice la curandera a la muchacha y toma su mano… “Ya va a ver usted que ni tristeza ni nada”…

 

          Y Eréndira nada dice y nada hace y nada piensa pero todo lo escucha.

 

          La Juchari se despide en la mañana siguiente… “Que Dios las lleve por delante”…

 

          La mamá de Eréndira cierra el portón del zaguán tras de sí, ¡ñiaaaaaaaaaaa!,  que sigue rechinando recio.

 

          Desata el burro.

 

          Y vuelve sobre sus pasos, en la hora precisa del alba.

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 25, julio 2009.

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