La señora Juana y el gorgotero (1) (relato)

La señorita Juana es una persona importante. Se puede decir con seguridad que ella es de la gente que este mundo necesita. Ahora lo veo con claridad. En esos ojos chiquitines, oscuros, de mirada buena, puede verse su enorme ser. Sólo hay que desearlo y aproximarse a ella. Simplemente. Porque ella se da a todos, cómo les diría yo, como se da la tierra, o algo así. Y muchos creen que es un error. Y suelen aconsejarla que no se fíe de la gente y todo eso. Pero ella erre que erre. Ella es ella. Y eso vale mucho en la vida. Ahí se la ve, sentadita sobre el tablero de un carretoncillo de bolas. Está tranquila. Ha echado los ojos hacia un lugar perdido en las alturas, ligeramente a la derecha. Y ha de estar pensando en algo interesante porque se ha quedado abierta su boca, pequeñuja, permitiendo que asomen unos dientecillos muy bien formados. Es que todo en ella es así, chico, liviano, parvo, como sus orejas, sus pestañas o los dedos de sus manos apenas curtidas. Todo menos su alma grande… Y han de saber que la señorita Juana ya no es una niña. Aunque, bueno, ya irán conociéndola… Como viene haciéndose costumbre, lleva un vestido blanco de tisú con hilos dorados y encajes cielo azul, unos calcetines que le hacen juego y esos zapatos que un día se vieron de charol. El cabello de la señorita Juana es de varios colores: blanco, gris y negro. Cae sobre su espalda, lacio. Y, a veces, como hoy, lo lleva recogido atrás con una ballenita rosada. La piel de su rostro es la de una señorita enteramente suave. Dibujados en su frente luce varios pliegues que la hermosean. Y el gallo deja ver sus patitas junto a unos ojillos sin edad. Aunque bien marcadas, éstas sí, lleva dos arrugas verticales, arqueadas, muy señoras, que recorren su rostro desde más arriba de la naricilla hasta muy entrado el mentón. Ahora declina la vista, sentadita en ese tablero, boquiabierta, a placer, recordando tal vez… A mí me parece bonita… Y sé que entre sus vecinos pasó por ser poquita cosa. Pero su encierro de seis décadas en un pequeño departamento del barrio de Santa Teresa no fue debido a su pretendida fealdad. No, ella nunca podrá verse fea ni vieja. Ella se mira hacia dentro. Más bien creo que su larga reclusión se debió a que en otros tiempos fue una niña muy protegida por sus padres. El pretendido esmero que guardaron con ella llegó a tal punto que durante muchos años no hubo un televisor en casa para que la niña no viera las cosas malas de este mundo. Ni tuvieron jamás un solo espejo para que Juanita no se mirara y corriera el riesgo de dar la razón a lo que sobre ella se decía en esa ocasión diaria en la que iba hasta la esquina para comprar el pan y la leche o la doblaba para encaminarse hasta la iglesia, en el otro lado de la plazuela. No es que la señorita Juana sea creyente, al menos no en el sentido tradicional. Le gusta ver, sí, a toda esa gente reunida, el gran crucifijo, los lienzos, las estatuas, al cura levantando el cáliz… Pero el celo de sus padres fue tan de campanillas que había cumplido los cuarenta y aún seguía sin poder entretenerse un solo minuto en la calle… Y bueno, a la muerte de sus progenitores heredó el pequeño departamento, su libertad y una suma en reales que bien administrada podría haberle alcanzado para vivir plácidamente toda una vida… Qué voy a decir… Sus padres se fueron tranquilos a la tumba. Al parecer, no les importó que la niña no se integrara en el mundo. No les inquietó que el tiempo pasara por ella sin que pudiera elegir su destino. Eso sí, la muchacha siempre tuvo cariño, calor, seguridad y toda la alimentación que necesitó. Sus papis le endulzaban la vida asegurándole que el mundo era estupendo, que todo era bello, que a Río de Janeiro la llaman “la Ciudad Maravillosa”. Y ella observaba, desde su privilegiada atalaya en el barrio de Santa Teresa, cómo aterrizaban los aviones, cómo pasaban sobre los islotes (caprichitos de amor entre el océano y la tierra dibujados en la bahía de Guanabara) cómo se posaban los luceros sobre el Pan de Azúcar (lo de menos es que fueran las luces de las aeronaves y los barcos) cómo el sol se daba contra el horizonte y coloreaba de rojo el cuadro de su ciudad… Y ella les creía… Sentada siempre junto a la ventana, con su planta favorita, un cactus, escuchando la radio, su amiga inherente, ella vivía bien. (No importaba lo vieja que fuera la radio. Bueno, sí importaba; de otro modo, no hubiera sido su vieja radio)… Le gustaba levantarse de la cama un poquito antes del amanecer, para no perdérselo. Y disfrutaba viendo que todo estaba como lo había dejado antes de acostarse. Pero su mayor felicidad consistía en abrir la ventana de par en par y saludar a la ciudad, que acostumbraba a recibirla con cohetes disparados desde los morros de enfrente, como recibiendo la jornada con alegría. (¿Por qué iba ella a saber, si nunca escuchaba las noticias de la radio porque no las entendía, que no eran cohetes sino balas cruzadas entre bandas de bisheiros por el control de las drogas y el juego ilegal en las favelas de la ciudad…?)… Sin salir de casa, la señorita Juana había visto desfilar por el sambódromo a todas las escuelas, año con año. Y estaba convencida de que en Río todo es alegría… Cada mañana prendía la radio para escuchar la música de siempre. (Ella sabe que la Ciudad Mujer dio a Vinicius, a Chico y a muchos más su poesía. Cuántas veces habrá imaginado a Jovin junto a Alí Barroso, sentados en la playa, componiendo “Muchacha de Ipanema”…). Pero lo que más le gustaba era hablar con el cactus y, sobre todo, con la muñeca, mientras la peinaba y repeinaba. Eran su compañía y su principal motivo para vivir. Sus días no habrían tenido suficiente valor sin ellos. Y no le gustaba cualquier muñeca. No, no, no. Había tenido muchas, claro, de las de trapo, las que son como bebés, las más peponas, las que caminan, hablan, orinan o lloran… Pero a ninguna le dio la amistad que tuvo con la última. Y a diario la sentaba en el umbral de la ventana, con extremo cuidado para que no fuera a caerse. Y le encantaba verla bien femenina, no como algunas niñas que ella sabía que las vestían con pantalones. No. Y vivía la muñeca con su cabeza contorneada para poder escuchar todas las conversaciones de la señorita Juana. Sus ojos azules, dulces y serenos, decían comprenderlo todo. Y es que la muñeca y el cactus nunca dejaban de prestarle toda su atención porque la señorita Juana nunca se cansaba de comunicarse con ellos.

