El universo existe por amor (2)(relato)

EL SEÑOR DEL RESCATE

 

 

          Cuenta una leyenda fraguada en estas tierras que terminando el siglo diecisiete sobrevino una terrible peste de viruela que solamente cesó cuando el Señor del Rescate se apiadó de los purhépechas ante los ruegos del guardián del convento franciscano de Tzintzuntzan. Por esto, año tras año, dos días antes del primer Martes de Carnaval llegan miles de devotos desde todos los confines de Michoacán, con cirios y ofrendas y músicas y danzas, con retablos y milagros, para pagar sus mandas al Señor del Rescate… Así es que en el imponente atrio del convento, plumajeros y guirnalderos aguardan a la muchedumbre bajo centenarios olivos, canteros y alfareros, curtidores y pellejeros, vendedoras de jitomates y elotes y carnitas y quesadillas hincadas de rodillas sobre los petates, acompañados por la inherente Virgen de Guadalupe, envueltos todos en humos de cien hogueras, mercaderes y marchantas de artesanía agasajados continuamente por acaparadores que no se cansan de pregonar las excelencias de las manos que aún siguen arraigadas a Michoacán… Eréndira y su mamá venden charares fritos. La princesita de ojos dulces no ha dejado de recordar a Quetzekua un solo momento y sueña con encontrarle en la fiesta mientras despacha a los primeros clientes del día… ¡Iiiiiiiijoela!… Irrumpe la fiesta en el atrio. Entra la bullanga colorida. Monstruos y diablillos, reinas y angelillos llegan danzando sones purhépechas desde el ojo de agua de Tzintzuntzan, angelitos y reinas guardando la fila, respetando los pasitos acompasados, al tiempo que monstruitos y luzbelillos se revuelven traviesos, libres, asustando a la corte celestial con chicotes tejidos de ixtle. Nadie dice una palabra. Detrás, uno con otro, avanza lenta la multitud de creyentes, beatas, santurrones y entretenidos. El gentío recorre el atrio de los olivos del Templo de San Francisco Javier. Y se abre paso entre devotos y más devotos, entre tenderetes, curiosos y peregrinos con guaje al hombro. Y, a trancas y barrancas, se allegan al templo atravesando un peligroso embudo decorado con vendedores de fritangas, rosarios, estampas, crucifijos… En un todo revuelto se pasean por el atrio las bandas de música interpretando marchas, oberturas, valses, mazurcas y sones abajeños de la cultura popular. Pero también, otras más pequeñas suenan coplas, gustos y valonas, corridos y sones, con guitarras de golpe, jaranas y vihuelas, violines y guitarrones… Y ahorita el grueso del público se congrega en torno a unos danzantes de canekuas rescatados de los albores de la historia. Suenan las tamboras y las trompetas pungacutaquas. El ambiente se impregna de un fervor en el que viven juntos dogmas, tradiciones, valores y creencias de culturas distantes… El interior de la iglesia se ve despejado de bancos y confesionarios. Quetzekua observa la muchedumbre desde un lugar elevado del templo y se da cuenta de que nadie sonríe… Nada le gustaría más que encontrarse con la dulce Eréndira… Ahora clava los ojos en los peregrinos que recorren de rodillas el ábside principal, bisbiseando atormentados quién sabe qué sentidas palabras, hasta hacerse con un lugarcito cerca del altar mayor. Una fila de inválidos, de tullidos, de grandes pecadores con pecados pequeños, aguardan a que el sacristán coloque una corona sobre sus cabezas y, tras una piadosa mirada al santísimo rostro de El Cristo del Rescate, confían en que se obre el milagro a cambio de un donativo. Algunos músicos prosiguen dentro sus melodías. Continúan bailando las cortes celestiales y terrenales. Entran los fervorosos parroquianos. Entran las guitarras, los demonios, los rebozos y las máscaras, las coronas, los cirios, los sombreros tarascos, miles de flores, plumas, estandartes… La fiesta bulle dramáticamente. Una tragicomedia es la vida. Lo pagano se funde con lo cristiano, lo indio con lo mestizo. Y todo se hace fiesta mexicana. Que acaba silenciándose cuando el obispo aparece con su séquito de sacerdotes, mayordomos, monaguillos y guardamanteles, para una solemne misa que durará más de una hora. Y otro año se encontrará con esta feligresía que todo lo da por creer en algo, a cambio, tan sólo, de que el Señor del Rescate escuche sus problemas y los de los suyos, sus secretos, sus anhelos y sus miedos, y aquellos dizque pecados que nunca se atrevieron a contar al curita huero… Termina la ceremonia y miles de peregrinos se acomodan en los abarrotados pasillos del convento o buscan afuera el rubor de las hogueras… Quetzekua mira entre la multitud de mujeres con igual rebozo azul oscuro con rayitas blancas… Pero es Eréndira quien le ve primero, destacado entre los demás por su soledad de huérfano, de vagamundo. Y pide permiso a su mamá para salir corriendo a su encuentro. Se siente