Nanaí descubre su verdad (1) (relato)

 

   Nanaí observaba el mundo desde lo más alto de una gran ceiba, y en esos momentos era verde, azul y un poquito blanco porque caminaba hacia ella una nube con forma de yacaré. La niña miró hacia abajo y vio que su comunidad estaba reunida bajo el cobertizo de guilla bordón y hojas de palma. Las mujeres y los hombres se veían tristes. Realmente, algo muy penoso estaba sucediendo. La gente había terminado de hablar. Y en ese momento tomaba la palabra el jefe de la Comunidad, su papá, quien se veía triste como ninguno. Sus palabras sonaron rotas. Informó que gentes muy extrañas venían hacia aquí, destruyendo la selva a su paso, en nombre de no sabía cuál civilización. Habló para decir que el Gran Río que lleva todas las culturas se estaba secando, que las compañías petroleras y madereras, las que sacan oro y envenenan los ríos, los colonos que queman la jungla, los que depredan río arriba con redes japonesas, los políticos corruptos y, sobre todo, el silencio de la gente estaban llegando con su fuego y sus bulldozers, destruyendo a su paso la vida. Sin que le temblara la mano, el papá de Nanaí hizo saber que estaba dispuesto a sacrificar su vida si esto lograba llamar la atención sobre el genocidio que se está cometiendo en la Amazonía… El mundo de Nanaí, en aquellos momentos era verde y gris. Y es que estaban llegando oscuros nubarrones desde el lugar en el que vive el Gran Río, Apo Paru, adonde van a desembocar sus mejores sueños… Nanaí, bien sujeta a una rama con las piernas, colocó las manos sobre la frente y llevó la vista hacia donde le contó su papá que terminaba el mundo verde. Y soñó una vez más con llegar hasta allí. Pero entonces sus sentimientos iban más allá de la curiosidad. Tal vez por esto sus papás le llamaron Nanaí, que significa río y dolor y verdad. Después de todo, estas tres palabras eran como tres estrellas que marcaran la ruta que habría de recorrer en la vida, su propio destino.

 

          Y revoloteaban en su cabeza los tres significados como en aquel momento tres mariposas de infinitos y profundos colores…

 

          La niña reparó en que ya estaba declinando el sol. Y todavía tenía que sacar agua del pozo, lavar algo de ropa y ayudar a su mamá a cocinar el chilicano y la mazamorra.

 

          Así que, con unas cuantas maniobras muy ágiles, ssshhhiiúu, fffu, pam, pluc, sslimm, schaum, se plantó en el suelo, cruzó a toda prisa el regato que recorre su lugar, tomó el sendero que une las chacras con la aldea y sólo volvió la cabeza y cedió su paso cuando llegó a la altura del cobertizo donde estaba reunida la comunidad.

 

          Y no fue capaz de atravesarlo sin mirar a los hombres y a las mujeres tristes.

 