 

          A veces, lo hacían con silencios.

 

          Y pasó el tiempo y los tres eran felices.

 

          Y a esta mujer nadie le habló de la inflación y todo eso.

 

          Sus impuestos se amontonaron.

 

          Y a una edad entre los cincuenta y los sesenta cayó en desgracia.

 

          Embargaron su departamento.

 

          Y se vio en la calle de fresca mañana, pareciese que sola. Pero ella es muy noble. Y no queriendo que la muñeca sufriera su falta de información, le pidió al señor que vino a embargar que la dejaran vivir en casa, que no tendrían que hablarla si no lo deseaban, que únicamente habrían de sacarla a la ventana en las mañanas y acostarla en las noches antes de que salieran los zancudos. Eso sí, se llevaba la manta de su cama, el cactus y la radio porque entendió que andar molestando demasiado no era un buen plan. Aunque de buena gana les hubiera dejado para que hicieran compañía a su mejor amistad. El caso es que, sin verlas venir, la señorita Juana se vio calle abajo, por el empedrado seco para no resbalar. Aquel día reestrenaba un sobretodo amarillo por encima del vestido de tisú. De seguro que olería a alcanfor. Y así, antes de dejar su barrio para siempre, miró hacia arriba, queriéndose despedir de la muñeca…

 

          Pero no alcanzó a distinguirla.

 

          Y no sé quién se vería más mustio de los tres…

 

          Aunque pronto parqueó sus penas.

 

          Después de todo, conocería a la Ciudad Mujer…

 

          La primera jornada la disfrutaron en la playa de Flamingo, mirando cómo sube y baja el funicular del Pan de Azúcar, aprendiendo cómo se deshacen y se hacen las olas.

 

          Y allí mismo se durmieron, al arrullo de una mar en calma.

 

          (La muñeca lo hizo en la basura, botada entre los desperdicios. No la dieron una oportunidad.)…

 

          El drama de la vida estaba a punto de comenzar para la señorita Juana.

 

          Aunque amaneció bien contenta.

 

          Comprobó que el cactus no estaba.

 

          Y su alegría duró menos que un cantar.

 

          ¡Uf, nunca vi llorar a una persona tan desconsoladamente!…

 

          Esta vez la pasó sola en la playa, aquel día y su noche, triste.

 

          La tercera mañana se paró en una esquina del centro de Río, agachó la cabeza, extendió la mano y aguardó a que cayera alguna moneda.

 

          Y necesitó más de tres horas para que esto sucediera.

 

          Y tuvieron que dormirse muchas veces sus dos brazos.

 

          Y todavía hubo de anochecer para poder pagarse un pequeño pan.

 

          Después de buscar y buscar, pernoctaría en un pequeño parque del centro, botada sobre un banco.

 

          Y amaneció helada, tiritando porque le habían robado la manta.

 

          A partir de entonces, vivió pegada a la radio. Más que por frío o desconfianza, porque era su única compañía por aquel tiempo. Y la radio se quedó sin baterías. Y su disgusto fue enorme al no disponer de dinero para reponerlas, tan grande como el desencanto que se iba apoderando de su persona. Pero ella siguió agarrada a lo único que quedaba de su vida anterior, con porfía.

