La abuela María Antonia en los ojos de su lazarilla (relato)

    Aprovecha el sol un claro en la mañana para hacer que Quito muestre su estampa muy seductora. Reclama el tiempo su esplendor cuando la luz se extiende sobre la corona que rodea El Panecillo, ataviada de piedras viejas y tejas coloradas, de cúpulas moriscas y cristianas, y del bronce de las campanas, engalanada de blanco, con el azul añil de las puertas y los balcones, con el verde que corre a unirse con su gente como el amor va hacia el amor. Y trepa por el volcán Pichincha el sol, hasta la cima, para quererse los dos un rato breve pero intenso, cuando un nubarrón les hace cejar en su empeño, regresando el Quito colonial a esta mañana nublada de la fecha que corre, un domingo de Mayo de cualquier año. Son las nueve en punto y dos pelotones de la Guardia Presidencial izan el pabellón nacional frente al palacio del Presidente de la República. Llaman a misa las campanas. En el pórtico mayor de la catedral, a una mujer india se le ha cubierto el semblante con su expresión más inconsolable. Recostada sobre sus piernas, duerme una beba. Ante ellas, se despierta un vagabundo desnarigado, con un sinfín de marcas en el rostro. Se despabila la ciudad vieja y ya faenan los niños limpiabotas y la vendedora de periódicos bajo las arcadas del arzobispado. Y las abuelas mendigas deambulan, como los policías metropolitanos, como la niña que pasa pidiendo por la plazoleta de San Agustín, muy desaliñada, tan pequeña que tiene que llevar a su hermanito atravesado a la espalda. A esta hora, cerca de allí, en el pórtico que da a la calle García Moreno, una anciana vende novenarios de La Dolorosa, de San Antonio de Padua, del venezolano doctor Gregorio, rosarios, escapularios, catecismos, cirios, veladoras colombianas, espermas, palo santo con sahumerio para mitigar los malos olores y carneses de todos los santos de la devoción quiteña… Un poco más adelantito, la cigarrera conversa con la señora que alquila el teléfono. Junto a ellas, apoyado en la pared, un músico de la calle percute un tambor tan curtido como su piel, al tiempo que su espíritu suena una gran zampoña. Parece pensar un pensamiento de siempre. Qué extraño… Aún no han llegado los niños. Le fascina conversar con ellos. A su lado, sin haberle visto jamás, sin saber que durante años era él, un ciego, quien le regalaba su música celestial, la abuela María Antonia se prepara para vender sus veinte periódicos diarios… Chiquita, como el mechón blanco que nimba su cabello largo y oscuro, al igual que su rostro, tostado por el perpendicular sol de Quito, como su mano derecha por cargar con ella los diarios, en la que lleva un anillo plateado, muy sencillo, mismo que su saco, su falda y sus alpargatas coloradas, su debajero y su chalina de tonos granates… Para no haber cumplido aún los setenta, su piel se ve muy cansada, arrugada en el cuello y en los mentones y sobre sus labios serenos, bajo la nariz algo aguileña y en las cuencas pronunciadas de sus ojos grises, que ahora miran al cielo como queriendo recibir un débil rayo de luz siquiera, el que la vida le negase desde el día en que a su madre se le reventó el agua de puente. O sea, desde siempre… Esta jornada, aparte de vender los veinte periódicos para poder comer algo y regresar a casa en bus con Anita Jimena, su nieta y lazarilla, además de pedir limosna por la tarde en el pórtico de la Compañía de Jesús para darles la colación a sus nietos, algo tendrá que hacer María Antonia para cumplir con la palabra entregada hace un año justamente, que le compraría la pelota que entonces no pudo regalarle… Pero la niña, doce primaveras, no se lo recordó en el bus cuando se allegaban al centro desde el Barrio de La Colmena, como todas las