demasiado pequeña entre el gentío. Se sofoca pensando que su amigo desaparecerá en el tumulto… Pero no, ahí está, oteando entre las cabezas. Y se encuentran. Se miran. Y de sus ojos surge un brillo nacido de la misma sustancia que originó el universo. Caminan de la mano entre la multitud. Y toman asiento bajo un olivo, cerca de una gran lumbrada… Eréndira pide a Quetzekua que le cuente cómo le ha ido, si al fin ha logrado encontrar la sonrisa del indio americano. Y él responde con tristeza que nada se sabe todavía. Y pasa a relatarle sus experiencias por los pueblos ribereños del lago de Pátzcuaro… Va transcurriendo la jornada y los niños no reparan en sus necesidades físicas, como dos puros espíritus haciendo migas… Quetzekua conoce algunos apartes de la historia Purhépecha que su papá le contó cuando era libre. Y le cuenta que unos guerreros chichimecas, los vacúsechas o águilas, llegaron a Zacapu desde el norte y conquistaron a los apacibles y asombrados purhépechas, trayendo una violencia que nunca habían conocido. “Y el pueblo la está pasando más o menos desde que se vino teniendo temor por estas creencias, ¡pero así te amuelas porque se va a hacer como se ordena!”… “¡Sí, al Pueblo purhépecha le obstruyeron la intención!”… –recuerda Quetzekua con tono enérgico. Y narra para Eréndira cómo a poco de que el señor catzontzi levantara dos yácatas en Ihuatzio, una para el Sol y otra para la Luna, llegó Nuño de Guzmán y otros españoles en caballos que masticaban fierro, buscando riquezas a cualquier precio. Y le cuenta que muchos paisanos las entregaron, que algunos las escondieron, que otros las arrojaron al lago… Y los conquistadores sembraron un terror que quedó amarrado aquí hasta siempre… Y le menta que no sólo trajeron a su Dios. Que sus propios demonios vinieron con ellos… “Y me enseñó mi papá que Dios no sabe ser Dios a medias, Que Dios es Dios y es Amor no más”… No, su padre no nació para creer en demonios. Él siente que el cielo y el infierno lo elegimos nosotros y lo sufrimos o gozamos en vida… Y Quetzekua, metido en faena, ojos hermosos, intensos, negros, melena lacia y oscura, manos contadoras, le refiere la leyenda que un anciano de una población del lago le contase unos días atrás, la leyenda del rey de Ihuatzio, quien prefirió morir antes de desvelar el lugar donde ocultó sus riquezas, no sirviéndole de mucho que su leal coyote aullara en el cerro de Acumarán para prevenirle de sus perseguidores. “Por esos mismos tiempos  -avanza el muchacho-  nació aquí la leyenda de la campana de oro, cuyo sonido era tan hermoso que los colectores prefirieron arrojarla al lago antes de que se la llevaran los hombres de fierro que venían fundiéndolas para hacer balas”… La niña escucha con toda su atención, como si le fuera en ello algo realmente importante. Y sólo interviene en ocasiones de seda, para animar al muchacho a que siga contando sus historias de adulto… Y ahora, cayendo el sol, en cuclillas, con su falda india cubriendo suelo, embargada de emoción, es Eréndira quien se anima a contar la leyenda de los príncipes herederos de Janitzio. Refiere la misma que en la Noche de Difuntos surge del lago la sombra de Mintzita-corazón, hija del rey Tzintzicha, y también la de Itzihuapa, hijo de Taré y príncipe heredero de Janitzio, quienes estaban locamente enamorados y no consiguieron desposarse por la abrupta llegada de los españoles. Y el rey, padre de Mintzita-corazón, fue preso por Nuño de Guzmán en esos días trágicos. Y queriendo rescatarlo, la princesa ofreció el fabuloso tesoro que se encontraba bajo las aguas, entre las islas de Janitzio y La Pencanda. Y dice la leyenda que el valiente Itzihuapa se aprestaba a sacarlo cuando se vio atrapado por las sombras de veinte remeros que se sumergieron con él, quedando convertido así en el vigésimo primer guardián de tan extraordinaria riqueza… Desde entonces, despiertan todos los guardianes del tesoro en la noche del Día de Muertos. Y caminan bajo la cadencia mortecina de las campanas de Janitzio. Y suben la empinada cuesta de la isla. Mientras que los espectros de los príncipes Mintzita e Itzihuapa se dirigen al panteón para recibir las ofrendas de los vivos entre las titubeantes llamas de los cirios y las veladoras. Y los dos niños se ocultan de las miradas indiscretas, un año y otro, para chistarse palabras de amor… Eréndira y Quetzekua se separan al anochecer, cuando en el atrio ya no quedan más que los olivos y un indio cantando con su guitarra, entre charanda y charanda, pirekuas que hablan de la mujer y la flor, del hombre abandonado y el Tata Niñito Dios, de la tierra michoacana y sus caminos, de la sierra, el lago y lo muy padrísima que es la madre mexicana…

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 17, julio 2009.

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