La señora Juana y el gorgotero (y2) (relato)

          Después de todo, no había sido un mal día para ella.

 

          Cuando Río de Janeiro era toda luz, tuvo la ocasión de conocer mejor a su “parche”. La madre que le atendió en la noche le fue presentando, uno tras otro, a su grupo de habitantes de la calle. Lo hizo con una muchacha lisiada por cruzar la carretera sin mirar, totalmente cambiada desde un mal viaje. Tiene un mirar apagado… A su lado distinguió a una mujer de edad indefinida, con los pelos alborotados, que siempre camina y se detiene y habla pero no sé con quién, acaso con su conciencia. La mujer entró en crisis a la muerte de sus padres… También conoció a un joven, alegre a pesar de su desastroso aspecto, que se peleó con la mujer, perdió su familia y su oficio de herrero y acabó siendo expulsado de su propia casa. Y todo por el vicio. El hombre sigue igual de casquivano pero tiene buena conversa y no es traidor. La gente por aquí le aprecia. (La señorita Juana iba dejando su mano izquierda para que se la estrecharan)… Con él suele andar en veces un nordestino melancólico. Vino buscando un trabajo pero antes se encontró con el bazuco. Era chapista de profesión. Dice que es evangélico. Pero esta persona, taciturna, le pone una vela a Dios y otra al diablo aunque no exista… También le presentaron a un vagabundo, sobreviviente de un millón de batallas, propias y ajenas. Vomitaba sangre porque unos días atrás se había desayunado con creolina. (Los restaurantes echan este veneno en los desperdicios para que los indigentes no se acerquen a recogerlos)… Después, se acercó una señora que siempre viste cualquier cantidad de delantales. Había tenido casa y un buen coche en Sao Paulo. Pero en aquellos días buscaba el fondo del infierno. (Ninguno de ellos tuvo un amigo cerca en los malos tiempos)…

 

          Y fue así como la señorita Juana conoció el palique con la gente de carne y hueso.

 

          Mientras unos preparaban un fueguecito para hacer un café comunitario, otros seguían despabilándose al sol, alguien lavaba sus trapos en una de esas latas de conserva grandes y otro tendía los suyos sobre el murete de la plazoleta que se han tomado en el paseo de la playa de Flamingo.

 

          Y entiendo que, cada cual a su manera, todas son buenas personas.

 

          Si así no fuera, no tendrían su parche.

 

          Y bien, cuando la señorita Juana pone las manos sobre su boca, mira hacia abajo y hace risitas, como ahora, es porque está acordándose de esos ratos mañaneros en los que se encamina hacia el centro o en la noche cuando regresa a descansar. Entonces atraviesa un pequeño baratillo que a diario se instala sobre la calzada del paseo, muy cerca de la plazoleta. Es porque allí se cruza con los piropos de un gorgotero. Él es un viejo buhonero de cosas menudas y usadas que baratea con lo que de utilidad encuentra en las basuras. Son cositas que luego él pule y pule: bujerías, oropeles y otras fruslerías usadas que hacen servicio a quienes no les alcanza para terminar el mes. A la señorita Juana le costó un tiempo adivinar el verdadero sentido de los piropos del gorgotero. Pero hoy sé que siempre le agradaron… Ahora mismo se la ve inquieta de un modo diferente, porque columpia su tronco, abrazado con celo por sus propios brazos, mientras que sus piernas permanecen quietas sobre la madera.  Seguro que estará rememorando alguno de los desencantos con los que se tropezó en Río, cualquiera de los desengaños que estuvieron a punto de dar al traste con su modo de sentir infantil… La otra noche, por citar un caso, me contó cómo se aproximó a una mujer indigente con muy malas pulgas, nada más que por lástima, sólo para preguntarle si estaba bien. (La señora se preparaba para pasar la noche en la portalada de una casa solariega, hoy abandonada). Y ella, lejos de agradecérselo, la despojó del sobretodo amarillo de colegiala, se cubrió las piernas con él y se durmió como si tal, en esos momentos en que se han apagado las luces de las oficinas y los comercios del centro, lejos del Río turístico, y las calles quedan ocupadas solamente por sus habitantes nocturnos. (Algunos ya son abuelos de la calle)… Juana es así… Y al gorgotero le preocupaba verla cada día más sola y desamparada. En un principio fue lo de la muñeca, luego el cactus y más tarde su ropa de abrigo. Pero el día que la vio sin su radio, con un tremendo desconsuelo, fue cuando acabó de enamorarse de ella… Bueno, entonces fue cuando se dio cuenta, al menos… De todos modos, a la señorita Juana le gusta seguir visitando a los que viven en las calles, como ella. Una vez que nada tuvo que proteger porque nada tenía, se dio cuenta de que hablaba con más libertad. Aunque últimamente andaba molesta con los niños porque la obligaban a que fuera la mamá de todos. Y a la señorita Juana le gusta jugar a eso, claro, pero le duele que nunca le dejen hacer de hija pequeña. También solía visitar a una señora que acostumbra a dormir en unas galerías bajotechadas que tienen un lado abierto a la avenida. Allí se dedicaba, sencillamente, a escucharla. (Lo mismo que la muñeca y el cactus hicieron con ella antiguamente. De ellos lo aprendió.). Y la verdad es que a esa señora le hace mucho bien aliviar una soledad que no desea… Después regresaba a Flamingo y ella era la que hablaba y hablaba y la madre joven la que escuchaba. Así es la vida… Otras veces, luego de asegurarse el sustento, pedía para una familia sin padre que vive en un parque abandonado, dentro de un quiosco de paredes desconchadas. Esa mujer atiende a siete hijos en la pura intemperie. Viven apartados para que los niños no pisen la calle. La señorita Juana a menudo se queda a dormir con ellos, a la luz de la hoguera. Los chicos dicen que da más calor cuando ella está. Y la buena madre cuenta relatos de calle, historias de navaja y manta, de cometas perdidos, estrellas errantes y lunas amigueras… Así, abarcando fantasías, es donde la señorita Juana se mira en todo su esplendor… Y el gorgotero se enamoraba un poco más de ella cada vez que pasaba por el baratillo, de regreso hacia su parche. Especialmente, después que llegara su primer invierno en la calle. Es que esta persona mira más por los demás que por sí misma y, en realidad, nunca ha estado preparada para dormir sin techo. Y con la primera mojadura llegaron sus problemas de bronquios. Pero lo que llevó peor fue lo de la radio, todo un golpe para ella. Quien la distinguió cuando comenzaba en las calles, con ilusión, y luego pudo comprobar hasta dónde llegó la decepción con su ciudad, comprenderá bien lo que digo… De todas maneras, la señorita Juana nunca perdió su fondo. Ella es dale que dale, siempre legal y abierta con la gente. Y esta es, a mi ver, su sabiduría principal… Lo que quizá nunca logre entender es por qué a Río la llaman la Ciudad Maravillosa, la Ciudad Mujer… Verdaderamente, se siente frustrada con este bello lugar… Últimamente, entre toses y más toses, siquiera comentaba sus cosas a la madre del carretoncillo. Antes bien, se dedicó a escuchar las amarguras de otros… Y supongo que su corazón generoso y amable debió haberse protegido algo más para no salir tan lastimado.