mañanas, simulando no acordarse de su propio aniversario. Y la abuela tuvo que hacer lo mismo… En fin… María Antonia apenas conserva recuerdos de cuando era guamba. En el largo túnel negro, sobre el oscuro bosque que diariamente ha de recorrer, a través de la noche interminable que es su vida no son demasiadas las membranzas que han entrado. Así que la abuela no sabe si el mundo es bello o no lo es tanto, no conoce las flores, las mariposas, nunca vio una montaña reflejada en un lago, el rostro de un bebé, los árboles, la noche y el día, la cara de Sucre en el volcán Pichincha o los nevados que se ven desde El Panecillo, nada de su Quito, ciudad primorosa… Eso sí, a la señora María Antonia le quedó marcada la vida cuando su marido, tacaño y mujeriego, la dejó notando. Y hubo de criar a sus tres hijos vendiendo periódicos. Pero creció la familia y, porque no avanzaba a mantenerla, hubo de recurrir a las limosnas. Por ello, desde muchos años atrás, para vender veinte diarios, tiene que recorrer, sola, varias veces, la calle García Moreno, y la Espejo, y la Venezuela, y luego la plaza de la Independencia, de acá hacia acullá, desde una esquina hasta la otra de la superlativa catedral de Quito. Cuando consigue venderlos todos, María Antonia almuerza un pan y una gaseosa. La vida le ha endurecido. Y no puede dar a las nietas consejos distintos a que trabajen duro para que no aprendan mañas, a que no tengan demasiados hijos porque es muy cara la vida, a que caminen siempre con la cabeza erguida… Y también enseña esta mujer que a un niño no se le maltrata, que la ley sólo se hizo para los de poncho, que a pulso se gana uno el respeto… Y sólo pide que la dejen trabajar. Nada más. Pero a menudo, como ahora mismo, se pregunta por qué Dios habrá querido dar a una ciega tanta responsabilidad… Esta señora siente el olor de la lluvia remontando la cordillera. Ha sido anunciada la misa de diez por todas las campanas. Y María Antonia sólo ha conseguido vender un periódico en la primera sentada. Así que decide echarse a caminar por la García Moreno… “¡Ay, la pelota de Anita Jimena…!”… Los sonidos del tambor y la zampoña van quedando atrás, con el músico ciego y amigo de los niños. Y camina despacio, guiándose por su orientación natural. Y por el oído cuando ha de cruzar las calles cuyas dimensiones conoce bien. La mujer se cruza la chalina para protegerse del bris mañanero. No lleva en su recorrido bastón ni lazarillo. Y va cantando “¡El Comercio!, ¡El Comercio!”, con su voz tocada… Es una lástima que la señora María Antonia no pueda ver esta armonía de piedras veteranas, estas encaladas casonas solariegas con patio de fuente y jardín colonial, estas piezas profesoras de escultores y talladores de la Escuela de Quito mostrando unos sentires tan especiales… Si ella pudiera echar la vista sobre las hermosas columnas de El Sagrario se sentiría encandilada por los ángeles en miniatura. Si llegase a columbrar el imponente atrio de la iglesia de San Francisco al menos, sus graderíos de piedra o los puestecitos con artículos religiosos que alindongan el lugar, tal vez se acercaría con mayor agrado a la plaza que un día tomase su nombre. Si ella descubriera a la Virgen de Quito, alada, si alcanzase a imaginar el cielo morisco, panelado, en la nave principal de la iglesia de Santo Domingo, o la concha acústica de la sala capitular, o las sublimes pinturas de José de Santiago, aún estaría más enamorada de su ciudad. Y da en el pecho que esta abuela quiteña no pueda conocer el colorido de Ipiales sobre las calles del Quito antiguo, donde la gente del común encuentra lo que precisa… “¡Dígame cuánto da, patrona!”