Nanaí descubre su verdad (3) (relato)

 

VII

 

 

          Cuando el sol había levantado un palmo en la bóveda celeste, se despidieron de la señora llevándose un hatillo henchido de papas cocidas. Y, además, un poncho útil para las dos niñas siempre que Canaisa fuera a la espalda de su hermana. La mujer estuvo acortándolo durante el alba para que no lo arrastrasen por el páramo. A ella le hubiera gustado ayudar algo más pero otra cosa no tenía.

 

          Y se despidieron con pesar.

 

          Nanaí tocó el amuleto e inició el camino recordando la manera de reír de cada uno de sus amigos. Era éste un truco que la reconfortaba cuando llevaba alguna pena dentro.

 

          Luego de haber caminado casi toda la jornada por una vereda que corría próxima a la carretera, les pareció ver a un grupo de hombres caminando en fila, a campo traviesa, con el semblante cubierto. Esta imagen, indefinida, apareció ante ellas como un encantamiento.

 

          Luego sopló el viento, rey de las alturas, ocultándose la columna entre la bruma nerviosa, teñida de atardecer…

 

          Y quedaron dos niñas solas con toda la puna.

 

          Nanaí llevaba tiempo observando un peñón apostado en medio de la llanura, por ver si daba con alguna oquedad que les sirviera de refugio en la noche. Y descubrió una pequeña gruta cuando del sol ya no quedaba más que un recuerdo grabado en corderitos rojos con apariencia de nubes. Entraron con precaución y gatearon a través de la piedra mojada. Y, ya en la más absoluta oscuridad, sintieron por los sonidos, por la temperatura, por la humedad, que la gruta se había convertido en una gran cueva donde se sentían goteos milenarios golpeando las piedras y la superficie de una laguna. Pero sus sentidos, exhaustos, no llegaron a percibir la respiración de otros seres vivos. De tal suerte, esa noche lograron ponerse a salvo de los rigores de la puna, quedando profundamente dormidas entre alimañas, en el reino de los vientos.

 

          En la mañana se echaron a caminar sobre la tierra árida y cada vez más fría, sorteando piedras y matas espinosas. Los pies de la beba pronto no aguantaron más y la mayor tuvo que cargarla. La pequeña mujer shipibo añoraba su casa, su familia. Pero entonces no logró transportar su imaginación hacia los ratos hermosos del pasado. Porque su cabeza se iba una y otra vez a la comunidad preocupada bajo el cobertizo, a su papá dando un discurso triste, a los bulldozers cada vez más cerca de la aldea, a su abuela hablando con elevación y, por supuesto, a su mamá, de quien prefirió no despedirse… Eran motivos para continuar. Sí. Pero sus piernas ya no podían avanzar.

 

          ¡Es que estaban adoloridas, abuela, pasmadas de frío, malheridas en muy extraños caminos!…

 

          Mediando la tarde se encontraron con un rebaño de llamas pastoreado por una niña, quien les ofreció leche sin preguntarles algo. Y Nanaí respondió con varias papas cocidas. Y, después de un rato, se despidieron con una leve caricia, mutua, en las mejillas. Y continuaron camino, entonces con los pies cubiertos por unos cueros de llama que la pastora improvisó como calzado con gran destreza. Nanaí, agradecida, sintió que al menos podía caminar. Y abrigó aún más la esperanza de detener esas máquinas destructoras. Para que el Pueblo shipibo sobreviviera con toda su cultura, sus valores y sus gentes.

