Nanaí descubre su verdad (2) (relato)

 

IV 

 

          El viaje discurrió sin más contratiempos.

 

          Hasta que el conductor tuvo que frenar bruscamente para no chocar con una fila de vehículos detenidos en medio del barrizal en que se había convertido la pista. Sucedió en un alto desde el que se divisaba una quebrada, atravesada por un puente roto cuyos hierros se retorcían hasta meterse en el impetuoso torrente del río Huallaga.

 

          Los pasajeros deambulaban sin que nadie les diera una explicación.

 

          Se habían instalado varios puestecitos de comida popular.

 

          Se ofrecían porteadores para cruzar el maltrecho puente.

 

          Pero allí no se veían servidores públicos.

 

          Un buen rato después, el chofer se dignó a comunicar a los pasajeros que debían atravesar el río como pudieran y esperar a que llegase un bus desde el otro lado.

 

          Y nadie protestó.

 

          Las niñas siguieron a sus compañeros de ruta por el lodo.

 

          Hasta que consiguieron el puente.

 

          Nunca habían visto un río con tanto ímpetu. Y esto les llenó de vida. Nanaí estudió el modo de atravesar el amasijo de hierros que había quedado después de que alguien atentase contra el puente. Y para conseguir la valentía necesaria tuvo que recurrir a las palabras de la abuela. Armada de valor, cargó a Canaisa en la espalda, la envolvió y sujetó con la tela, asegurándose de que la niña fuera bien firme, tomó el atado y se aventuró sobre el puente. No tenía otra elección. La muchacha fue agarrándose con una sola mano en cada uno de los hierros que quedaban a su alcance. El río no le daba miedo. Pero los que venían por detrás apuraban demasiado. Sintió entonces toda la responsabilidad del mundo sobre sus piernas, que comenzaron a temblar. Respiró profundamente. Pensó que no podía fallar. Y llegó hasta ella todo el arrojo necesario. Hubo de imaginar que no estaba sola, que le animaban las plantas, las nubes, las lianas, el río mismo, sus pececillos, que parecían mirar desde abajo con un medio susto en las agallas. Nanaí fue ganando seguridad. Tuvo que contornearse para un  lado y otro, agarrando el bulto con la misma mano que se asía al puente, equilibrándose con la otra, trepando, reptando, descolgándose sobre la impetuosa avenida de un río Huallaga en plena forma. Canaisa seguía la acción con los ojos bien abiertos. El tramo más difícil se encontraba a mitad del puente. La estructura metálica se retorcía entonces hasta sumergirse en la bravura del torrente. Nanaí hundió la pierna derecha en el agua y sacó toda la fuerza para tomar impulso y situarse al otro lado. Después trepó al vértice más alto, se descolgó un tramo, luego otro, sacando fuerzas donde no las tenía. Y caminó haciendo equilibrios sobre los hierros, hasta que pudo lanzarse a tierra.

 

          Y consiguió ganarla.

 

          Pero su primer paso fue un traspié.

 

          Que dio con sus cuerpos en el barro.

 

          Y no les había dado tiempo a levantarse cuando una mujer pasó por encima de Nanaí… “¡Sáquense, cholas!”… –les dijo con mucho desprecio. “¡¡Aaaaayyyyyy!!”… La pequeña mujer shipibo soltó un grito, mezcla de dolor y coraje, que hubo de colmar de tristeza e impotencia a los bosques del río Huallaga.

 

          Pero lo que más le dolió no fue el peso que tuvo que soportar sobre la rodilla, o el desprecio que tuvieron por su color y su cultura, sus problemas o su pobreza, sino, más bien, que no las tomaran en cuenta por ser dos niñas.

 

          Chola, chola, chola, se repetía, una vez y otra, buscando un significado a esta voz que se dice sin amor.

 

          Y tantas veces la repitió que al fin se dio cuenta de que ya sabía dos palabras de nuestra civilización: plata y chola.

 

          Y jamás las podrá olvidar…

 

          Las niñas aguardaron más de tres horas a que llegara un bus desde Las Palmas.