… Ni sabe las veces que habrá pasado al lado del acordeonista que toca con clase y sentimiento sentado en una sillita azul junto a su señora, quien vende lotería acomodada sobre una sillita roja, y entrambos una caja de madera con ranura y candado, sin saber que eran ciegos… O más abajo, sobre la calle San Agustín, ignora que el músico que interpreta al acordeón un tema llamado “interrogante” también es invidente y que, al presentarlo, se sonríe. Que a este hombre le acompaña un matrimonio feliz. Que tampoco ellos tienen la opción de mirar… Ella viste un sombrerito blanco, vende lotería, lleva los dineros y, pasito a pasito, entrando en los cincuenta, la buena señora Julia tiene criados a sus hijos. Esta mujer es alma hermana de Don Tobías: “¡Dónde fuiste, hombre, y yo aquí solita!”… “¡Mujer, si tardé menos de un minuto, pero no se preocupe que ya me tiene a su lado!…”… (Es que no saben vivir separados ni un minuto)… Él, charrasqueando la guitarra, también hizo lo suyo para que sus hijos, músicos, vivan en el paraíso insoñable de los Estados Unidos. “No hay apoyo para los ciegos, ni un puestecito siquiera”… –se lamenta. “Al Gobierno le gusta mandarnos al asilo, pero el ambiente de nosotros nunca se muere”… Dicho esto, se sonríen sabiendo que se sonríen. “La ciudadanía sólo ayuda al ciego si él da su arte” –dice Don Tobías, asiente Doña Julia. Y se arrejuntan… Pero la abuela María Antonia tampoco puede verlo… ¡Ay, la pelota de Anita Jimena…!… Muy cerca de allí, sentada en un portal, una campesina bate sin ritmo unas maracas mientras su bohemio compañero toquetea una guitarra y no cesa de animarla: es el descompasado esfuerzo de los que se rebuscan la vida en las calles… Corre el domingo y ya se ven demasiados niños que piden en el videojuego, un helado, un pan, unas monedas para un padre alcohólico… En la plaza de la Independencia, en la plaza grande, dos mujeres expulsan a una campesina… “¡Pronto se ponen esos moños para pedir!”… “¡Váyase a pelar papas!”… –le gritan. Y también en la misa de doce resuenan en la catedral, casi vacía, los desvaríos de un cura hastiado de la vida. “¡Desde el principio de los tiempos a Dios no le gustaron los orgullosos ni los rebeldes!”… Y, a continuación, pasa a hablar del demonio. Y en su discurso, ácido, no hay un lugar para Jesús… A pocos metros de allí, la iglesia de San Francisco se ve a rebosar de gente. En su pórtico, un mural refleja el orgullo que sentía el hijo de Dios cuando se rebelaba contra los mercaderes que ocupaban el templo en su provecho… Ya se les oye llegar… Él es un indio tuerto entrado en años, con arrugas de muchos soles y vientos, botas de inventar caminos y un sombrero sin color ni dueño que se lo dé, que viste dos ponchos raídos y sucios, y son ralos su bigote y su perilla, y se ayuda, cloc, cloc, de dos zancos. Y ella es una india ciega que camina doblándole el paso, agarrada a la cola de su poncho más largo. Sus vestimentas, rostros y andares dicen que vienen del mucho frío. Y se acercan al pórtico. Y el hombre habla con dos ancianas que piden limosna. Quienes se levantan sin protestar… Termina la misa y la ciega y el tuerto extienden la mano… Acaba de pasar junto a ellos el último de los feligreses… Y la pareja cuenta lo que ha conseguido: mil doscientos sucres, algo menos de un dólar entre los dos. Contentos emprenden el regreso, sonriendo el tuerto al capellán que les procura la misa. Y la ciega, por empatía, sonríe también… En cuclillas,  sobre la acera, una india serrana vende apio y aguacates, cedrón, cilantro y la mejor hierbabuena, para subirse algunas velas, fósforos y un jaboncito a su cabaña en el monte. Sentado en un  portal de la calle Bolívar, un niño que ofrece galletas se ha quedado dormido. Algunos ciegos alquilan el teléfono en cabinas de Imetel, pero con lo que entregan al estado no les alcanza ni para el almuerzo diario. Un