Nanaí descubre su verdad (y 4)(relato)

IX

 

 

          La hermana mayor no invitó a entrar en casa a las pequeñas porque el gruñón de su marido no se lo permitió. Y tuvo que pedirles que permanecieran un ratito afuera para que pudiera hablar con él.

 

          Pero una hora después aún seguían discutiendo a viva voz…

 

          Hasta que salió la mujer shipibo al fin, bien triste, con dos pocillos de ajiaco y una cobija. Y caminaron por una trocha encharcada hacia una lometa atestada de chabolas construidas con materiales de deshecho. Atravesaron la misérrima ciudadela y miraron cómo construir un refugio junto a la última invasión, muy cerca de una barranca utilizada como basurero. Hasta allí se acercaron niños, adolescentes, mujeres, y antes de la medianoche habían levantado una guarida, improvisada con recortes de madera, hojalata herrumbrosa y cartones húmedos, que les ayudarían a protegerse de la intemperie.

 

          A la luz de un velón, Nanaí contó a su hermana mayor lo que estaba sucediendo con la comunidad. La hermana reflexionó y al rato dijo a las niñas que descansaran tranquilas porque todo se iba a resolver en la mañana.

 

          Aquella noche Nanaí pidió a sus antepasados que el siguiente día trajera buenas nuevas para los suyos. Y tampoco entonces consiguió dormir más allá de unos minutos, preocupada con las actitudes del compañero hacia su hermana, inquieta con la imagen de un gran fuego rodeando al Pueblo shipibo, y los aniquiladores bulldozers, y detrás, como si de una gran pesadilla se tratara, todas las miserias de la “civilización” caminando hacia su aldea…

 

          Las tres hermanas emplearon la alborada y una parte de la mañana en caminar la ciudad de Lima. Hasta que llegaron a un edificio antiguo, venido a menos, muy cerca de la plaza de Simón Bolívar. La hermana mayor de Nanaí  pulsó el timbre y rogó a los dioses que se encontrara en casa su amigo el escritor viejo y pobre que había dedicado su vida a convivir con la gente de la Amazonía… Fue entonces cuando las niñas y un servidor nos conocimos. Yo todavía andaba en pantaloncillos por la casa… Y tuve el honor de conversar con Nanaí y Canaisa en idioma nahua, con dos heroínas de un mundo menospreciado que darían que pensar a otro mundo que se tiene por civilizado. Y me contaron la historia de su comunidad. Y, seguidamente, alerté al planeta entero, con la colaboración de varios medios de comunicación que atienden a la gente.

 

          Aquella jornada y la siguiente las pasamos en mi humilde casa, donde las niñas pudieron curar sus heridas.

 

          El lío que armamos fue monumental. La opinión pública mundial quedó conmovida con el arrojo de estas niñas, indignada por el atentado continuo contra la vida y la cultura de los pueblos de la Amazonía. Por Nanaí y Canaisa, la Humanidad fue un poquito más consciente de que si las diversas culturas mueren, si todos los “ríos” se secan, ¿qué será del río grande que es la cultura universal?…

 

          Si esto llega, la gente dejará de ser gente.

 

          Y entonces valdremos por lo que tengamos, no por cómo seamos.

 

          Así será si los niños y los jóvenes de todo el planeta no detienen esta locura.

 

          Cumplida su misión, Nanaí pensó en regresar a la aldea. Se sentía feliz por su pueblo, orgullosa de Canaisa y de sí misma. (Seguro que la elegirían reina de la comunidad en el Día de Primavera). Aunque luego-luego esta muchacha sintió morriña por su mamá, por su papá, por la abuela. Realmente, les echaba de menos. Y tuvo que sentir muy lejos a su tierra y al Pueblo shipibo para conocer el sentimiento de nostalgia: callado, sublime, profundo.

 

          La hermana mayor vino para llevárselas en la mañana siguiente.

 

          Y, una hora más tarde, esta mujer invertía su exiguo capital en realizar una compra de frutas en el mercado, con la intención de que Nanaí y Canaisa la vendieran en la calle a un mejor precio y, de este modo, consiguieran la plata necesaria para regresar a casa. Entendió que no habría de ser una empresa fácil, pero tampoco disponía de otra opción.

 

          Así que ayudó a transportar la carga hasta el centro de la ciudad.

 

          Y se despidió de sus hermanas con un abrazo apurado porque su marido ya esperaba el almuerzo recostado en su poltrona.  

 

 

 

X

 

 

          Aquel día Sendero Luminoso había convocado a la población a un paro armado.

 

          Se veían pocos vecinos por el centro de la ciudad.

