“La caída” (relato breve)

          Hoy el caminar de esta señora es lento, desgarbado, sin su aire. Si bien no ha perdido gravedad su estampa, que rinde un sosegado influjo a la gente que se detiene en ella. (El gentío camina apresuradamente por las galerías del subterráneo de Buenos Aires). Hasta el día de ayer, aunque acaba de cumplir los setenta y dos, esta mujer porteña se preciaba de ir a la misma velocidad que el resto de la gente. No, no está pasando el mejor momento de su vida… Su viejo compañero se las gasta con otra mujer… “Ahora estará volando hacia Europa con ella, con su joven amante”… –piensa. Y se agita. “¡Vos sos un ilegal!”. Y agacha la cabeza. Y disminuye, si cabe, la fuerza de su paso. (Y a tal extremo es respetada, que no recibe un solo roce de la multitud nerviosa). La vida no está siendo justa con su persona. Ella ha compartido con su marido mucho más que una cuenta y una cama durante cincuenta años… Y bueno… Quién lo hubiera dicho… Después de una comunión a prueba de misiles, una compañía y un calor certeros, nadie hubiera imaginado un final tan triste para su vida sentimental… (Ha volado de su bolsillo un pañuelo blanco, y un niño lo recoge del suelo y se lo devuelve). “¡Gracias, chico!”… Así es… Un matrimonio de ley ha muerto en la víspera de cumplir sus bodas de diamante… “¡Vuela libre, hombre, que te vaya bien!”… (La mujer toma una escalera mecánica que desciende a los andenes). (El tumulto es agobiante)… Esta esposa, adolorida, vivió consintiendo a su hombre y, a la postre, sintió que le perdía, como persona y también como marido, por tolerar que su única función se redujera a llevar dinero a casa. “Lo mimé tanto que hice de él un hombre apocado, una especie de zombi, alguien sin su propia estima”… Pero en los últimos tiempos decidió que aspiraba a un hombre entero, no a un anciano prematuro o un niño viejo… Fue entonces cuando entró en liza una mujer candela que no pasaría de los cincuenta. (Llega un tren atestado de pasajeros, que no puede tomar, pero esta señora avanza de la tercera fila a la primera porque alguien lo ha procurado). Y al fin resolvió que si este hombre iba a seguir queriéndola tendría que ser por ella misma, no por el artificioso cúmulo de despropósitos en los que naufragaba toda vez que intentaba atraerle por celos. “¿Es que acaso le fallé alguna vez?”... –se atrabanca su desconsuelo. Y en los tiempos más severos tampoco buscó atraerle con sus marcas de madre… Y ahora  mismo piensa que este año no saldrá de vacaciones, que tal vez hubieran sido buenas para unir al matrimonio. Está bien… Puede que un paseo por Mar del Plata hubiera ayudado, o por los Andes, o la Patagonia… Pero ella decidió atender sus labores de madre y ciudadana. Y no quiso perderse los preparativos que rememoran el último golpe militar en la Argentina… Y es que esta persona, bárbara, esposa diamantina, es una Madre de la Plaza de Mayo… (Entra en uno de los vagones y, empujada por la muchedumbre, llega hasta los asientos y, sin pretenderlo, acaba sentada). Se ve abatida por el trabajo de los últimos días, por varias noches de desvelo, por el drama que está viviendo. Y el calor… Y la multitud… Y el aire que no corre… Es jueves por la tarde y se dirige a la Plaza de Mayo. Intenta no acordarse de su infiel compañero para centrarse en un nuevo aniversario del último atropello militar en la Argentina… (Faltan tres estaciones para llegar a su destino). Porque este país, grande, increíble, roto, es el legado de los “salvapatrias”… “Creíamos que era tan rico que no podía fundirse, a pesar de nuestra quietud frente a la impunidad, con toda nuestra tolerancia y permeabilidad hacia algunas formas de la mentira”… Sensaciones que recorren su espíritu…“¿A qué pueblo dijeron defender los militares que no se atreven a dar un paso al frente y rendir cuentas a la Historia, qué soberanía, la de quién?”… Todo es una gran farsa. Ellos siempre estuvieron por encima de la justicia. Ellos son los encargados de llevar nuestra vida hasta el borde del abismo. Mueran todas las guerras. Los humanos con honor aprenderemos a detener a los que no están preparados para esgrimir otros argumentos que las armas… Algo hay a considerar en comunidad… “Cuando la gente de todas partes decida unirse, los ejércitos para nada servirán, permitiendo gastar trillones en felicidad humana”… (Sólo falta una estación). (Alguien abre la ventana cuando advierte que la mujer aguanta un sudor frío en pleno verano). No puede flaquear. Ha de llegar, sí o sí, hasta la plaza de Mayo. Y un nuevo interrogante deambula por su mente. “¿Honor, qué honor?… ¿Por qué hablan siempre de honor los militares, tratándose de la cualidad del alma que nos lleva al más serio compromiso con nuestros semejantes?… ¿Dónde está el honor de los que no se atreven a dar un  paso al frente?”… Pero ella no les guarda rencor. Hace tiempo que erradicó este dolor de su espíritu. Sólo pide que se mantenga viva la memoria ante semejante desatino. (Para no volver a caer). Muy viva la memoria de su hijo, desaparecido en la lucha por la democracia en la Argentina, sólo por pensar distinto, o sólo por pensar, o simplemente porque pasaba por el mismo lugar que la bala de un desleal. Pero no siente desamor alguno hacia los verdugos… Ellas, madres, piden que los genocidas de la dictadura sean castigados. Pero en su fuero interno ésta se conforma con que le digan dónde está su chico. Es que quiere ir a rezarle… (Una voz anuncia la última parada de la línea: plaza de Mayo). Alguien dice que debería llamarse: “Estación Madres de la Plaza de Mayo”… Y la mujer sonríe con mirada lánguida… Y se anuda bajo la barbilla un pañuelo blanco. Lleva bordadas dos palabras que asumen a treinta mil caídos: “JUSTICIA Y LIBERTAD”. Y sale del vagón, renqueante…“Estarán volando sobre el océano, haciendo planes para una vida en común, bien agarraditos de la mano…”… Y esto lo piensa quien se vio como la esposa eterna… Quién sabe… Después de todo, tal vez haya recuperado algún espacio como mujer. Pero no es  grande el consuelo… (Sube el último tramo de escalera, largo, muy largo). Lleva la tensión demasiado baja. Necesita tomar aire. Se desabrocha el cuello de la blusa. Malamente distingue las copas de los árboles de la plaza, allá en lo alto de la escalera… Se siente desfallecer… La vista se le escapa… Hasta que la pierde completamente. Y anadea… Y vacila… Y se tambalea… Y cae desmayada hacia atrás. (Varias personas evitan que se golpee de lleno sobre las escaleras. Pero no consiguen detenerla). Y rueda. Siempre hacia abajo… Y esta señora, porteña, recrea la imagen de su hijo cubierto de sangre. Que evoluciona y se convierte en el ser más luminoso que nunca hubiera visto una madre. Y corre hacia él. Sin sentir la presión de su cuerpo viejo, esta madre corre hacia su hijo… Y cuando va a llegar, cuando le va a estrechar entre sus brazos, se interrumpe la visión, bellísima. Y prorrumpen todas las sombras de la noche… Están tirando cadáveres al océano, desde un helicóptero… Hay muchas madres protestando en la plaza de Mayo. Desea saludarlas. Pero no la ven… Camina y camina. Pero nunca llega… Después, vuelve esa luz intensa… (Y su cuerpo sigue cayendo, ora yerto, trecho por trecho de la escalera). Y una sensación muy extraña explota en su corazón. Y luego en la cadera. Y más tarde en el hombro izquierdo. Una mano acoge su cabeza cuando ya estaba para estrellarse contra el suelo. Un puño golpea, brutalmente, su adolorido corazón. (Ella cree que es para sacarle la tristeza). Ahora siente una boca besando la suya. Y grita, presa de emoción,“¡mi marido!”, cuando se da cuenta de que no puede ser otro quien la besa… “Él me protege en este viaje”…  –se engaña. Y vuelve a sentirse besada. Y, de repente, abre los ojos, de par en par, reviviendo una velada esperanza… “¡Ay, pero si no es mi marido!”… Y otra vez pierde el sentido. De nuevo, recibe oxígeno. (Ella cree que la besan). Y se quita al hombre de encima, bruscamente. Y se levanta, molestísima. Y echa a caminar por la escalera mecánica lo más rápido que le permite su cuerpo magullado. Siempre hacia arriba… Esta señora lucha por olvidarse de un matrimonio consumido. Y llora más por decepción que por dolor, solamente una lágrima, que su entereza impide progresar… “¡No me dejaré besar más!”…  Y corre los últimos peldaños de esa escalera, hacia la plaza de Mayo, para reunirse con sus compañeras… “¿Honor, qué honor?”… “¿Dónde está el honor de los hombres?”… Se ha hecho la pregunta con indignación, angustiada, como lo haría una persona entera.