joven paralítico con aspecto de indio amazónico se arrastra por el suelo. Parece alguien feliz. Tiene el pantalón descalandrajado y en la espalda un cartelito que dice: “Regale una caridad o ropita usada”. El joven escucha cómo se acerca la corriente humana que desciende El Panecillo y se agarra a la pata de un puesto de casetes regrabados, sin parar de cantar a pulmón batiente “Tres palabras”, de Gali Galiano. No sabe castellano pero igual la canta… La abuela María Antonia no es muy conversadora ni amiguera pero saluda a la gente que reconoce… “Buen día, hombre” –le dice. A pocos metros del lugar, sacan lustre al calzado algunos niños de la calle, provistos de un buzo oscuro en cuyo dorso se lee: “Centro del muchacho trabajador, una familia de familias”. Y uno de ellos se cobra una broma de su pana bacán… Y sus risas alegran el mediodía quiteño… Las campanas de la catedral dan la una cuando María Antonia vuelve a terminar su recorrido. Y aunque sabe que le faltan por vender cuatro diarios, vuelve y los cuenta… “¡Ay, virgencita, no puede ser que este año tampoco me alcance para el regalito de Anita Jimena…!”… De allí a un tiro de piedra, se ve a la señora María Dolores Vinocunga parada sobre el empedrado de una calle peatonal, con arrugas que sólo el sufrimiento surca en el rostro, sacando toda su vozarrona y su extrema dulzura para decir: “¡Una limosnita para una pobre cieguita!”. Huérfana desde los nueve años, se vio en la calle porque los hermanos ya no le mostraban buena cara. Ahora vive con su hija… “Si no fuera por la niña, dónde hubiera parado yo”... –se reconforta. A tiempo la esquinaron los comerciantes de al lado. Y la abuela María Antonia, que la oye, siente sus sentimientos… Y en este minuto entra en la plaza grande la señora Chana. Sobre fajos y refajos, polainas, paños y bufandas, lleva una chalina más que usada. Calza mocasines de colegiala. Luce un pañuelo pirata y una cachucha bacana. Y la cubren media cara sus gafas de enormes lentes. En la mano derecha lleva un bote de pintura donde recoge las limosnas. Y en la izquierda, un bastón de hierro, muy alto y aparatoso, acabado en un gancho patriarcal más apropiado para una mano que fuera cinco veces la suya. Y, calle arriba, calle abajo, va pidiendo por la García Moreno. Dice la señora Chana que el padre de su hija era como un perro gamín, un mujeriego que se comió su platica y ella siquiera tuvo dónde criar a la guagua… Así es que esta señora no tiene quien se apersone. La hija no avisa ni conversa, ni cómo sigue ni cómo está… Algunas de sus cosas paran en el convento de las monjas; otras, con los frailes; y las demás, en el cuartelillo municipal, como su requisado puesto de golosinas… La mujer duerme en el corredor de una vieja posada. Y sabe bien que una vida así no es vida… La señora Chana acaba de cruzarse con la abuela María Antonia. Aquella va a descansar al corredor de la posada; ésta, a encontrarse con su familia en la catedral, bajo una inscripción donde se lee: “Es gloria de Quito el descubrimiento del río Amazonas”… Tampoco la abuela María Antonia se ve contenta. Aún le quedan dos diarios por vender. Y si no consigue hacerlo, perderá su inversión y más… “¡Ay, la pelota de Anita Jimena!”… Y se sienta la abuela en un banco de piedra. Y deja los diarios a un lado. Y extiende los brazos, para abrazar a su lazarilla, no más que la oye corriendo a su encuentro… Es para estas personas el momento mágico de cada día… María Antonia no probará bocado en la hora del almuerzo. Más le alimentaría un regalo en las manos de Anita Jimena… Así, bien juntitas, pregunta la ciega a su lazarilla por el cielo, si está oscuro. “Sí, abuela, bien oscuro”… Significa esto que la mujer de Quito, además de no poder conseguir un simple pan, amén de no tomar una gaseosa, tampoco tendrá hoy el premio de un recreo. Y aligeran el paso, pues, para ir hacia el otro lado de la catedral, donde no son competencia para su hija Elsa y sus nietas, que alcanzarán a vender doscientos diarios si no dejan de vocear hasta que caiga la tarde y la policía desaloje a los vendedores ambulantes de condición más humilde… ¡Pero, qué carajo, lo que a la señora María Antonia le duele es que la llamen minusválida!. “¿Menos válida para qué?”