 

          La noche les sorprendió en una hondonada cubierta de nieve, sin haber alcanzado unos peñascos que sobresalían entre la paja brava. Nanaí se quedó en pie, abrazando a Canaisa bajo el poncho, viendo el cielo más estrellado que hubieran podido imaginar. Pero el viento era tan fuerte y helado que la muchacha tuvo que ayudarse de una buena piedra para ahondar en la nieve, antes de que endureciera con el frío de la noche. Zapando, zapando, hizo un gran agujero. Y se tumbaron envueltas en el poncho y luego en el sarape. Y se cubrieron con el blanco elemento todo el cuerpo excepto el rostro. La intuición de Nanaí le había dicho que éste era el único modo de sobrevivir aquí. Bajo la nieve, tocó el amuleto de sus antepasados y les pidió ayuda en este difícil trance. Canaisa miraba las estrellas como si nada extraño sucediera. Su hermana no dejó de abrazar a la niña en toda la noche, mientras escuchaba el ventarrón de la puna silbando en los pajonales, bramando entre la roqueda, arremolinando nieve sobre el hondón, empujando cirros y estratos a gran velocidad, zozobrando entre la tierra y las nubes. Y aun le sintió enojarse consigo mismo y golpearse la cola, creyendo, tal vez, que era algún viento entremetido. Pero Altomisayoq, cuidador del jardín del cosmos, guardián de la cultura andina, sabio amigo de las estrellas, del viento y el páramo, de las nubes y las nieves, de la Pacha Mama, la luna, el ischu, las llamas, de los pastores quechuas y todos los apus de la puna, se encargó de velar a estas dos niñas amazónicas.

 

          Y el taita Inti llegó, tímido primero, radiante después, llenando, al fin, de azul y esperanza la vida…

 

          Nanaí abrió un ojo solamente, por si acaso era muy grande el susto, y después el otro, y vio que estaba viva, que también Canaisa estaba bien. Y se miraron. Se sonrieron. Se sacudieron la nieve con alegría. Y se echaron a vivir cuando se dieron cuenta de que sus piececillos se movían, de que sus cabezas y sus cuellos y sus brazos se movían, sin acordarse del dolor en los pies ni del hambre o la sed. El poncho de la señora peruana y el ingenio de Nanaí habían salvado sus vidas, ciertamente. Y puede que algo más…

 

          Y siguieron caminando…

 

          Y sus naricillas coloradas contrastaban con la mañana blanca.

 

          En esta jornada, Nanaí lo hizo con una alegría especial, alentada con la ilusión de que si todo estaba resultando así es porque finalmente conseguirían hacer algo por el Pueblo shipibo, que si estaban logrando vencer tantas dificultades es porque el universo entero deseaba detener la violencia que se cernía sobre la Amazonía. Nanaí comenzaba a colocar algunas piezas de un rompecabezas llamado verdad. Pero lo que no acababa de comprender es por qué le llamaban chola… ¿Sólo por ser diferente?… Alguna pieza no encajaba en este doloroso camino que tendría que recorrer para encontrar su verdad. Aun y todo, levantó su cabeza con orgullo, el de todo un pueblo, incluyendo a su hermanita Canaisa, quien no acababa de enterarse bien de qué iba la cosa, por mucho que quisiera recibirlo todo por estos inmensos, almendrados ojazos, expectantes y confiados, que la miraban con admiración.

 

          En el fondo del páramo relumbraban las grandes montañas. El sol se había hecho fuerte sobre la puna. Y las manos pequeñas de Nanaí no resultaban un cobijo suficiente para enfrentarlo. Pero ella siguió caminando; algunas veces, con la niña a cuestas; otras, con ella de la mano… La gente bajo el cobertizo, los nubarrones oscuros, su papá ofreciendo la vida, la abuela dándole un buen consejo… Todo esto le daba energía para agotar el agotamiento, el hambre, la sed, la solana y todos los vientos gélidos de este mundo alto. Y la muchacha no pudo menos que recordar a tanta gente dependiendo de ella, de su integridad, de su entereza para enfrentar cualquier obstáculo, cualquiera que fuese…

 

          Pero a media tarde las montañas aún se veían lejanas.