          Estando en el pozo la llamó su abuela, sentada a la entrada de su humilde cobijo, levantado con cuatro palos y unas hojas de palma… “¡Nanaí!!”… La anciana enjugó las lágrimas de la niña con los dedos pulgares, acarició su cabello, sus hombros, sus brazos, tomó sus manos y se quedó en sus ojos… Después le explicó lo que estaba sucediendo con su pueblo y la Amazonía… Pero pronto le reconfortó, diciendo que ya había pensado la manera de detener esta locura, una violencia de la que no tenían memoria los shipibos. Y le contó que su pueblo en verdad la necesitaba, que ella, Nanaí, había venido a este mundo para llevar a cabo una misión muy importante…  Por tal y cual, la abuela pidió a la niña que montara en su canoa y navegara hacia el Gran Río Apo Paru. Y que continuara por él, corriente abajo, hasta alcanzar un gran poblado llamado Pucallpa. Allí debía tomar una extraña canoa que se mueve por los senderos y que sólo habría de abandonar en otro poblado aún más grande llamado Lima, donde vive su hermana mayor. Llegado ese momento, tendría que contar lo que estaba sucediendo… Nanaí tomó todo el aire que pudo. No entendía con claridad lo que la abuela quería expresarle, porque sólo tenía trece primaveras, pero estaba dispuesta a lo que fuera necesario para salvar a su padre y a la gente. Así que la abuela, después de un rato de silencio, que sirvió a la niña para hacerse un poco más valiente, volvió a buscar a la persona en sus ojos. Y siguió diciendo, con tono enardecido, que tendría que llevar consigo a su hermanita Canaisa, quien apenas le alcanzaba el ombligo, que era preciso apartarla de la tragedia antes de que ésta llegase… Nanaí hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Fue entonces cuando la abuela sacó el colgante de huesecillos que había pertenecido a sus difuntos más queridos y lo puso en el cuello de la muchacha, asegurando que les protegería, que les haría recordar lo importante que es la familia y la comunidad. Antes de partir, la anciana dio un último consejo a la nieta. Le pidió su palabra de que jamás agacharía la cabeza por nada y por nadie, que nunca se humillaría, que siempre sentiría orgullo de ser una mujer shipibo… Nanaí entendió la intención y aseguró que siempre lo tendría en cuenta. Entonces, la mamá grande entregó a la niña un billete de cien soles, todo lo que había reunido en muchos años, y un pequeño bulto para un largo camino que ella tampoco conocía: dos cushmas y un petate donde dormir.

 

          Nanaí cargó a Canaisa sobre la espalda, ajustó la tela blanca que le sujetaba, la anudó a la altura del pecho y miró a la niña por ver cómo iba. Luego agarró el biberón, el atado y se dirigió a la playita del río donde tenía varada su canoa nuntí…

 

          Cuando la muchacha se despidió de la aldea no se entretuvo en llorar. Se prometió a sí misma que haría todo lo que estuviera en sus manos para llevar a buen término la importante misión. Así que arrojó el bulto a la canoa, sentó a la pequeña en un lugar cómodo de popa y la arropó con la tela blanca. Seguidamente, libró la embarcación de los juncos que la mantenían cautiva y caminó con ella hasta que la profundidad fue suficiente para navegar. Entonces subió a bordo de un salto, tomó el remo wintí y fue sorteando los cañaverales…

 

          Hasta que lograron entrar en el río que habría de llevarles hacia el gran Ucayali, el Apo Paru donde desembocaban los mejores sueños de su infancia…

 

 

 

II

 

 

          El arroyo de su comunidad, que iba anchándose por momentos, les fue llevando plácidamente…

 

          Nanaí se ocupaba en hacer leves correcciones de rumbo para que la canoa nuntí no se fuera a las orillas, sirviéndose del pequeño wintí…

 

          Por última vez miró hacia atrás y dijo adiós en su lengua shipibo… “¡Cabano!”.

 

          El cielo se estaba cubriendo de grandes y negros nubarrones…

 

          Pero a partir de entonces sólo quiso mirar al frente, hacia la gran aldea a la que llaman Lima, más allá del Gran Río donde imaginaba que el mundo tocaba su fin.

 

          La niña Canaisa seguía los acontecimientos con los ojos bien abiertos, sin mover  un poco su pequeño cuerpo.

 

          Cuando comenzó a llover, Nanaí sabía que lo haría pertinazmente. Y cubrió con dos grandes hojas de banano a la niña. Pero no pensó en acercarse a la orilla para protegerse de la tormenta. Ella, en este trance, sólo deseaba dirigirse hacia delante… El caudal del arroyo aumentaba por momentos. La muchacha hubo de echar mano de su fuerza y su serenidad como nunca antes. Y comenzó a meterse el agua en la canoa. Y tuvo que soltar el remo wintí para achicarla en varias ocasiones, allá donde el río transcurría menos agitadamente. Las niñas mantenían el equilibrio a duras penas. Nanaí decidió no reparar en el peligro y continuó con su misión. Su espíritu se sentía grande. Sin duda, por el inmenso coraje que necesitaba para dirigirse hasta el fin del mundo.

