¡Hola mamasita, ya regresé con el agua! (relato)

     La desvencijada camioneta, atestada de gente, de bultos, de animales, adornada con guirnaldas, santos, cristos, vírgenes, luces de colores, con fotos de hueritas gringas en bikini, de beisbolistas y carros de competencia, ha descendido la meseta donde vive San Salvador y aprieta hacia las llanuras aledañas con el océano Pacífico. Marta observa a través de la ventanilla. Pero no alcanza a distinguir los volcanes, ocultos tras una neblina que comienza a teñirse de rojo. Y recuerda que no siempre pudo disfrutar de un atardecer en el Cerro Guazapa. Bruscamente, toma conciencia de que se acerca al lugar donde nació. Se cala la gorra. Suele hacerlo cuando intenta ocultar una impresión fuerte. Desparrama su cuerpo sobre el asiento. Y repara en que siempre le ocurre lo mismo, que nunca logra hacerse a un sentimiento hasta que se topa con él. Pero sí, ahora es verdad. Marta regresa a casa después de haber estado en la guerrilla salvadoreña durante trece años. Y piensa que al fin podrá abrazar a su mamá, a unos hermanos que quizá no logre reconocer, y puede que también a alguno de los medio novios que la rondaron. Esta mujer necesita respirar profundamente, relajarse. De no ser así, va a tener que ganar su espacio a codazos… El bus se detiene en un cruce. Y unos cuantos hombres se dirigen a orinar. Antes, han de vérselas con una avalancha de niños con galletas, cañas dulces, bananos, mangos y piñas, y con alguna que otra vendedora de pupusas de queso, de frijoles, de carne molida… Marta escucha sin mirar el discurso de uno de los chicos. Pero la voz se va perdiendo en algún lugar de su mente, ocupada en diversos recuerdos cuyo protagonista es Fredy, el guerrillero que inspiró en ella los ideales de una revolución popular, el hombre que se empeñó en amarla… Y, como cada jornada, llega el momento en que acude a su memoria, atormentada, el soldado a quien tuvo que matar. Sabe que podía haber sido su hermano. Siente que, de algún modo, lo era. Sucedió el tercer día de combates, allá en el Cerro Guazapa. De esta guisa, en la jornada siguiente, Marta hubo de pedir a su sargento que le destinara en la cocina, en la sastrería, en la escuela, donde fuera. Y nunca más tuvo que empuñar el fusil para matar. Ella, hoy, como el resto de sus compañeros, está convencida de que los terratenientes, los burgueses y los políticos de El Salvador enfrentaron al pueblo contra el pueblo… Y bajan los últimos niños, bajan las caseritas con sus pupusas. Y la camioneta continúa su camino hacia Santa Rosa… Firmada la paz, consumada su juventud, esta mujer trabajó durante varios años en las oficinas del FMLN, reconvertido en partido político, para que sus compas pudieran tener papeles y una existencia que vivir… Y regresa, al fin, en vísperas de la Navidad. Y no ha de ser tarea fácil… La camioneta se desliza entre haciendas de caña y algodón… Porque estas fechas siempre la trasladan hasta la fila larga donde aguardaba el regalo del párroco con su madre y sus hermanos mayores, hacia un largo desencanto cada vez que a ellos se le negaba por no asistir a la misa de los domingos. (Bien sabía el cura que tenían que enfrentarse a hora y media de camino). Por eso, la Navidad siempre fue algo triste para ella. Pese a todo, Monseñor Romero, el padre Ellacuría y otros que arrimaron el hombro por su país, lograron amortiguar este pequeño resentimiento… Marta desciende de la camioneta. Y toma una vereda que conduce al caserío donde nació… Ya distingue el ranchito de su familia… Y, a medio camino, se detiene a buscar en el interior del macuto algo que ofrecer, lo que fuera. En estos momentos, nada le hubiera hecho más feliz que llevar algún presente a sus hermanos, a sus papás… Un pantalón negro de guerrillera, una camiseta de camuflaje raída, un pañuelo encarnado, otro en el que se lee “Ejército Nacional para la Democracia” y dos fotografías junto a Fredy, completan todo su equipaje. En una de ellas, posan sus compañeros más queridos. En la otra, se ve a solas con él. Y lleva una nota en el reverso que lee por enésima vez: “Marta, si muero en combate, quiero que rompas esta foto en mil pedacitos y los arrojes al viento, sobre una tierra nunca regada con la sangre de un salvadoreño muerto por un país más justo”… Y esta mujer levanta la cabeza y mira a su alrededor. Los chanchos ya son otros chanchos; los terneros, vacas; son distintos los chuchos, pero igual de apaleados; el ceibo, el viejo ceibo; la hacienda del patrón; la gente, que la mira sin reconocerla… Y piensa que, en realidad, lo único que ha cambiado en su pueblo es la piel, trece años más cansada… Y, ahorita mismo, se detiene junto a un manantial. Hurga entre los matorrales. Y saca un huacal. (Allí estaba, después de tanto tiempo). Y lo deja rebosante, como antaño. Se coloca sobre la cabeza los pañuelos de guerrillera, unidos y enroscados. Y dispone allí el recipiente, con la misma destreza que entonces. Calcula que su madre estará terminando de asearse en la orilla del río, después de haber lavado la montaña de ropa diaria. Y atraviesa el puente. Y toma la trocha que conduce hasta la exigua corriente. Y, en el recodo de siempre, adivina la figura de la mujer que la trajo al mundo. Se detiene a contemplarla, a saborear el momento. Está agachada, con la pollera levantada hasta las rodillas y su imponente melena negra penetrando en el cauce, con los pechos al descubierto, los mismos que entonces hicieran detenerse a los hombres en lo alto del puente. Camina unos pasos hasta situarse detrás de su madre. Sus ojos están humedecidos. El sol encarnado del atardecer queda a sus espaldas y proyecta dos siluetas, débiles, que alcanzan la otra orilla… “¡Hola, mamasita, ya regresé con el agua!”… Y la mamá se levanta, más que agitada. Y se gira. Y casi se muere. Y, poco después, se da cuenta de que la vida puede ser maravillosa. Y casi resucita… No consigue quitarse el corazón de la garganta. Su espíritu, balbuceante, alcanza a decir un chorro de lágrimas. Sus piernas flojean. Y cae de rodillas en la hierba. Y allí, así, se abrazan para siempre… Pero el mundo no acabó hace trece años ni comenzará en este momento. De plano, la mamá presintió que se aproximaba el gran día esperado. A decir verdad, ya se acercó a pedir trabajo para Marta en la casa grande… Y ahora le va cuchicheando que la señora del lugar está dispuesta a rentarle un pedacito de tierra, de corazón, para que siembre su milpita. Aunque Marta sabe bien que tras esa aparente caridad se esconde una trampa que dura una vida. Sabe bien que ese trocito de tierra no dará para vivir con dignidad. Que la señora nada busca sino asegurarse una jornalera para su hacienda, una mano de obra regalada. Y sabe bien que la sangre de ochenta mil salvadoreños no ha servido para que el tesoro de su pequeño país esté bien repartido. Por ello, al pasar por las tierras de la señora, acaso demasiado grandes para un país tan chico, decide arrojar su foto con Fredy en mil pedacitos, los mismos mil pedazos en que se ha roto su esperanza de ver un nuevo El Salvador…