 

          En fin, ahora que está tranquila, sentadita en la madera que cubre su propio carretoncillo de bolas, junto a la radio que ahora comparte con el gorgotero, es cuando el hombre aprovecha para devolverle su querida muñeca… (Este viejo se la compró a un buhonero)…

 

          Y la impresión  que acaba de llevarse Juana es mayúscula, grandiosa…

 

          ¡Ella y su muñeca, juntas otra vez!…

 

          Y lo primero que le cuenta es lo que aconteció con el cactus.

 

          Y la mujer no puede evitarlo y se acongoja.

 

          Y después la abraza.

 

          La besa.

 

          La besa y la abraza.

 

          Es su amiguita del alma.

 

          ¡Junto a ella, de nuevo!.

 

          Tanta pasión no parecía posible en una persona cuán sencilla…

 

          Y el gorgotero sonríe feliz, sin decir ni papa, con una colilla de mixtura en la comisura izquierda de la boca, mientras pule y pule una arandela de latón… Sí, la señorita Juana se siente protegida desde que comparte vivienda ambulante con este hombre, muy pegaditos el uno y el otro. Y por la amistad sincera que con él tiene y por la radio y la muñeca, a Juana se la ve realmente contenta… Ahora están acostados en el carretoncillo de bolas, serenos ambos, muy dichosos. Entonces, aprovecha el gorgotero y coloca la arandela de latón, bien pulida, en el dedo anular de su mano derecha, a la vez que le pregunta si quiere ser su esposa… Y ella se mira la mano, por un lado, por el otro. Parece que le ha gustado. Después, dirige su vista hacia el firmamento. Y pregunta al gorgotero por qué le gustaría tenerla como esposa… Y el hombre se queda sin saber qué responder. Y, finalmente, se confiesa… “Es que quiero tenerte cerca para contar contigo las estrellas”…

 

          Y es verdad.

 

          Lo sé bien porque el gorgotero soy yo.

 

          ¡Caray, no puedo quitarme esta sonrisa de oreja a oreja, viéndola tan contenta con su muñeca y su anillo!.

 

          Y además me responde que sí, que quiere ser mi esposa.

 

          Y ya no me cabe la vida en el cuerpo.

 

          Así que, en paz, reposo mi cabeza en su hombro menudito.

 

          La miro.

 

          Y pienso que ha de ser el día más lindo de mi vida.

 

          Luego, me doy cuenta de que también ha de serlo para ella.

 

          Porque, inocente, sobresaltada, chispeante, señala hacia el cielo con el dedo acicalado y asegura que es un lucero lo que se ha posado sobre el Pan de Azúcar…

 

          ¡Carajo, ahora es verdad!…

 

          También la muñeca lo ha visto.

 

          Y al rato, sintiéndose la señora Juana protegida, abrazada a su amiga muñeca, querida, viendo a Río, ahora sí, tan bella, con el lucero reflejado aún en sus ojines, me dice que ya entiende por qué la llaman la Ciudad Maravillosa…

 

          Sí, ahora sí.

 

          Y un soro de Heitor Villalobos llena de música, de la poesía que habita en lo sencillo, el momento más dichoso de nuestras vidas… 

 

©Relato extraído del libro de relatos “La costilla de Eva”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 7, marzo 2009.

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