… Ella tiene que sacar recursos de donde no existen, rebuscar donde no hay para imaginar cómo será la vida de los que ven, lo que les gusta y les disgusta, cómo serán las calles que llenan su mundo de vendedora de periódicos, sin saber ni remotamente sobre el gris eterno de las piedras… Y poco sabe María Antonia, porque no se lo plantea, el amor que ha tenido que legar a su prole para sacarla adelante en semejantes condiciones. Es que esta señora nunca pudo darse el lujo de descansar un solo día porque no se comía. Pero ella no se queja. Es de recia estirpe. Ella no pide que le ayuden. Se conforma con que la dejen trabajar… Así es que está con dos diarios en la mano, junto a la escalinata de la catedral, desgañitando su poquita voz… Cuando, inoportunamente, varios goterones preludian una lluvia a raudales. Y se agita la abuela por una promesa para Anita Jimena… Pero su fe no se da a torcer… Y no se le ocurre otra que encomendarse a La Dolorosa… Precisamente hoy, como el veinte de cada mes, se dedica a ella la misa de seis en la iglesia de la Compañía. Hacia allí irá la mujer, pues, con los dos diarios mojados y su poderosa fe. Es que su lazarilla se merece un mundo. Es que a la abuela se le rompería algo importante si no pudiera cumplir con su palabra… Anita Jimena pregunta la hora. Y se despide de la abuela. “Debo irme, abuela”. “Marche, Anita, marche”… Y marcha la muchacha. Y la anciana se levanta remolona y medio resguarda los dos periódicos tras la chalina. Y cruza la calle García Moreno. Esta vez, para ponerse a cubierto bajo el pórtico de la Compañía. Sin reparar en que los frenos del carro que acaba de derrapar se han activado para no atropellarla. Y continúa María Antonia, bien pegadita al muro, librando los diarios de la mojadura solamente a medias. Y llega al pórtico. Y se acomoda entre las piedras. Las manos le tiemblan demasiado. Aún faltan tres horas para la misa de seis. No pasa un alma por la calle. Destaca entre los sonidos de la lluvia el tocotocoteo de una gotera sobre un tablero podrido en el que otros días se sienta una anciana indigente. Estornuda la abuela María Antonia, arropada por una impresionante obra de encaje en piedra, entre salomónicas columnas, esperando a la Virgen Dolorosa. Porque esta señora cree que ella es la madre de los desprotegidos, que ha de ser muy sabia quien ha escuchado las penas de tantas gentes. Y sólo a ella le cuenta sus cosas alegres y sus cosas tristes. Y ojalá pudiera irle esta tarde con algo que no fuera importante, para distraerla de tanto sufrimiento ajeno… Pero cuando se siente en apuros, cuando está terminando la jornada y no ha sacado para el bus, o alguno de su familia cae enfermo y no alcanza para los remedios, el arriendo, la escuela de las niñas, o incluso para la comida de cada día, excusa de contarle algo. Sólo la llora. Llora entonces la abuela María Antonia. Llora por una pelota para Anita Jimena… Y ahora siente que alguien entra en el pórtico y se sacude la mojadura… Y esta ciega extiende la mano… Es la cigarrera de la esquina, que ha llegado buscando refugio. Quien se detiene en los sollozos incontrolables de la abuela María Antonia… Y pregunta la mujer en qué le puede colaborar… Y, carajo, la abuela nunca imaginó que habría de pedir algo fiado. Pero