 

          En él conocieron a una señora con la piel muy pálida. Llevaba un sinfín de amuletos, en brazos y manos, que consiguieron llamar poderosamente su atención. Es que no eran como las ajorcas hechas con fibras vegetales que lucen las mujeres shipibos, y tampoco estaban adornadas con dientes de animales o huesecillos, o con mostacilla, o con semillas de achira o de pashaco, ni coloreadas con tinturas naturales, sino que brillaban mucho y su color se veía como el de las nubes cuando el sol se va.

 

          Lo cierto es que esta buena señora las trató con mucho respeto.

 

          Lástima que tuviera que apearse en una finca cafetalera próxima. Bien que, antes de marchar, entregase una sonrisa y un billete grande a Nanaí. Y al rato, ya desde abajo, enviara con la mano un beso soplado que llegó hasta las niñas sin problemas.

 

          Y no, tampoco a esta persona la olvidarían.

 

          Poco tiempo les duró lo bueno. La autoridad detuvo nuevamente el bus. Había llegado el turno del Ejército de Tierra. Un pelotón de soldados venía de capturar a dos guerrilleros y se veían muy alterados. Los insultos del oficial envenenaban más que el curare. Nanaí no soltaba la manita de Canaisa y miraba hacia otra parte, hacia cualquier lado. Pero no encontró uno solo que sirviera porque la violencia impregnaba el lugar entero. Canaisa rompió a llorar. Todo era muy extraño. Nanaí no pudo reaccionar. No sabía si agachar la cabeza o salir corriendo. Pero ¿a dónde?… Los prisioneros estaban recibiendo una golpiza delante de todo el mundo. “¡Para que sirva de escarmiento general!”… Aseguraba el capitán mientras les pateaba el rostro…

 

          Después, el oficial se sentó y prosiguió la vaina, que si qué llevas, que si cómo nos colaboras…

 

          Cuando llegó el turno de las niñas, aquel individuo hizo una señal a Nanaí para que mostrara lo que llevaba. Y el billete grande cambió de dueño. “¡Otro, otro!. ¡Muévanse!”…

 

          Las niñas subieron al bus.

 

          Y la mayor de ellas no quiso seguir pensando en algo que le parecía tan injusto.

 

          Después de todo, lo que el señor nunca supo es que la sonrisa de la señora fue lo más importante.

 

          Y ésta no se la pudieron robar…

 

          Nanaí y Canaisa no imaginaban lo que les esperaba. Nunca oyeron hablar de Los Andes. Nadie les había dicho que para llegar hasta Lima había que cruzar esta gran cordillera, cuyas cumbres ya se avistaban en la lejanía, majestuosas, como aguardando un futuro impredecible para ellas.

 

          Entonces subió al bus un señor muy grande, con mucho pelo en la cara, e invadió una buena parte del asiento que correspondía a las niñas, como si no se hubiera dado cuenta de que existieran. Poco después, entraron en un túnel. Y Nanaí sintió que alguien ponía las manos sobre sus rodillas. Y, al poco, esa misma mano se detenía entre sus pechos de mujer pequeña… Cuando cesó la oscuridad, Nanaí buscó los ojos de aquel señor sin encontrarlos, con una extraordinaria ternura. Y fue tan pura su actitud que el hombretón tuvo que retirar su mano, avergonzado. Seguidamente, la niña puso con delicadeza la suya sobre el pecho velludo del hombre. Y la retuvo durante un tiempo. Y, al fin, aquel señor acabó fijándose en el rostro de la muchacha india. Y pudo ver cómo pestañeaban sus ojos cuando retiró su pequeña extremidad, largamente, como quien devuelve algo con mucha gratitud…

 

        Y Nanaí siguió mirando cómo se mueve el mundo más allá de la ventana de una canoa tan veloz.

 

 

 

 V

 

 

          El bus se detuvo, bruscamente, porque un gran árbol yacía atravesado sobre la pista de tierra. El conductor pidió a los pasajeros que abandonaran el vehículo. Nanaí se preguntó por el motivo que habrían tenido para tumbar esa teca centenaria y luego abandonarla en el camino, privándola de seguir siendo útil, que es lo que quiere un árbol. Delincuentes, guerrilleros, narcotraficantes, nadie sabía quién había tumbado aquel palo. La tensión aumentaba. En cualquier momento podían asaltarles en medio de la indefensión más absoluta… Nanaí se acercó al hermoso vegetal. Le miró, le tocó. Y le sintió agonizando. Después, sólo quiso esconderse en cualquier lugar de la selva…

 

          En tanto que el sonido de una cascada les devolvió un poco de alegría.