 

          Caminaban las niñas por una acera amplia cuando a Nanaí le agradó un lugar junto a un arbolito que crecía mágicamente del mundo gris. Y se sentaron a su lado. Extendieron la tela blanca sobre los adoquines y colocaron allí la fruta. Un hombre se detuvo a comprar una papaya; otro, unos bananos… Canaisa y Nanaí estaban observando a unos niños pateando un coso de colores llamativos. Y de buena gana hubieran ido a jugar con ellos. Pero tenían que vender la fruta porque de otro modo no podrían regresar. Cuando, repentinamente, se detuvo un carro al otro lado de la calle, descendió el conductor y ¡¡¡¡¡¡bbbbuuuuuuuuummmmmmmmmmmmm!!!!!!!, explotó el mundo, explotaron los oídos de las niñas, se rompieron las ventanas de todos los edificios en varias cuadras a la redonda. Y el lugar se llenó de sangre, dolor, llantos de niños y ancianos, crudos lamentos, por todas partes, gente desconcertada, cuerpos mutilados. Nanaí no se sentía herida pero estaba cubierta de sangre, también su hermana, quien se veía tumbada boca abajo, inmóvil. El arbolito estaba destrozado, por el suelo. “¡Muévete Canaisa, dime que estás bien!”… –le suplicó Nanaí en nahua. “¡Pero cómo puede ser esto!”… –se preguntaba la pequeña mujer mientras buscaba heridas en el cuerpo de su hermanita. Y Canaisa despertó. Y se dio media vuelta. Y esbozó una leve sonrisa, pequeña sí, porque le dolían los oídos… Y, entonces, Nanaí se echó a reír como una loca. Y Canaisa, también. Y se abrazaron tumbadas, y rodaron abrazadas, locas de alegría, de pena, de miedo, de alegría, de pena, de miedo… Y continuaron rodando, sin despegarse, hasta que toparon con un semáforo. Entonces se levantaron y rompieron a llorar. Nanaí intentó quitarse la sangre pero las manos se le iban a los oídos. Y aún sacó fuerzas para preguntarse de quién sería esa valiosa sangre si no era de ellas… Y no halló la respuesta… Estaba a verlas venir, aturdida por el impresionante estruendo, por tantísima violencia… Y tomó a la niña de la mano. Y echaron a caminar apresuradamente por la avenida… Y, al rato, vio la muchacha que no sabía a dónde se dirigía y dieron media vuelta. En realidad, Nanaí no sabía qué pensar ni adónde ir ni qué hacer. El indio americano creó una expresión para esto, “ni modo”, triste resumen de su verdad. Fue en aquellos momentos cuando la muchacha entendió el triple sentido de su nombre, el por qué su papá y su mamá le habían llamado río y dolor y verdad. Y le pareció comprender que la vida de una niña shipibo era como un río que en su doloroso recorrido iría descubriendo su verdad. Y le pareció tan dolorosa esta verdad que fue su misma cabeza la que fue inclinándose, hasta posar la mirada en el suelo… Sí, es cierto. Y se acordó de la abuela. Pero no se sentía con fuerzas ni orgullo suficientes para alzar la cabeza. (Compréndala, abuela, mire a su nieta cómo está, ensangrentada, con el alma destrozada, los labios y la piel quemados en la puna, los pies machacados en los caminos, con todos sus huesos molidos, reventados sus oídos, aturullada, humillada, violentada… Abuela, abuela, ahora debería perdonarla si no puede cumplir con su palabra…)… “Bueno, levantaré un poquito la cabeza, sólo un poquito” –se dijo. Y la alzó lo justo para ver a un niño de su edad con la piel y la ropa mugrientas pero con los ojos más tiernos que jamás hubiera visto en su mundo verde, azul y blanco ni en el mundo gris ni en lugar alguno; mejor dicho, fueron para Nanaí los ojos más puros del universo, los de un niño de la calle… Y el chico sacó lo que no tenía para decirles que aquel arbolito y su viejo perro habían salvado sus vidas. Quiso el destino que el pobre animal dejara al niño y se fuera hacia el árbol, interponiéndose entre la bomba y las niñas en el preciso momento de la terrorífica explosión… Y Lucho, el muchacho de la calle, se dio cuenta de que no le comprendían. Las vio muy solas. Habían perdido la fruta, su esperanza de regreso. Y no lo dudó. Tomó de la mano a Nanaí. Y, luego, a Canaisa. Y caminaron los tres por el paseo teñido de rojo. Sin saber por qué, apretó la mano de las niñas; tal vez, para infundirles aliento. Y, al punto, les dijo algo que desde luego no entendieron: “No se preocupen, yo cuidaré de ustedes”. Y siguieron caminando, cogidos de la mano… Canaisa vio a su hermana con la cabeza bien alta y buscó imitarla. Después de todo, tras muchas y duras pruebas, las dos se sentían orgullosas de ser niñas, campesinas y shipibos. Y Lucho, que sabía bien lo que era la dignidad porque se la habían pateado muchas veces, comprendió la actitud grande de las niñas. Y también él levantó la cabeza, más que de costumbre. Y luego miró hacia el frente, como Canaisa, como Nanaí.

 

          Y caminaron así, unidos de la mano, sin saber a dónde, por el laberinto gris de la ciudad de Lima, con la mirada alta, esto sí, dispuestos a tratarse de igual a igual con cualquiera…

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 6, junio 2009.

Una respuesta to “Nanaí descubre su verdad (y 4)(relato)”

  1. Iñaki …

    Un fuerte abrazo!

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