El universo existe por amor (1ª parte)(relato)

 

ERÉNDIRA EN EL OJO DE AGUA

 

          Eréndira termina de lustrar su larga cabellera con jugo de limón, y su hermana mayor separa en ella dos bandas, entreteje sendas trenzas de dos gajos y una cinta de lana en colores llamativos, y las deja caer, negruzcas y brillantes, completando la obra con una flor de cempasuchitl que dispone a la altura de sus encendidas mejillas. La muchacha viste una enagua blanca de manta, faja, sabanilla bordada, delantal y el rebozo de algodón de los días festivos. Y estrena unos hermosos huaraches de doble suela hechos en casa con tejido de correa y un collarito de coral sobre otro de cuentas rojas y amarillas. Hoy cumple doce años. Y su mamá acaba de autorizarla para que acuda al ojo de agua con sus hermanas y amigas a fin de acarrear el agua que se precisa en la casa… A media tarde las muchachas ganan hacia el manantial por el caminito de piedra… Y Eréndira les sigue con rubor en sus mejillas de princesa, que así significa su nombre en la hermosa lengua de las mujeres y los hombres de Michoacán… Es que los chamacos aguardan ya el paso de las niñas bajo el encino blanco, dispuestos a colocar sus bromas atolondradas y sus miradas lánguidas, tañendo alguien la guitarra con que acompañan sones y pirekuas que cuentan y cantan amoríos y desamoríos… Y el coranzoncito de la niña, pom, pom, pom pom, late como si tuviera prisa por hacer vivir… Eréndira colma de agua su pequeño cántaro. Y ve a Quetzekua por primera vez en el momento en que va a acomodárselo sobre la cabeza. Está sobre un pedrusco, con una flauta de carrizo en las manos, su inseparable cuiraxetaqua. Y lleva un tiempo observándola, prendado de la gracilidad de sus movimientos. Y se encuentran sus miradas. Y una energía fuera de lo común recorre sus cuerpos. Quetzekua toma la iniciativa y camina con lastre hacia Eréndira, con la expresión desenfadada de un chico de catorce años. Viste camisa, calzón, faja y cotón de lana sin teñir, que parecen de otros tiempos, y unos huaraches de tres suelas preparados para el camino. Y así, como si tal cosa, guardando la distancia, se saca su sombrero de paja triguera, se lo lleva al pecho y galantea a Eréndira con un antiquísimo requiebro que ya nadie utiliza por estos lugares…

 

    –     “Dispénseme, señorita, ¿no me regala una flor?”…           

 

    –     “Sí, con mucho gusto, pero siempre que tenga cuidado con ella” –le responde Eréndira, como si ya lo tuviera preparado.

 

    –     “Yo tendré cuidado de venir a regar esta planta para que me dé flores más bonitas” –replica el mancebo.

 

    –     “Entonces debe venir a este lugar con frecuencia para ver si sigue creciendo”…

 

          Y la niña Eréndira entrega la flor a Quetzekua.

 

          Y el muchacho rinde para ella un pañuelo de seda.

 

          Pronto anochecerá.

 

          Y se despiden.

 

          Y transcurre una jornada.

 

          Y vuelven a encontrarse en el ojo de agua a la misma hora.

 

         Quetzekua aguarda con impaciencia la respuesta a su proposición sincera de noviazgo…

 

    –     “¿Cómo está mi planta?”. “¿Sigue creciendo y dando flores?”… –pregunta el muchacho.

 

    –     “Sí, con igual gusto está creciendo, pero acaso no dé flores hasta que pase el Carnaval” –responde Eréndira, que desea meditar un paso tan importante.

 

          Son palabras de esperanza para Quetzekua. El chamaco parece dispuesto a esperar el tiempo que fuere preciso hasta que el destino dé una respuesta a sus anhelos de compartir el tiempo con esta muchachita de ojos tiernos y ademanes de princesa… Y pide permiso a Eréndira para acompañarla hasta casa. Y la niña no dice que no. Y caminan parejito por la vereda empedrada, detrás de las muchachas, que no salen de su asombro ante el rotundo éxito de la niña en sus dos primeras salidas al ojo de agua… A la vista salta que Quetzekua no es de la isla de Janitzio, ni siquiera de la región lacustre de los purhépechas, sino que viene de la Sierra o, tal vez, de la Cañada de los Once Pueblos. Eréndira le pregunta por ello. Y el semblante del chico ensombrece tantito cuando ha de responderle que lleva mucho tiempo buscando por todo Michoacán, por predios, planes, cañadas, lagos y serranías, la sonrisa perdida de los indios de América. Le dice que todo comenzó con una palabra dada a su padre, quien se halla preso no más por defender una educación que reconoce la igualdad de todos los seres humanos y enseña el derecho a ser diferente… Y le cuenta que en la meseta Purhépecha, en la cañada de los Once Pueblos, en la ciénaga de Zacapue, en la ribera misma del lago de Pátzcuaro los hombres se está matando por la tierra. Gentes hermanas se están acabando entre sí: Nurío contra San Felipe, Tanaco contra Cheranatzicurín, Urapicho contra Cocucho, Huacato contra Tanaquillo, Santa Fe contra Quiroga… “Y las leyes no tendrían que hacerse para los caciques porque ellos igualmente se las toman”… –se rebela Quetzekua, enardecido. Entre tanto, la meseta pasa sed, el lago muere por los vertidos, nuestra emigración es la más alta de la República y, si todo no bastara, los valores que este pueblo forjó durante siglos se están perdiendo de volada…

 

          Y pasa un rato.

