A los Dioses antigüos y al niño Dios (relato)

 

       

 

          Está toda vieja.

 

          Y abandonada.

 

          Han pasado diez años desde aquel trágico día en que quedó sola.

 

          Y ya no aguanta más.

 

          La señora Aura, la india atiteca que trabajó más que cien mulas durante una vida entera, que supo enfrentar con entereza todos los problemas del mundo, que habló con cada uno de los Dioses de la región de Sololá y se enfrentó a una carencia de amor a la que llaman diablo, ha envejecido, zas, de golpe.

 

          Y sabe que está dando la postrera puntada a su último tapiz.

 

          Le ha quedado horrible.

 

          Los vecinos de Santiago de Atitlán la respetan y admiran.

 

          Pero va a tener que morirse para que, además, empiecen a quererla.

 

          El sol de febrero comienza a posarse sobre la techumbre de paja y caña brava. Ya es tiempo. El pequeño barco que trae turistas a este remoto lugar de Guatemala está por llegar. Y si no vende el tapiz, no come. Bueno, así sería si Juan Sisay, excelente pintor y mejor persona, compadre de su hija y su yerno, no se hubiera convertido en la discreta sombra de su gran espíritu y su pequeño estómago… Las mujeres tejedoras, quienes aguardan el barquito en la orilla del lago más azul del mundo, junto a la pequeña playa que sigue al fondeadero, adonde acuden las muchachas para acarrear agua y ellas a lavar, ven llegar a la señora Aura y, a una con la primera, todas le ceden el lugar más próximo a la ribera, a sabiendas de que el turista, deslumbrado por la hechura y el colorido de los tapices, acostumbra a comprar a la primera mujer que le sale al paso. Aura lo agradece pero no acepta. Y ocupa el lugar que corresponde a la última que ha llegado… Esta persona grande aún no ha conseguido la habilidad necesaria para sentarse con su nuevo bastón y su reciente cuerpo de anciana prematura. Así que extiende su tapiz sobre la hierba y aguarda en pie… Las demás mujeres aprovechan para observarlo cuando ella no se da cuenta… Lo que no es difícil porque también la vista le ha abandonado de golpe. Y es que, hasta hace poco tiempo, esos ojos pequeños, rasgados, dulces, lacrimosos, bien personales, que albergan toda la sabiduría y entereza de una mujer sabia y entera, alcanzaban a distinguir un águila de un zopilote sobre el volcán de Santiago.

 

          El barquito atraca en el pequeño embarcadero.

 

          Las cámaras digitales irrumpen en un lugar que si no fuera por la iglesia y los cafetales apenas habría cambiado desde aquella vez, hace casi quinientos años, en que aparecieron unos hombres vestidos de fierro.

 

          Todos los turistas han pasado junto a la señora Aura. Todos han visto su tapiz. Y nadie lo ha comprado. Pero alguien se ha fijado en sus ojos y en su pobreza y le ha puesto un billete sobre la mano… Aura le mira. Es pelirrojo, gordito, colocho… Y da un vuelco su corazón, creyendo por un instante que su yerno ha regresado. Pero no. Ni su yerno ni su hija ni su nieto han llegado tampoco en este barquito.

 

          La vida se le rompe.

 

          Diez años esperando.

 

          Y está perdiendo su fe.

 

          Hace un mes que Juan Sisay envió unas letras a los Estados Unidos: “Compadres, estuviera bueno que se regresaran. La mamá de ustedes se muere de pena”.

 

          Desde entonces no ha habido una respuesta.

 

          El barco se va.

 

          Y Aura regresa a la cabaña, con su peor tapiz.

 