 

          Y Nanaí fue a su encuentro guiándose por las vibraciones, que aumentaban por momentos. Queriendo escapar de allí, se adentraron en la selva sin tomar en cuenta que estaban alejándose más de lo debido. Hasta que lograron ver un espectacular salto de agua manando de un farallón, entre una vegetación pletórica, de un verde encendido y familiar. Y se metieron bajo el chorro saltando de ilusión. Y danzaron unidas de la mano. Y se empaparon de alegría. Y se zambulló Nanaí, buscando el vientre de algún pececillo para hacerle cosquillas, su pasatiempo favorito. Y jugó a descubrir formas en las nubes tumbada en un piedrón en el centro de una poza que formaba el río entre roquedales cubiertos de musgo. Y jugó a adivinar el árbol que tenía a sus espaldas ayudándose por el sonido del viento en su tronco, en sus ramas, en sus hojas… Por unos largos y dichosos momentos no se acordó de su misión, y siguió lanzándose de cabeza al agua, haciendo numerosas cabriolas sobre su amigo el río…

 

            Hasta que escuchó el llanto quedo de Canaisa y echó a correr hacia la orilla. Fue entonces cuando sintió el olor a vida quemada. Y su primera reacción fue llevarse la mano a la boca. Y la expresión de su rostro pasó de un gran susto al más profundo de los dolores… Las niñas se acurrucaron, se abrazaron, viendo que les rodeaba el fuego, rompieron a toser. El calor pronto se volvió asfixiante. Nanaí no lograba reaccionar. Sufría tanto cuanto era capaz. Canaisa, llorando a pulmón batiente, no dejaba de mirarlo todo.

 

          El fuego estaba allí mismo, junto a ellas.

 

          Pero tuvo que caer muy cerca una gran rama encendida para que Nanaí pasara a la acción y cogiera a su hermana y la llevara hasta un pequeño refugio detrás de la cascada.

 

          Y desde allí, aunque a salvo, sufrieron la tragedia.

 

          Un buen rato después, Nanaí pensó que podía salvar la vida de un arbolillo que se entregaba al fuego en la vera del arroyo. Y en su locura de amor dejó a la niña en el refugio y se lanzó al incendio. Canaisa dejó de llorar y quedó observando el esfuerzo de su hermana… Ayudada de un nenúfar, arrojó agua sobre el pequeño vegetal. De vez en cuando se zambullía un momento, para aguantar el calor, y seguía botando y botando agua sobre el arbolillo en llamas, una y otra vez…

 

          Menos mal que una quebrada pedregosa, próxima al lugar, hizo de cortafuegos y las llamas cedieron pronto.

 

          Entonces, envuelta en humo, Nanaí cayó exhausta junto al pequeño árbol chamuscado. Y quedó abrazada a él.

 

          Todo parecía muerto, el arbolillo también.

 

          El mundo entonces era negro, completamente negro.

 

          Pero Nanaí no se rindió. Colocó el amuleto alrededor del árbol y pidió a sus antepasados que le animaran a vivir…

 

          Y no se sabe si fue por esto o por las lágrimas que derramó junto a él. El caso es que yo mismo pude comprobar unos años más tarde que había brotado allí mismo un tierno renuevo que Nanaí nunca pudo ver.

 

          Y este pequeño brote hizo que aquel paraje volviera a verdear alrededor del árbol ya lozano.

 

          Y quién lo sabe… Con el paso de los siglos puede que aquel bosque llegue a ser casi tan increíble como lo era antes de que dos niñas shipibos tuvieran que llorarle…

 

 

 

VI

 

 

          Con Canaisa en la espalda, con el cuerpo lleno de rasguños, completamente tiznada de negro, llegó Nanaí al lugar del camino donde dejaron el bus.

 

          Pero el bus ya no estaba.