 

         Y el chamaco buscador se confiesa ante Eréndira con la voz tomada por la emoción… “Al parecer, ya nadie quiere ser purhépecha”…

 

          Y la niña le mira y escucha con mucha admiración y algo de pena…

 

    –     “A mi pobre papá nadie le da crédito” –protesta el hijo. “Pero lucharé para sacarle de prisión”…

 

    –     “¿Pero cómo?… –se interesa la niña.

 

    –     “Con amor tendrá que ser”… “¿Cómo hacer si no?”… Quetzekua sabe bien que no hay otra manera de conseguir algo digno que perdure…

 

          Este chico-hombre se ha impuesto una difícil tarea: él busca la sonrisa perdida de los indios de Abia Yala. Y sabe por su papá que con odios y violencias nunca se llegará a la solución de los problemas que están consiguiendo acabar con este pueblo antiguo, con su cultura y sus valores y su forma de enfrentar la vida y el mundo… Y a la entrada de la casa de Eréndira, bajo una chayotera, le platica que está descubriendo leyendas ignoradas y bellísimas de nuestra gente. Le cuenta que cuando ya se habían creado los árboles, el agua, el sol y la luna, y únicamente faltaban los humanos, se reunieron los armadillos, los tejones, los conejos, los coyotes y todos los demás seres vivos, y decidieron que venerarían al tlacuache; pero le abandonaron al poco, no más que le vieran caminar orondo… Y le relata que los antiguos purhépechas partieron desde las frías tierras del norte con los Dioses de la Mano Izquierda y los de la Mano Derecha, las almas de los antepasados que dejaban atrás. Y cómo en su largo camino conocieron a las Divinidades primogénitas, al Padre Sol y a la Madre Luna, Tata Muriate ca Nana Cutzi, y prosiguieron viaje con Ambos. Y de qué manera se manifestó Urendegua Necara ante ellos, Estrella de la Mañana, Dios principal que guiase su caminar. Y en qué medida hubieron de familiarizarse con los Dioses del Mar y, más tarde, con los Dioses de la Tierra Caliente. Y en éstas andaban, hace setenta centurias, cuando llegaron acompañados por un sinfín de mariposas monarca a esta feraz tierra de lagos, elegida por las mariposas en su viaje anual desde Canadá para hacer de Michoacán la tierra de las flores. Y aquí tuvieron noticia de los Dioses de las Cuatro Partes del Mundo y de los Dioses que son Cuatro Piedras: “mira que son cuatro Dioses”. Y ya era del dominio de la comunidad que el Águila, el Fuego o las Montañas son partes de una Divinidad que no muestra al humano su rostro completo… Desde luego, salta a la cara que tenían los purhépechas otras miras de vivir… Y éste su modo espiritual de ver el mundo les llevó a pensar que la gente tenía un origen divino, uno cuyo fin era convivir con los Dioses… Por eso no eran guerreros ni conquistadores. Y ser gobernante significaba servir al pueblo y a la Divinidad. Compartían la naturaleza pero no la poseían. Y la fiesta se hacía para repartir la riqueza que daba la Madre Tierra. Y si deseaban reunirse con los Dioses, sólo tenían que descender al cielo por la Petátzequa, las Cuatro Piedras que integran su puerta de entrada… “Bueno, pues así estuvo, así no más” -termina Quetzekua su prehistórico relato… La muchacha le ha escuchado atentamente. Acaba de conocerle y ya siente fascinación por este muchacho con ocupaciones de hombre. Le agrada su manera de mover las manos cuando se explica, los silencios que hace entre cada cosa importante, cuánto siente la vida, cualquier vida, la lealtad y el cariño que desprenden sus ojos toda vez que habla de su papá, y sus ideas positivas, y el modo en que la trata… Definitivamente, parece que Eréndira está enamorándose de Quetzekua… Y pasa un buen rato embelesada, observándole con admiración… Hasta que su hermana mayor la pellizca en una pierna, buscando que salga de su “encantamiento”, porque ya está en la mesa su cuenco de pozole.

 

          “Y eso se toma bien calientito” -enseña la mamá.   

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 15, julio 2009.

3 comentarios to “El universo existe por amor (1ª parte)(relato)”

  1. Iñaki me maravilla tu manera de relatar los paisajes, las voces de pueblos tan antiguos y su sentir, como si hubieses sido parte de ellos.
    Me encantó!
    Cariños!

  2. Me gusta mucho tu forma de escribir, lo haces genial.
    Sigue así, seré usuario total de tu blog =)!
    Si quieres, puedes visitar el mío, tiene una temática parecida.
    Un abrazo.

  3. Precioso y se puede ver a la vez que lo lees..Felicidades y Bendiciones…

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