         Esta mujer vive rememorando aquellos días. En realidad, es más que eso: su memoria es la memoria misma de Santiago de Atitlán, algo que le dice que no muera hasta mañana. Y recuerda… Su vida prosiguió tranquila cuando el ejército guatemalteco abandonó Santiago. Su única preocupación entonces consistía en ver bien casada a la hija que había tenido el matrimonio luego de veinte años. La muchacha poseía una extraña belleza, entre oriental y occidental, una hermosura de cuento que cautivaba a cuantos hombres la miraban, y cuya fama había traspasado los límites de Sololá… Pero en el otro lado del patio vivía un joven de cuerpo enjuto y mirada torva, que siempre caminaba cabizbajo, y que nunca dejaba de asediar a la hija de Aura, dentro y fuera de la casa. Realmente, el morboso enamoramiento comenzó a ser un problema para todos… Hasta que una tarde de Agosto, Aura lo recuerda con claridad, llegó en el barquito un gringo no muy alto, tantito grueso, con el pelo rizado y colorado. Rondaría los treinta. Él es chicano y vivía entonces en Nuevo México, en los Estados Unidos. Al parecer, viajaba en busca de algún paraíso perdido. Aura y su hija pronto repararon en aquel tipo. No era guapo ni tenía plata pero el norteamericano conquistó a la patoja con su alegría. Y aunque su plan pasaba por permanecer un par de horas en el lugar, acabó quedándose todo el mes, encontrando alojamiento en la casa de quien llegaría a ser su buen amigo, Juan Sisay… Bien, pues a pesar del breve espacio de tiempo y de las pocas ocasiones en que pudieron cruzarse alguna frase en español, surgió entre el hombre y la mujer un poderoso sentimiento de amor… El chicano prometió que regresaría. Y lo hizo seis meses más tarde. Pero, esta vez, con la intención de llevarse a su prometida a los Estados Unidos… Aura no puso malas caras ni demasiadas objeciones. En lo que a ella toca, el carisma del norteamericano pudo más que la anciana costumbre de malmirar a quien se desposa con personas de otra parte. Pero con el papá no fue tan sencillo, bien que acabó cediendo de mala gana ante los ruegos de su esposa y las esperanzas de felicidad para su hija… Pero cuál no sería la sorpresa de estos padres cuando, un mes más tarde, regresaban su hija y su yerno con la intención de vivir en Santiago de Atitlán. Aura y su marido, muy alegres, tan colaboradores, cedieron su casa al joven matrimonio, luego que construyeran otra más chiquita junto a ella… Y pronto nació el primer güiro, dos años después. Aura lo tiene en mente. Era un niño sano, con la tez morena y los rasgos finos de la madre y el cabello rojo y rizado de su padre. Era la alegría de la familia… Así que casi todo marchaba viento en popa… Y a estos días siguieron otros de buena estrella… Hasta que el vecino de mirada torva, obstruido por sus celos y prejuicios, quien había intentado separar a la pareja con más de un ardid, comenzó a verse con el brujo de Santiago de Atitlán… Y así fue que la hija de Aura dejó de hablar, de comer, y a duras penas pudo mantenerse viva, gracias a las comidas líquidas que su madre le daba. Y, más pronto que tarde, dejó de atender a su hijo. Y, de últimas, ya no quería ni levantarse de la cama. Y en sus continuos delirios no paraba de ver diablos e imágenes espantosas. Sin duda, estaba hechizada… Pero su madre no se entregó. Sus energías daban para atender a la hija, al nieto, al yerno, al marido, las dos casas, bordaba, acarreaba agua y leña y, de cuando en cuando, ayudaba en las tareas del campo… Pero aquel verano todos los atitecos consiguieron una buena cosecha de maíz excepto esta familia. Su milpa daba coraje. El ralo sembradío sólo alcanzó un metro de altura y no dio un solo choclo. Las plantas de café se secaron también. Y, si ello no bastara, el padre comenzó a dilapidar los escasos ahorros en alcohol, convencido de que los Dioses le habían dado la espalda por consentir el casamiento. Y la muchacha iba de mal en peor. Y el niño crecía sin madre. Los vecinos comentaban que el marido de Aura sólo andaba en puro tomar. Cada noche le avisaban cuando su indio yacía en el suelo y, a pesar de ello, seguía bebiendo, maldiciendo al brujo, a la madre que lo trajo y a los mismísimos Dioses antiguos de los mayas. Y juraba el viejo indio que algún día correría la sangre… La señora Aura, impotente, acudía a recogerle cada noche y, siempre sin ayuda, le cargaba de un brazo y, medio arrastrándole, terminaba acostándole con ternura en el lecho. La gente de Santiago tenía a la mujer, por éstas y otras cosas, en un gran respeto… No, la señora Aura no se rindió. Recorrió a lomos de un asno todos los pueblos y caseríos del lago, buscando curanderos y deshechizadores… Pero ninguno pudo con el maleficio. Desde luego, lo que fuera iba más allá de un espanto o un simple mal de ojo. A pesar de todo, cada mañana llevaba alguna flor a la Virgencita huera y al niño Dios, y continuó degollando a sus mejores gallinas ponedoras, y siguió vertiendo su sangre en la sagrada tierra de la milpa para que volviera a dar frutos, y subió hasta el volcán de Santiago para pedir por su familia al Dios del Fuego, y quemó resina del sagrado árbol del copal, y alzó su incienso sobre la hija para exorcizar el espíritu maligno, y pidió al cedro y, sobre Todos, pidió a la ceiba, la que con la noche se vuelve mujer y sabe escuchar las penas de los humanos.  Pero los meses pasaron. Y nada cambió… Desesperada, en su última tentativa, desnuda en el lago con los brazos en alto, a la señora Aura se le oyó pidiendo a los Dioses que habitan bajo el agua que se la llevasen sólo a ella…