una vez que distingue la voz amable de su compañera de calle le cuenta aquella palabra que empeñó con su lazarilla, Anita Jimena. Y ni tiempo le ha dado de rogar cuando la cigarrera ya está enredando entre los bultos. Así, mete la mano en un saco. Topa con una hermosa pelota de colores. Y se la entrega a esta señora, sumida en llantos… Y vuelve esta ciega a buscar la luz, su manera de dar con Dios, levantando la cabeza hacia el cielo… Y la cigarrera se ve más ufana que si hubiera vendido cien pelotas de colores… Pasan más de dos horas… Y María Antonia se mantiene agarrada a uno de estos milagros cotidianos, escondido bajo el roperío, lista para darle una sorpresa a su nieta del alma en cuanto llegue… Ha terminado la misa de seis. Un matrimonio compra a María Antonia los dos diarios, medio mojados, para protegerse de la lluvia. La ciega siente que todos los feligreses han marchado. Pero no así la mirada emocionada del párroco. Y tampoco ve a su nieta, que le va a plantar las manos sobre los ojos y le va a hacer la pregunta acostumbrada: “¿Quién soy?”… Y bueno, viajando en el autobús que les devuelve al barrio de La Colmena, Anita Jimena ha visto que su abuela tiene algo escondido, así como una pelota…  Pero ahora es la niña quien mantiene el teatro de la vieja… Y ya en la casa, en la tardenoche de cualquier otro día la abuela hubiera conectado la radio antes de ponerse a pelar papas, o se hubiera puesto a coser al tanteo en su asiento con respaldo, o acaso hubiera pensado en pasarlo bonito contando a su lazarilla las pocas cosas de la vida que iluminaron su senda personal. Pero lo primero que hace hoy cuando se sabe en el hogar es preguntarle a la nieta si alguien está mirando… “No, abuela, estamos solitas”. De tal guisa, María Antonia se sofalda, saca la pelota, se la muestra a la muchacha, quien lanza un grito de emoción, “¡uyyyyy!”, con tanto regocijo como aguanta la vieja, y a continuación, ni coja ni menos válida, la coloca junto a su pierna de chutar, la derecha, se compone los sostenejos, frunce el entrecejo, se arrufa como los gatos y le dice a Anita Jimena, que la mira atenta, contenta… “¡Ahorita me detenga la bola!. ¡Y póngale mucha atención, que yo la pateo bien duro, mamita…!”… Y así, en dos lucerillos negros, sin los pequeños jaleos ni los grandes apuros que la mantienen viva, la abuela María Antonia se mira más que bonita, feliz como nunca, en los ojos de su lazarilla.


©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 17, marzo 2009.

5 comentarios to “La abuela María Antonia en los ojos de su lazarilla (relato)”

  1. Estamos leywndo el Libro y mi hija esta con La Dama Andante leyendola cada vez que tiene tiempo ,le gusta y me dice que te salude de su parte .Te felicito ,por saber captar y narrar la vida ,pero con su encanto tambien …BENDICIONES para todos…

  2. Iñaki, este relato es una maravilla. No puedo ni decir todas las cosas que he sentido cuando lo leía. Me ha emocionado mucho. Abrazos!

  3. Iñaki …. uffff! Si este relato fuese pintura, leerlo habría sido como estar contemplando la Capilla Sixtina en silencio, en soledad, pudiendo detenerse y examinar cada detalle, cada rincón, con aquella perfecta lucidez que de cuando en cuando nos visita.

    Un abrazo.

  4. Soberbia descripción.
    Un estilo limpio aunque denso.
    Flamante contador de sentimientos de palabras dadas.
    Lo que ya no queda.
    Imposible desligarme de una historia verdadera contada por una quiteña y cliente mía.
    Desde bien chiquita tuvo que enfrentarse a la calle para poder sacar adelante a su familia.
    Historias que nos rodean y en ocasiones somos nosotros los ciegos.
    Salu2

  5. Maravilloso, me llego hasta el alma…

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