El universo existe por amor(3)(relato)

 

EL ESPÍRITU DE QUETZEKUA

 

 

          Pasaron los toretes, los pellizcos y demás travesuras de los chamacos en el primer Martes de Carnaval. Y el joven Quetzekua no tuvo la dicha de encontrar a una sola persona que sonriera de verdad.

 

          Acaba la mañana del segundo Martes de Carnaval…

 

          Y este muchacho aguarda en el embarcadero de Pátzcuaro para viajar a la isla de Janitzio y encontrarse con Eréndira. Aún espera con inquietud la respuesta sobre si su planta seguirá creciendo y dando flores… Quetzekua aborda una canoa de seis varas. La orilla del lago renegrea de patos gallareta. Su corazón late acelerado, pom, pom, pom pom. El piloto elude los bancales de tule, que hacen somero el calado, y pone proa hacia Janitzio. Le acompañan varias lugareñas que regresan del mercado de Pátzcuaro, adonde acudieron para vender redes de pesca y voleibol, charares, tiruhs y los deliciosos pescados blancos del lago. El silencio suyo es el silencio indio, tan antiguo como su resistencia a desaparecer. Buscando el levante, Quetzekua ve la fortaleza de Queréndaro, donde se levantaron aquellas dos yácatas al sol y a la luna. Es allí donde se congregaba el pueblo en los tiempos de los chichimecas, antes de que llegasen los conquistadores europeos, para implorar la colaboración en la guerra a Tata Muriate ca Nana Cutzi, sin saber, tal vez, que ningún Dios se alimenta de plegarias violentas. Los hombres, enloquecidos, bailaban danzas guerreras, peleaban, competían en carreras, ofrecían sacrificios humanos… Se quemaba incienso, se repartía aguardiente, se tañían los atabales… Y la gente dejó  de estar preparada para la paz. Porque se preparó para la guerra… Es el día grande de Carnaval pero en la isla de Janitzio no se ve un solo turista. Pese a todo, las mujeres vocean su tonadilla desde el preciso momento en que desembarcan Quetzekua y las nativas isleñas: “¡Pásenle, pásenle!”. “¡Hay pescado blanco, acúmaras, charares, tamalitos, pásenle!”. Por malos clientes, sólo se ven algunos perros sin dueño. No hay un solo hombre en la zona del puerto. Quetzekua busca la fiesta guiándose por el oído. Callecitas empinadas, sinuosas, cubiertas de teja, rincones encalados, soportales al sol, alguna parejita platicando, amándose con recato, redes de mariposa, canoas por dondequiera, ropa tendida junto al lago, confeti en el empedrado, patios sin salida, recodos de adobe, recovecos blancos… La tabernera se mira sola. Pero aún se siente el olor de la fiesta. Escalinatas que le llevan a ninguna parte. El panteón está desierto. La isla parece llena de viento. Pero llegan de algún lugar los sonidos del festejo. Y Quetzekua continúa la búsqueda de oídas. Los accesos se complican y a menudo ha de reandar el camino. Pasos intrincados, zaguanes de pino, balcones amplios, discretas ventanas, rinconcitos de cal y piedra. El cura Morelos, prócer de la independencia de México, domina la isla apostado en la cumbre, pétreo, inmenso, soberbio, enhiesto el brazo derecho con el puño cerrado. En su interior, los muros cuentan la historia de una Independencia que no se hizo para los indios de México pero sí con ellos. La respetable figura parece mirar a Quetzekua, quien no acaba de encontrar la salida en este bello laberinto ataviado de aparejos de pesca al sol… El joven purhépecha sigue la estela de los confetis… Hasta que escucha la música con nitidez: kiringuas, guitarras, flautas, violines, jaranas, trompetas, vihuelas… Y da con la fiesta… Las chamaquitas danzan llenas de color… Los diablillos chicos corretean entre ellas… Los músicos se protegen de la solana bajo los soportales. Los ancianos observan el Carnaval desde los zaguanes de sus casas. Entre tanto, los luzbeles grandes asustan a los perros y a los niños. Y algunos muchachos reparten cerveza. Unas cuantas mujeres participan de la fiesta. Un hombre, ebrio, es ayudado a mantenerse en pie por Quetzekua y alguien más. Otro, aunque yace sobre la hierba, sigue tomando. Las jóvenes danzantes han estado todo el año bordando sus huanengos, rollos y delantales, y miran de reojo a Quetzekua, por debajo de sus sombreros redondos en color marfil. Y se preguntan dónde están los muchachos que les regalen cumplidos. Sus esperanzas, abrigadas desde el último Carnaval, se desvanecen. ¡Tanto el esmero, tan grande la ilusión, cuánto cariño puesto en ello!… Y se preguntan para qué… La fiesta, colorida, continúa su marcha por la pequeña ínsula. La música sigue. Y Eréndira no está. Sigue el baile triste de las muchachitas. Corre la cerveza. Algunas mujeres mayores, borrachas, se abrazan y se envalentonan… “¿Para qué queremos hombres?”. “¡Chinga su madre!”. “¡Ya nos bastamos nosotras!”… Hoy, su día, es sólo un supuesto.  