 

          Con la caída de la tarde llegaron al imponente Ucayali. La atmósfera estaba en calma. Nanaí no perdió los nervios y se dejó llevar por su sexto sentido a la hora de elegir la mejor corriente, que atrajo la canoa hacia el interior de un Apo Paru que apareció ante ella mucho más grande de lo que siempre imaginó. Poco a poco el curso de agua que trae la vida a su comunidad fue diluyéndose en el Gran Río, haciéndolo aún más importante, más sabio. Su sueño infantil se estaba haciendo realidad. Pero, desde luego, nunca imaginó que lograría cumplirlo en una ocasión tan crítica para su pueblo. La muchacha se aproximó a la orilla, donde las corrientes eran más amables… Y así pudo comprobar que no se acababa el mundo. Sino que continuaba azul, verde y apenas blanco y colorado porque se alejaban unas nubes, rechonchas como guayabas, sonrosadas por un sol que ya se iba hacia el otro lado de la vida…

 

          La niña shipibo creyó necesario buscar un refugio donde pasar la noche.

 

          Y se hizo con la orilla.

 

          Varó la canoa entre los juncos y se adentraron unos metros en la espesura de la jungla, para no tener que estar toda la noche peleando con unos zancudos que parecían aves más que insectos.

 

          Pronto vieron una cocamera, junto a un jaimital en flor, y se acercaron a preguntar. Pero aquello se veía despoblado, abandonado. La vieja vivienda, tal vez una antigua escuela, había sido devuelta a la naturaleza. Nanaí pensó que la techumbre de paja aguantaría otra tormenta y se recogieron en el fondo, no sin haber puesto al aire la ropa mojada.

 

          La pequeña mujer peló dos chapodes maduros para Canaisa, que la miraba con una mezcla de asombro y admiración, al tiempo que pensaba en la enorme responsabilidad de cuidar bien de la pequeña, sola, en tierras extrañas, mientras inventaba un cuenco con una hoja grande y aprovechaba una gotera para recoger agua y dársela a la pequeña, que estaba quedándose dormida, agotada por tantas emociones.

 

          La oscuridad pronto se hizo absoluta.

 

          Nanaí intentó adivinar los sonidos de la noche y se asustó bastante.

 

          Así que intentó dormir.

 

          Acarició el collar de sus antepasados.

 

          Y se sintió aliviada, segura, cerca de los suyos.

 

          La mañana las encontró embelesadas con los sonidos de la naturaleza, dejándose llevar al amor de la corriente. Canaisa se veía feliz allí atrás. Nanaí sintiéndose importante, miraba hacia el frente y patroneaba la pequeña embarcación. 

 

          Cerca de la ribera el poderoso Ucayali se movía tranquilo antes de unirse al Marañón para formar el gran Amazonas.

 

          Cuando, de improviso, un barco de pasajeros llegó surcando el río demasiado cerca de la canoa, formando una ola que estuvo a punto de volcarla. Las dos niñas consiguieron asustarse de verdad. Jamás habían visto algo parecido sobre el agua. Personas desconocidas y extrañas agitaban sus manos de un lado hacia otro, como queriendo comunicarles algo. Nanaí no entendía aquellos gestos pero hizo lo mismo cuando consiguió reponerse del susto. Y también la pequeña Canaisa, que entonces mostraba su primera sonrisa viajera, como si disfrutase de la aventura.