 

          Las madres dan vueltas a la plaza de Mayo, serenamente…

 

          Conversan en grupos de dos, de tres, de cuatro…

 

          La antorcha de la catedral luce por los muertos de antes, no por los de ahora, nunca por los vivos…

 

          Nadie se asoma para verlas desde el ministerio o la Casa Rosada, nadie para escucharlas.

 

          Pero ellas siguen manteniendo vivo un recuerdo, esta memoria a la que nadie, nunca, debe renunciar…

 

          Y entra la señora porteña en el corrillo de las madres. (Algunas ya son bisabuelas, las que pudieron).

 

          Y se sorprende cuando ve a un hombre de edad manifestándose… Este señor lleva una foto de su chico en el pecho.“¿Será un Padre de la Plaza de Mayo?”…

 

          Y el hombre se gira…

 

          Y le ofrece su brazo…

 

          “¡Oh, mi Dios!”…

 

          Con galantería, con la animosidad de un caballero…

 

          Y caminan juntos alrededor de la plaza…

 

          Por la memoria del hijo de ambos…

 

          Por las víctimas de cuántos desatinos de la Humanidad…

 

          (Para evitar otra caída).

 

          Y se miran con dulzura, sin resentimiento, con la grandeza de un amor de cincuenta años…

 

          Esta mujer ha recuperado al hombre.

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “La costilla de Eva”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 4, julio 2009.

Una respuesta to ““La caída” (relato breve)”

  1. Siempre al leer por tus libros te transporta al lugar…Felicidades y te deseo Paz y mucho bien ,para ri y tu familia …Bendiciones .

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