 

          Y, sin llamarlo, le llega su peor recuerdo…

 

          Me refiero a una noche de luna menguante. Cuando el viejo indio, su marido, salió a tomar con el machete recién afilado bajo el brazo. Llegó a la taberna. Pidió una botella de aguardiente de maíz. Y luego, otra. Y, envalentonado, comenzó a gritar a los cuatro vientos que acabaría con el brujo y su mejor cliente. Aunque ya nadie le creía…

 

          Pero aquella noche le vieron pagar los tragos y salir por su propio pie empuñando el machete.

 

          Y cundió la alarma.

 

          Aura le imagina dirigiéndose con paso decidido hacia la casa del brujo.

 

          Alguien avisó a los de la ronda.

 

          Un perro se cruzó en su camino y terminó aullando con el rabo entre las patas.

 

          Varias personas le hicieron paso por el centro de la calle principal.

 

          La gente de Santiago que pudo verle desde las ventanas o los balcones comentaba la determinación de este hombre, así, en voz bajita, como no queriendo romper un silencio que ya era cómplice, que le instigaba a un final implacable, impredecible, impostergable…

 

          El viejo indio continuaba su andadura con paso resuelto.

 

          Los de la ronda le pisaban los talones.

 

          Demasiado tarde…

 

          El indignado campesino halló entreabierta la puerta de la cabaña del hechicero. Y, ayudado por la luz tenue de un extraño velador, alcanzó a distinguir al hombre sobre la cama, yaciendo dormido… La tétrica imagen casi le hace desistir… Pero su rabia aún pudo más… Y, con dos machetazos limpios, segó la cabeza del malefactor… Y aún le sobró coraje para desbaratar cachivaches, volcar pócimas y destruir todo lo que encontró a su paso.

 

          El marido de Aura salió de la cabaña, atolondradamente.

 

          Y enfiló hacia la casa del vecino de mirada torva.

 

          Los de la ronda siguieron tras él.

 

          En aquellos momentos, Aura estaba como ahora, vigilante en el patio, en los umbrales de la casa de sus hijos, envuelta en el rebozo que ella misma había tejido, como queriendo interponerse entre la muchacha y el vecino. Con demasiada frecuencia se martiriza pensando que debió haber prestado mayor atención a su presentimiento. Sabía, intuía que algo trágico iba a suceder aquella noche… Así, cuando su marido irrumpió en el patio y entró en la pequeña pieza del vecino, no alcanzó a distinguirle en la penumbra pero ya le había adivinado. Y vuelven, una y otra vez, esas imágenes que la hieren en lo más profundo, mortificándola, sangrándola. Y se cuestiona, una vez más, si tenía que haber actuado inmediatamente o si hizo bien dejando que se hiciera justicia. (Quizá ésta fuera la respuesta de los Dioses a sus rogativas y, tal vez, pidieran sangre)… “Pero, ¡ay, Virgencita!, ¿por qué sangre inocente?”. Cuando su hombre levantó la mano contra el joven, quiso el destino que éste se revolviera, y pelearan, y pelearan, y “¡ay, mi Dios!”, exclama Aura, otra vez, cuando recuerda la mirada de su hombre, de amor, de dolor, de satisfacción por haber sido valiente para ella, para sus hijos. Le ve, le está viendo, con las manos pringadas de sangre, con su propio machete clavado en el vientre… Y de este modo se despedía el viejo indio de la vida y de su esposa, caminando hacia las aguas del lago, el lugar que eligió para morir…

 

          Los de la ronda no llegaron a tiempo para salvarle.