Parece que éste su tiempo ya pasó y nadie las galantea. Nadie les habla de lo hermosísimo de sus trajes tampoco. Y se dan la mano porque a duras penas se mantienen en pie. Y se cortejan entre ellas. Y saltan y gritan y orinan juntas. Y toman. Y toman. Y tienen cruda como los hombres por una vez… Otras mujeres, casadas, lavan junto al lago o amasan maíz para el almuerzo y observan a sus maridos de aquella manera porque ya están tomados. Puede que Janitzio sea un matriarcado. Y es que la mujer lo hace todo menos pescar. Un chamaquito de tres o cuatro años susurra al oído de Quetzekua: “Yo no teno medo a lubeles chicos, pero lubeles ganes…”. Las chamaquitas perseveran en su danza triste. Los colores de sus bordados se apagan tras el vapor denso de las ollas de pozole. Los hombres y las mujeres comen por separado. Los perros disputan los restos pero se unen cuando alguno ladra a los luzbeles grandes. Los viejitos aguantan bien bajo el sol. Y Eréndira no está… Después, la cruda se cierne sobre la isla, abarcando las redes y las canoas que aguardan la luna llena, los balcones y los soportales de pino, las callecitas blancas y empedradas, al cura Morelos, a los niños, a los perros asustados y las chamaquitas tristes… Y es que ¿dónde están los jóvenes purhépechas de la isla de Janitzio?… Quetzekua encuentra a su amada sobre el pequeño embarcadero, aguardándole. Interpretando en su vieja cuiraxetaqua una melodía alegre, ha logrado atraer la atención de la bellísima Eréndira, vestida de Carnaval, ungida como princesa… De alguna manera, los dos se han sentido como si se buscaran desde siempre y se hubieran encontrado al fin… Y caminan ligeros, vibrantes, sin usar palabras, mirando cómo discurre el paisaje a la carrera… Las piedras de los hogares de Janitzio han echado muy hondas raíces, tienen canas de muy antigua población… Y llegan a la casa de Eréndira cuando sus papás están sentados sobre un levantado de piedra, en el portal que da al interior y a un troje donde comparten la vida con un aguacate, un durazno, una higuera y una chirimoya. La casa de Eréndira es humilde. Su piso es de tierra apisonada. No tiene puertas ni huecos que den a la calle, tan sólo una ventana que comunica con el solar y la calle a través de una puerta con trancas. La casa no tiene zaguán ni barda de adobe. El techo es de tejamanil. Las paredes lucen un aplanado de lodo. Y en uno de sus costados se ve una pequeña caballeriza con un borriquillo de ojos ternerones… “Con su permiso. ¿Cómo están?”… –se presenta el muchacho… “Pues ahí más o menos”. “Pásele, pásele”. “Aquí nos mantenemos… -prosigue el papá-  pescando y vendiendo pescado, así y asá”… “Pero aquí tejo porque no hay huaraques”. “Con lo poquito que tenemos nos conformamos”. “Y hay los que entre más quieren y más buscan, o es sufrir, o hasta dónde será su suerte”… “¡Pásele!”… Pero Eréndira se excusa diciéndoles que sólo han venido a saludarles y a pedir sus permisos para pasear en la canoa. “Ándele, ándele, pero se me cuiden”… –les dice la mamá, viendo que el papá tampoco se opone. Y los dos niños se despiden agradecidos. Y arrancan a correr hacia el embarcadero. Y se embarcan. Reman y reman. Hasta que fondean la piragua entre las dos islas que dominan el lago, en medio de un azul y un verde profundos, apenas un punto minúsculo bajo el gris oscuro de unos cuantos nubarrones que se acercan amenazantes. Y allí, entre las islas de Janitzio y la Pencanda, se cuentan lo muchísimo que se han echado de menos… Y bueno, parece que el muchacho quiere transmitir algo importante a Eréndira. Pero no se atreve. Y le pide que mejor le hable de los pescadores, de las pesquerías, que él es de la sierra y no conoce… Y entre tanto aprovecha la ocasión para escuchar a la muchacha en éste su tono cálido, cadencioso… Musitando las palabras, la niña le cuenta que arrojan los chinchorros guarucas para el charare y el pescado blanco porque tienen los huecos más pequeños, y las redes tiruhspétacuas las utilizan para los tiruhs, y cuando hay una nube sobre el cerro de Acumarán, como ahorita mismo, es que va a llegar un gran banco de peces… Se suceden los minutos… Y el muchacho se decide a comunicarle su gran inquietud… Le dice que sigue sin encontrar la sonrisa del indio americano, que para él es muy urgente saber cómo se perdió… Su espíritu, pues, habrá de viajar a través de la historia. Quizá necesite liberarse del cuerpo que le acompaña. “Puede que exista algún arte mágico para conseguirlo”… –dice, por decir, Quetzekua y parece sentirse confundido por vez primera. Este chamaco de la sierra no sabe cómo hacer para continuar con su misión en la vida… Habrá de buscar el espíritu de Curita Caheri, “el Abuelo”, el mensajero de los Dioses, con el fin de que le oriente sobre el modo de llegar hasta las cuatro Piedras que son cuatro Dioses, y así poder bajar hasta el cielo para buscar a la Madre de los Dioses, a Cueranaperi, y rogarle que reúna a sus hijos y les pregunte por el lugar donde se extravió la sonrisa de los indios de América… Y siente que para luego es demasiado tarde. Y confiesa a su amada que si tiene que renunciar al cuerpo para intentarlo, lo hará. Eréndira le admira pero no quiere perderle. Le ama profundamente. Y se ofrece a cambiar su destino si de algo valiera. Y el chico tanto ama a esta muchacha que de ella nunca se separará si por amor fuera. Pero siente que debe liberar a su papá de la prisión y devolver al indio americano su sonrisa… Eréndira se queda en los ojos de Quetzekua, que son la voz de su alma, que ahora contienen la expresión de un niño con una dura labor de hombre, una pena larga por su padre, que ya es melancolía, y un profundo cariño hacia su princesita purhépecha… Parece que los dos se hubieran amado durante décadas, o puede que aun por siglos, sin saberlo… Y se toman de la mano. Se miran fijamente. Sólo fluye amor entre los dos, un gran respeto… Y quedan refundidos, él en ella, ella en él, siendo por unos momentos únicamente uno…