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “La costilla de Eva”, by Iñaki Etxebarria, publicado por lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 28, abril 2009.

3 comentarios to “¡Hola mamasita, ya regresé con el agua! (relato)”

  1. Triste desesperanza que, como una densa niebla, oculta las oportunidades a los que más las merecen.

    Este texto que es fiel, en lenguaje y estilo, a los demás ya publicados en este sitio, es en parte mágico, pues permite a un occidental acercarse, casi adentrarse en vidas y culturas que le son muy lejanas.

  2. Siempre me he preguntado si vale la pena, una sola muerte, por un ideal. Vale? en este mundo que se repite, sin ton ni son, y cumpliendo el objetivo poderoso material de los que tienen el poder?
    No lo sé…
    Bello texto! Cariños

  3. Querido maestro, como siempre pululo por entre tus letras y dejo me deslizar por tus eses como si de un tobogán me proporcionaras.
    ¡Hola Mamasita, ya regresé con el agua!
    Es el Eterno retorno.
    Me suena por manido, por golpear mi mente desde chiquito. Era el tema preferido por mi abuela, contar una y otra vez como volvieron los derrotados, los vencedores y todos con el alma encogida, amén de los caídos y de sus hermanas llorando la pérdida de maridos, hijos y amigos.
    Sí, todos destruidos.
    Nada merece perder la vida.
    Nada merece enfrentarse y matar a tu hermano.
    Malditos hipócritas, besándoos y dándoos la paz, si decís a espaldas de los otros: “si, todo fue un error, pero si volviese a nacer lo volvería a hacer”.
    Los avances sociales a punta de fusil.
    Yo os invalido proyectiles de putrefacción.
    Yo no puedo olvidar las historias contadas en modo de aventura e hidalguía, de honor…
    Yo solo soy un enorme cubo que recibió todo aquello y que guarda su poso, como un recipiente sin limpiar, inerte e imposibilitado para borrar memorias inoculadas.

    Has sido capaz de hacerme recordar episodios que con gusto te contaría.
    Pero cambiaria el nombre, la situación geográfica, la época y el resultado el mismo: “alguien desea volver a la normalidad después de tanta anormalidad”, por tanto me releo el tuyo y disfruto.
    Salu2

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