 

          La muchacha reaccionó acordándose del compromiso con su pueblo y echó a caminar con paso ligero. Sin detenerse a establecer culpas ni culpables, caminaron, siempre hacia arriba, hacia la ciudad de Lima, por el camino grande que entonces subía, casi trepaba, las laderas de Los Andes.

 

          Pero enseguida hubieron de ovillarse en el duro ribazo del camino, en ese mismo lugar del universo donde les cayó la noche.

 

          Nanaí no consiguió pegar un ojo.  

 

          Ambas niñas amanecieron tiritando de frío.

 

          Sin más esperas, sin algo que llevarse a la boca, la mayor cargó a la pequeña y arrancó a caminar por la pista, cada vez más pedregosa.

 

          Y caminó y caminó, siempre hacia arriba, deteniéndose a la vera de algún arroyo para beber agua y allí donde reconocían frutos silvestres, que ya escaseaban por el aumento de la altura, con la niña a cuestas, sin quejarse, sin protestar, con la cabeza tan alta como podía…

 

          Terminaron su andadura por la ceja de selva.

 

          Y dieron inicio a las gélidas tierras andinas.

 

          Nanaí no tuvo tiempo de elegir un lugar adecuado donde pernoctar porque sobrevino la oscuridad en un terreno agreste. Ni modo. Se pusieron la cushma, una especie de ponchito de algodón que les cubría hasta los pies, e intentaron dormir abrazadas y envueltas en el petate de la abuela. Pero la noche fue extremadamente fría para dos niñas amazónicas. Y la mayor no pudo conciliar el sueño hasta que llegaron las primeras horas del día siguiente, preocupada de que Canaisa pudiera enfermar.

 

          Pasó la noche, al fin, y un ligero alivio en los pies y las primeras luces de un amanecer brumoso reconfortaron a Nanaí, contenta por haber logrado sobrevivir a las alturas.

 

          Y la muchacha shipibo siguió ascendiendo una cuesta y otra, cada vez más cerca del páramo. Y hubiera querido disfrutar de todos estos paisajes nuevos. Pero el compromiso con su pueblo no se lo permitió. Caminaba resintiéndose de las heridas  en sus pies descalzos, amoratados, agotada la espalda, molidos los huesos de sus piernas. Y aun tuvo que echarse a la cuneta en varias ocasiones para no ser atropelladas.

 

          Y llegó el mediodía y avistaron un curso de agua con lecho de morrillos que hasta el momento discurría por una estrecha cañada, chico pero bravo porque bajaba por una pronunciada pendiente: era un río truchero. Las niñas metieron en él los pies y los sacaron rápidamente, mirándose y riendo, conociendo la sensación del agua fría. Cuando, en éstas, se acercó hasta allí un pescador quechua. Quien dedujo por el aspecto de las niñas que no conocerían su lengua. Y se comunicó con el espíritu. Se dirigió a un lugar resguardado de la orilla de enfrente, preparó un fuego y cocinó todas las truchas que había pescado. Este hombre nunca capturaba más de las que necesitaba para vivir y siempre daba suelta a las pequeñas. Mientras tanto, las niñas aprovecharon para lavarse en un recoveco del río, que ya era su amigo, en compañía de un abetal centenario y de algunos animales que silbaban o cantaban, o ululaban los más rezonglones. Todo era nuevo y familiar a un tiempo. El pescador les ofreció alimento y las niñas lo recibieron con la misma generosidad. Canaisa y Nanaí aliviaron su apetito y aun se llevaron varios pescados sazonados y envueltos en hojas lozanas, amarradas con finos tallos, que el pescador les había preparado. Pensó el hombre que tendrían calorías para varias jornadas.

 

          Y marchó sin aspavientos.

 

          Nanaí y Canaisa continuaron su camino. La pequeña hubo de valerse por sí misma en los terrenos menos hostiles a sus piececillos desnudos. Siempre que pudieron, evitaron los pasos con demasiado pedrisco y tomaron los cortes de tierra o algunos cañoncitos que Nanaí descubría entre los matorrales. Habían superado los tres mil metros de altitud y continuaban ascendiendo. Con perseverancia, como el trabajo de la hormiga, Canaisa y Nanaí se iban acercando a la ciudad de Lima.