 

          Y el páramo seguía cubriendo todos los espacios que no alcanzaba a ocupar el firmamento…

 

VIII

 

 

          Inesperadamente  -tlocotloc, tlocotloc, tlocotloc, tloc, tloc-  se detuvo una carreta junto a ellas y llenó el lugar la figura amplia de un carretero en su chaquetón de lana gris, con la barba entrecana, las cejas muy pobladas, las manos redondas y velludas y la piel curtida por todos los vientos que rondan el Perú, quien las invitó a subir en idioma nahua. Por fin se encontraban con alguien al que podían entender a la perfección. El señor las cubrió con una frazada y les contó un poco de su vida. Les dijo que había sido uno de esos mercachifles que engaña a los indios de la Amazonía, que cambiaba valiosas artesanías por bagatelas como espejitos, peines o mostacilla para sus mágicos adornos. Cuenta que los shipibos le apreciaban por su simpatía. (Seguramente, tampoco les caería mal mirarse al espejo, peinarse o llenar de colores su fantasía). Pero el carretero no se sentía bien haciendo esto y se dedicó a trasladar carretadas de papa entre Cerro de Pasco y Lima. El viejo aseguró que les podía llevar hasta la mismísima capital del Perú. Y Nanaí se alegró muchísimo. Y contagió a Canaisa, quien volvió a sonreír tan blanca y ampliamente que los apus de la puna quedarían convencidos de que había sido una despedida…

 

          Después de un rato, Nanaí le pidió al señor que detuviera el carromato, cuando los animales aún no habían conseguido armonizar un ritmo de trote. De ahí el resuello de Isaías, el joven caballo alazán que movía la pata izquierda y la cabeza, de arriba abajo, dibujando fantasías con el vaho de su respiración en la fría tarde del altiplano… Se apeó la pequeña mujer y caminó hacia un montículo de piedras apiladas en forma de cono, un lugar alto de la puna en el que las tierras inician su descenso hacia el océano Pacífico. Y es que la señora de Cerro de Pasco pidió a Nanaí que colocaran una piedra sobre una de estas apachetas cuando lograsen atravesar la inmensa llanura, en agradecimiento a los apus del páramo, en el bien de que otros viajeros pudieran tener la misma fortuna. Y así lo hizo la joven Nanaí, quien había conseguido comunicarse con una mujer quechua a pesar de no entender su lengua… Y el carretero tuvo que disimular una lágrima cuando la muchacha puso aquella piedra en la punta, en lo más alto de aquel desierto helado, que habían logrado atravesar gracias a la solidaridad de la gente y a su sangrante esfuerzo. “¡Bueno, bueno, que Lima se nos va a marchar!”… –vociferó el hombre en nahua para desatascar el nudo en la garganta de un carretero aviado para los cien mil caminos que franquean el Perú.

 

          Y en breve llegaron al punto ferroviario más alto del mundo, a más de cuatro mil doscientos metros de altitud. En este punto el descenso se vuelve muy pronunciado. Los caballos trotaban alegres después de haber cruzado la puna sin afectarse por el soroche. Canaisa y Nanaí observaron maravilladas la majestuosidad de la cordillera en el otro lado de la cuenca amazónica, la hondura de los valles andinos, dominados por las breñas y el pedrisco. Nanaí sintió muy cerca el éxito de la misión. En aquellos momentos dichosos dejó que su vista se transportara a las crestas de los nevados, a los glaciares eternos, a las escarpadas morrenas, a las caídas de agua descolgándose por paredes espectaculares para unirse a otras fuentes en la profunda quebrada, formando el torrentoso río Rímac, que corría deprisa hacia el océano por una encañada de piedra que luego se estrecha en una garganta para caer, cascada tras cascada, y quebrarse en infinitas gotas en el fondo de un despeñadero y volverse espuma, hasta remansarse allá donde el valle se abre, permitiendo vivir a la gente…

 

          Y, de pronto, rompió a llover como si nunca hubiera sucedido…

 

          El carretero detuvo los caballos bajo una enramada y aguardó a que cediera la tormenta.