 

          El joven de mirada torva huyó. Pero nadie sabe adónde.

 

          La hija de Aura fue retornando, poco a poco, a la normalidad.

 

          El niño mestizo siguió creciendo sano.

 

          Pero a su yerno, el chicano, todo aquello acabó por desbordarle.

 

          Y terminaron por hacer las maletas para intentar una vida algo más libre en los Estados Unidos.

 

          Así fue que la señora Aura quedó sola.

 

          Pero nunca buscó acelerar su muerte.

 

          De ningún modo, no. De haber sido así, ¿quién hubiera pedido a los Dioses antiguos y al niño Dios respeto y dignidad para su familia durante estos largos años?, ¿quién hubiera velado a su indio?, ¿quién le hubiera llevado flores, frutos, cada vez que su espíritu vino a  reunirse con los vivos en la noche de difuntos?… No, ni pensar, a la señora Aura todavía la necesitaban por aquellos entonces…

 

          Y llega otro día.

 

          Y, como cada tarde, Aura se acerca hasta la orilla del lago. Se sienta en el último lugar. Y aguarda… Lo cierto es que en todo este tiempo nunca intentó competir con las más jóvenes. Si hubiera alcanzado a ver con detalle su tapiz, siquiera lo habría puesto a la venta. Esta mujer sólo acude aquí con una minúscula esperanza, una que la mantiene minúsculamente viva: volver a ver a su hija y a su nieto, y también a su yerno regordito, colocho, pelirrojo. Se pregunta como serán ahora… Y no consigue imaginar sus rostros, menos aún el del patojillo… Piensa que ya habrá cumplido los doce… O puede que tenga trece…

 

          Ya perdió la cuenta.

 

          Y también la esperanza.

 

          Y esta mujer se apaga…

 

          Primeros de Abril.

 

          Pronto llegarán las lluvias.

 

          Un día de estos dejará de atracar el pequeño barco.

 

          Hasta que el invierno ceda.

 

          Aunque la tarde es apacible, la señora Aura siente frío.

 

          Y se acuesta sobre la grama. Y se acurruca bajo el tapiz.

 

          Así, dulcemente, piensa en reunirse con los indios antiguos, llega a desearlo por primera vez, con su marido, con la madre Tierra… Sí, mejor así, sin miedos, nunca los tuvo, sin amarguras. Bien abrigadita, recrea por última vez los rostros y las expresiones de cada uno de los Dioses. Anhela saber cómo la van a recibir, si será del agrado de Ellos…

 

          Y cree que sí.

 

          Su último recuerdo es para La Ceiba, quien de noche se convierte en mujer y sabe escuchar.

 

          Así, suavito, suavito, esta persona buena cierra los ojos.

 

          Y se deja morir…

 

          Lo que Aura no llegó a saber es que esa misma tarde su nieto y sus hijos llegaron desde muy lejos para decirle adiós, en el último barquito.

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “La costilla de Eva”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 10, mayo 2009.

3 comentarios to “A los Dioses antigüos y al niño Dios (relato)”

  1. Querido maestro, ruego me perdone pero no dispongo de tiempo.
    En breve aqui me tiene.
    Rafa

    • Te leo de nuevo.

      Debió ser tremendo creer en Cristo y en los “viejos dioses”.
      Dando cada uno, solución de fe a cada episodio del hombre.
      Contrastes intolerantes por disparejos.
      ¿Todavía hoy coexisten religiones tan dispares en América?, le pregunte a mi viejo tutor-años 70-.
      Me respondió: no solo coexisten, luchan encarnizadamente por hacerse un hueco, por suponer mayoría y por tanto “la verdad”, la fe a seguir.
      ¿Es cierto aun hoy?
      ¿Quién gano?
      ¿Hay una tercera vía?

  2. me llegó al fondo del corazón, termine con dos lágrimas, lo viví, sobre todo que este año fui a Santiago y vi a una viejecita besando la mano de un amigo chileno en agradecimiento pues le compró una bolsita de manías

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