 

          Lo que aún no sabían es que aquello que se extendía frente a ellas era un gran páramo helado al que jamás sobrevivirían con sus recursos…

 

          A media tarde de aquel día de principios de invierno, cerca de Huanuco, el freno de una camioneta rompió los silencios del páramo. Y un señor se ofreció a llevarlas hasta Cerro de Pasco. “Lima, Lima” –dijo Nanaí. Y el hombre asintió con la cabeza. “Sí, sí, Lima queda después, súbanse”… Antes, la muchacha miró a los ojos del señor. Y se preguntó si él sería de los justos o de los injustos. Y, al fin, accedió a subir.

 

          Pronto llegaron a un lugar situado a más de cuatro mil metros de altitud, un terreno plano, árido, cubierto de plantas achaparradas, tremendamente frío: una puna andina. Las niñas comenzaron a respirar con cierta dificultad. Sus oídos se taponaron. Pero esto no les impidió reparar en la grandiosa llanura, las montañas blancas en la lontananza, los arbustos y, ocasionalmente, algún rebaño de llamas, vicuñas o alpacas que llamaron fuertemente su atención. Entonces, todo era pampa, como el dosel amazónico visto desde la gran ceiba. Nanaí sintió fascinación por las crestas nevadas de las montañas, que se vislumbraban a través de los vidrios empañados de la camioneta. No había casas, ni árboles, ni personas. Sólo el viento helado dominando el páramo. Allí no vivían más gentes que unos pocos indios empujados por los mistis, sin más recursos que sus pequeños rebaños.

 

          Aunque esto siquiera lo sospechaba Nanaí mientras observaba a dos pastorcillos de cachetes color vino tinto que le pedían algo desde el otro lado de la ventanilla.

 

          Nanaí le hizo saber al conductor que deseaba compartir las truchas con ellos.

 

          Y así lo hicieron.

 

          Y la muchacha se sintió un poquito más grande cuando reiniciaron el viaje…

 

          Este señor les dejó en Cerro de Pasco y marchó a su trabajo de celador nocturno. Llegado el momento de la despedida, Nanaí pensó que esta civilización tenía alguna gente muy buena. Pero aún les quedarían demasiadas horas de camino para llegar hasta Lima. La niña shipibo, venida a mujer de golpe por gajes del destino, sabía que no podrían caminar durante mucho tiempo, que el frío era insoportable, que pronto caería la noche… Y le dolió ver a tantas personas con la cabeza agachada, a los indios quechuas caminando sin ilusión ni esperanza, como si se las hubieran robado. Le recordaron a los hombres y mujeres de su comunidad reunidos bajo el cobertizo. Entonces más que nunca se acordó de la abuela. Y Nanaí empezó a comprender lo que había querido decir la mamá grande con la palabra “humillación”, acudiendo a otro idioma porque en el suyo no existía este concepto.

 

          Y se dio cuenta de que ya conocía tres palabras de nuestra civilización: plata, chola y humillación.

 

           Dejaron atrás la ciudad de Cerro de Pasco. Y ya sólo se adivinaban terrenos yermos en la noche sin luna. Y, muy de cuando en cuando, algún bohío de ischu y adobe.

 

          Bien que una señora, que observó a las niñas caminando por el páramo descalzas, con prendas de tierra caliente, las recogió en su casa cuando caía la noche. Y avivó la lumbre. Y compartió un sancocho de gallina que entonó sus cuerpecillos ateridos. Y quedaron dormidas sobre la mesa, muy cerca una de la otra. Y finalmente la mujer peruana las acostó junto a la chimenea, sobre un colchón de pelo de alpaca. Y las cubrió con un poncho de lana de vicuña, que un día después habría de salvarles la vida.

 

(seguirá)

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 28, mayo 2009.

2 comentarios to “Nanaí descubre su verdad (2) (relato)”

  1. Leido. Voy a por el 3.

  2. Mil vicisitudes.
    Me encanta, me fascina el capitulo donde las manos se posan con distinto grado de intereses.
    Amor sin límites, conocimiento a flor de espíritu de la vida y sus pobladores vegetales, más que del ser humano.
    Gente buena, necesaria, en una aventura que hubiese sido el “fin” desde el comienzo.
    Me gusta, maestro.

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