 

          El río Rímac crecía por momentos, arrastrando infinidad de piedras, produciendo un ruido ensordecedor…

 

          Los viajeros podían observar la impresionante avenida sin peligro. Pero, a pocos metros de allí, el río amenazaba con llevarse cosechas, árboles y algunas casas próximas al robadizo.

 

          El cielo se veía cada vez más oscuro…

 

          La lluvia arreciaba en las cumbres, fundiendo la nieve…

 

          Este hombre sabía que iba a suceder lo inevitable. Es que apenas quedaban árboles que contuvieran la piedra en las laderas. Los lugareños veían los cúmulo-nimbos ocultando las cumbres andinas y, así mismo, sabían que vendría un nuevo huaico. Y muchos se pusieron a temblar. El viejo explicó a Nanaí lo que estaba en ciernes. Y la niña pensó con rapidez.

 

          Y saltó del vehículo en medio del aguacero.

 

          Y corrió hacia un puente de piedra reconstruido en muchas ocasiones…

 

          Y el carretero salió tras ella pero sólo alcanzó a ver cómo se comunicaba a gritos con el río…

 

          Sobre el puente, cobrando vigor la tormenta, Nanaí le pidió al Rímac que hiciera el favor de no destruir las cosechas ni las casas de aquellas gentes, lo único que tenían. Y lo pidió con tanto amor, al parecer, que alguna energía del universo se desplazó hasta allí, supongo que atraída por otra similar aunque más chiquita, y detuvo la tormenta cuando la creciente ya había entrado en algunas viviendas…

 

          En ese momento, un campesino llamó la atención de Nanaí para preguntarle con sorna si el río le había escuchado. Y la pequeña mujer no entendió al señor. Pero aprovechó para decir al carretero que el Rímac le aseguró que tarde o temprano se tomaría lo que siempre fue suyo…

 

          Poco tiempo después, entraban en la increíble ciudad de Lima. Nanaí se alegró de primeras. Pero enseguida le venció el desasosiego al ver esas casas tan altas, esos ruidos y esos humos, canoas rodantes por todas partes. Y apenas se veían árboles. Y el aire llegaba sucio. Y las personas caminaban demasiado rápidas. Le extrañó mucho que no se miraran ni se hablaran. Le horrorizó ver a muchas gentes pidiendo con cara de lástima, y a otras, muy peripuestas, que no les prestaban atención, niños sin sus padres que vivían en el asfalto, ancianos durmiendo en rincones oscuros de la calle gris, sucia, maloliente, gentes de mirada gacha rebuscándose la vida entre los desperdicios… ¿Sería esta la civilización que se estaba acercando a su comunidad con su fuego y sus bulldozers?…

 

          El carretero les dejó en la dirección indicada por Nanaí, una casucha en el cinturón de miseria de la ciudad.

 

          Y se despidieron al estilo shipibo.

 

          La niña se detuvo ante la puerta con temor de que su hermana no estuviera y tanto esfuerzo no hubiera servido para algo. Porque ¿a quién iba a contar ella lo que estaba sucediendo si no entendían su lengua siquiera?… Únicamente al señor carretero, que aguardaba impaciente el desenlace… Nanaí tocó el amuleto y golpeó tímidamente la puerta. No conocía la cara de su hermana porque marchó de la aldea cuando ella era una niña de pecho. Pero pronto escuchó una voz familiar y al punto vio la expresión de unos bellísimos ojos amazónicos que se iluminaron al oír que unas niñas shipibos pronunciaban su nombre.

 

          La mujer salió y las tres hermanas se abrazaron largamente…

 

          Sólo entonces marchó el carretero, feliz por haber hecho posible aquel encuentro. Y se fue sin hacerse sentir, hablando a los caballos con la voz quebrada: “Cuando usted quiera, viejo Jeremías. Ánimo Isaías, que ya estamos llegando”, dándose cuenta que se le había vuelto a restañar la saliva en la garganta.

 

(continuará)

 

©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 2, junio 2009.

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