 

          “¡Ah, caray, ¿qué está pasando?!”. “¡Parece un remolino!”… El lago de Janitzio y su amada acaban de oír las palabras agitadas de Quetzekua… “¡¡Iiiiiiiiiiiiiiijoela!!”… De un repente, se ha formado un remolino requetegrandísimo, que hace que la canoa gire y gire, vertiginosamente, consiguiendo que ambos jóvenes salgan disparados…

 

          Y a lo lejos se le oye gritar al chamaco… “¡¡Eréndira, nade hacia la orilla!!”…

 

          Y la niña consigue hacer pie.

 

          Pero al  valiente Quetzekua no se le ve…

 

          Pasan los segundos por horas para la bella Eréndira…

 

          Nada.

 

          Transcurre una jornada.

 

          Y otra.

 

          Y nadie se apersona para reclamar el cadáver del muchacho.

 

          A Quetzekua acaban de darle sepultura en el panteón de Janitzio, junto a los difuntos de la familia de Eréndira, luego que acabase la velación de los parroquianos de Janitzio en casa de su amada.

 

          El gentío se ve impresionado, conmovido.

 

          Pero no crean que así no más pasa la vida.

 

          Hay un chico con tareas de hombre que sonríe en un ataúd.

 

          Como si nunca hubiera dejado el lugar de los vivos…

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 20, julio 2009.

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