         

          Aquella misma mañana llegaron a Pucallpa. Nunca habían visto tantas embarcaciones juntas. Se quedaron maravilladas con las barcazas detenidas en el inmenso río, utilizadas como puestos de abastecimiento o como viviendas para regatones y pescadores, con las “chatas” para pasajeros, con varios mercantes que hacen la ruta entre Pucallpa y Belem y, cómo no, con los populares “pequepeques”. Y vieron numerosas canoas de todos los tamaños, incluso pequeñas nuntís de moena o catalma, como la suya. Y se tomaron un tiempo en cruzar la bocana del puerto, antes de atracar en un pequeño muelle donde vieron algunas barcas amarradas.

 

          Nanaí intentó hablar con la gente pero nadie entendía su lengua. Había personas con diferentes tonos de piel pero no supieron a quién confiar su nuntí. Hasta que un señor mayor, medio afro medio indio, adivinó su inquietud y ayudó a las niñas a arrimar la canoa. Y aun les tendió una maroma que él mismo ató y aseguró en el amarradero.

 

          Finalmente, aquel señor expresó que podían marchar tranquilas, con gestos muy claros.

 

          Y Nanaí confió plenamente en él.

 

 

 

III

 

 

          Diciendo suavemente “Lima, Lima, Lima”, consiguieron que alguien les indicara el terminal de buses que se dirigen a la capital del Perú. Nanaí, siguiendo una advertencia de la abuela, sacó su billete de cien soles solamente cuando estuvo frente al señor que despachaba los pasajes. Aun así, se le acercó un joven que había visto cómo guardaba los vueltos en el petate y le dijo: “¡Deme la plata, chola de mierda, vamos, vamos!”… La muchacha esperó a ver lo que sucedía. Pero el ladrón no se detuvo hasta que encontró todo el dinero que llevaban.

 

          Nanaí quedó de piedra, sin capacidad de reacción, confusa, preocupada.

 

          Y no tanto por la plata.

 

          Sino por la cara que puso el joven cuando pronunció la palabra “chola”.

 

          Y ella, claro está, no entendió su significado.

 

          Pero sí la falta de amor con que lo dijo.

 

          Entonces, se acordó de la palabra que dio a su abuela.

 

          Y no agachó la cabeza.

 

          El bus comenzó a moverse. Y se agitó el corazón de las niñas. Pero fueron tranquilizándose al ver que nadie se inmutaba. Todo era distinto, las personas, los animales, las canoas rodantes… Y lo que más llamó la atención de las niñas fueron unos bichos flacos que montaba la gente y hacían ring ring. Y otras cosas, allí arriba en el mundo azul, que los muchachos no dejaban que se las llevara el viento. Y es que tenían unos colores muy llamativos. Hacían pla pla pla pla pla en el aire. Nanaí pensó que serían mágicas.

 

          En el primer alto del camino subió al bus una humitera con un cesto de fritangas que ofreció entre los pasajeros. Y los ojos de las niñas se fueron hacia las papas rellenas. Al rato, viendo que no entendían, que estaban solas, que nadie había en el bus con aspecto de papá o mamá amazónicos, la casera abrió la canasta y repartió lo que quedaba entre las niñas.

 

          Y aún fue más generosa su sonrisa.

 

          De esta manera, Nanaí y Canaisa pudieron ver que más allá del Apo Paru hay gente buena.

 

          El viaje de las niñas había transcurrido por la Baja Amazonía. Hasta que llegaron a la ceja de selva. Donde la exuberante vegetación remonta las estribaciones de la cordillera de Los Andes. Y vieron que este mundo no era plano. Y quedaron fascinadas con las cascadas de agua, con las lianas y los bejucos, con una vegetación bellísima que, trepando por los cerros, llevaba la vida a cualquier parte…

 

          Cuando unos policías detuvieron el bus.

 

          Y descendieron todos los ocupantes excepto las niñas, que no entendían lo que sucedía. Hasta que uno de los “servidores públicos” las sacó a empellones. Seguidamente, colocaron a todos en una fila y llegó un señor, aún más gordo que los demás, se sentó en una silla y fue hablando, uno por uno, con todos los pasajeros. Y a Nanaí le extrañó mucho que tantas personas delgadas dieran de lo suyo a otra que ya estaba muy gorda. Así que, cuando le llegó el turno, la niña shipibo dio a entender al policía que no tenían con qué colaborarle. Y el oficial la despojó del amuleto de sus antepasados. Y la pequeña mujer, llena de orgullo y coraje, volvió a arrebatárselo con un movimiento casi felino. Y aquel tipo, perplejo en un principio, no opuso resistencia y explotó a reír, socarronamente.

 

          Pero Nanaí se acordó de la abuela y no agachó la cabeza.

 

          Las niñas subieron al bus y continuaron su viaje.

 

          La pequeña mujer intentó encontrar una explicación lógica para lo que acababa de suceder…

 

          Y no consiguió entender por qué aquel señor gordo nunca daba algo a cambio…

 

          Saltos de agua, árboles grandiosos, plantas de fantasía, flores de todos los colores: las niñas volvieron a su mundo. El bus saltaba por la pista de tierra colorada. Canaisa se agarraba al hierro que tenía enfrente como si en ello le fuera la fe, sin perderse un instante el espectáculo de la naturaleza, desde la ventana de una canoa extraordinariamente veloz…

 

          Y no pasó mucho tiempo hasta que la Marina detuvo el bus.

 

          Y los pasajeros guardaron la fila para dar algo a otro señor.

 

          Y tampoco éste devolvió siquiera una sonrisa.

 

          Nadie se atrevió a murmurar.

 

          Era la fila del silencio.

 

          Nanaí conoció entonces lo que significa la libertad…

 

          Poco tiempo después, el señor se levantó de la silla. Y un hombre, más delgado, ocupó su lugar. El marinero y la niña se miraron a los ojos, sin decir palabra. El joven rompió su timidez y le preguntó si deseaba colaborar con la institución. Y la pequeña mujer shipibo, con los ojos humedecidos, le dio su atado de ropa. Y él, que dio valor a su integridad y a su aparente pobreza, devolvió a Nanaí lo suyo. Avergonzado, sacó de la gaveta dos hermosas naranjas y se las ofreció a las niñas. A continuación se levantó y se fue alejando de allí con pesadumbre, a la vez que indicaba a los pasajeros que subieran al bus. Nanaí sintió algo muy especial en ese momento, algo parecido a esas ocasiones en que se ha quedado sin disfrutar algo por dárselo a otra persona, cayendo en cuenta de que así lo disfrutaba doblemente.

 

          Y todo su ser se trasladó a la aldea en aquel momento.

 

          Todo, menos sus ojos.

 

          Que iban saltando de liana en liana, de planta en planta, de cascada en cascada, como el bus por el camino…

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 24, mayo 2009.

4 comentarios to “Nanaí descubre su verdad (1) (relato)”

  1. Saludos Iñaki, precioso relato, y lo mejor, encontrar la bondad y esperanza en medio de la gran pobreza y la corrupción, te hace creer que existe, que está ahí, como un oasis esperando a que entres en él. Enhorabuena
    Saludos.

  2. No quiero pero debo parar aquí. Mañana la segunda parte.

    Un abrazo.

  3. Tremenda aventura la de esta cría.
    Valerosa en pos de una esperanza de paz.
    Me he salpicado con el agua que la mecía a modo de nana.
    Me he escandalizado de “la mordida”, creyente de la libertad, veo con pavor cuantos enemigos por más que el tiempo transcurra se afianzan y nada avanza.
    Valerosa Nanai, quedo me con sus ojos, los imagino abiertos ante lo increíble, lo nuevo y la capacidad de entender que nada acaba en las fronteras naturales, si no más naturaleza, manejada, eso sí, por el hombre.
    Tremenda alegría de saber que hay aun: “solidaridad”

  4. Que lindo relato… hace mucho que no tenia tiempo de visitar por aqui, pero voy por las demas partes del mismo

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