 

          El siguiente día eligió una esquina mejor, pero no una buena esquina.

 

          Otros mendigos se lo impidieron.

 

          Y sacó para almorzar en una lanchonete. Donde se sintió el centro de todas las miradas. Ella pasó la tarde hablando y gozando con la gente. Mientras que la gente la pasó mirando y buscando cómo aprovecharse de ella. Pero otra cosa no podían robarle que la radio, la inocencia o la libertad. Y todas las defendió bien, utilizando el lenguaje de los sentimientos.

 

          Peor estuvo en la noche…

 

          Parece como si ella misma lo estuviera reviviendo ahora, sentada sobre el tablero de madera de un carretoncillo de bolas, inquieta como está, porque oculta sus ojitos con una mano y mueve la otra hacia arriba y abajo, dejando que los dedos dancen con soltura… Y es que un pordiosero, ebrio, dio a conocer a la señorita Juana, en su propia piel de melocotón maduro, esto que llaman brutalidad humana. Y de no haberse entregado, la habrían golpeado, la habrían matado, quién sabe. Esta mujer se dejó llevar por su naturaleza y se dedicó a averiguar cometas sobre un cielo gris. Desde entonces, nadie ha sabido explicarle si aquello fue o no un beso, si es así como se hacen las caricias o cómo se llama el dolor.

 

          Lo cierto es que Juana perdió una parte de su alegría.

 

          Que rápidamente tornó en decepción profunda.

 

          Pero ella no renunció a su candor, no abandonó su inocente y sabia visión de la vida…

 

          Con todo, el día que sucedió a éste se ocupó en conseguir una buena esquina para pedir y de hacerlo con cierto carácter. Además tomó nota de otros mendigos e incluyó en su discurso algunas mañas para dar lástima, que ningún mal atrajeron. Siguiendo el dictado de su experiencia, cuando asomó la noche buscó un lugar seguro donde dormir, un sitio frecuentado, no cualquier andurrial hermoso como en los primeros días. Y no fue difícil que un grupo de indigentes la cobijaran, porque se ve a la legua que la señorita Juana no es de las personas que molestan. Agotado el día para esta persona, pesando como losas sus párpados, una joven madre cubrió sus piernas con un cartón y le regaló un minuto de charla. Esta mujer había logrado hacerse con su propio carretoncillo de bolas y se tenía por privilegiada. Durante la noche se aloja con su bebé en el fondo y se protegen de indiscretos y delincuentes, o de la lluvia y el viento, con las gavetas que a un tiempo les sirven de tejado. Pero su historia no es para dar envidia… La pobre señora fue regalando a sus hijos, a todos menos al pequeño, por miedo a que se los robaran, porque no podía atenderlos como deseaba. Y fueron repartidos entre varias madres sustitutas, quienes crían a estos niños cuando a duras penas pueden alimentar a su prole… Yo las admiro un montón. Son bellas. Y ella, pobre mujer… “Es la única manera de tener la conciencia algo tranquila” –suele decirse.  Y quedó dormida, satisfecha, la señorita Juana…

 

 (Seguirá…)

 

©Relato extraído del libro de relatos “La costilla de Eva”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

Anuncios

~ por Iñaki Etxebarria en 28, febrero 2009.

6 comentarios to “La señora Juana y el gorgotero (1) (relato)”

  1. Maravillosa narativa ,me recuerdas a Valle Inclán felicidades.Tus libros deben leerlos todos/as ,ya que es una narrativa real ,pero con el espiritu de un gran poeta …Bendiciones y te deseo lo mejo .Sed Feliz.

  2. Me gusta, aunque me ha dejado un poco triste!
    Desde que dejaste el comentario en tu poesía, ando detrás de pasarme a darte las gracias. Son las palabras más bonitas que me han dicho desde hace tanto tiempo que ni me acuerdo. Son como caricias.
    Un beso…
    Estaré pendiente de la segunda parte, me gusta la señora Juana.

  3. Just passing by.Btw, your website have great content!

    _________________________________
    Making Money $150 An Hour

  4. Interesante realato, bellas palabras que hablan de los sentimientos, precioso, te felicito. Soy admiradora de todo los seres que se expresan a través de la escritura, como el escribir un cuento, un libro, lo he intentado solo es un revoltijo de palabras y hechos que no tienen coherencia jejeje…es por eso que soy admiradora de personas como tú. Un abrazo grande, felicitaciones por tu espacio, lo visitó y me quedo pegada en tus relatos, está vez quize dejarte una nota, besos.

  5. El Buda en Juanita.
    Encuentro con la realidad mas cruel, el no tener nada en un mundo de posesión, en una ciudad terrible.
    Cual Lazariilo en busca de la supervivencia.
    Vivir el dia a dia con solo la alegría de permanecer, de estar, triste manera, pero para el que la siente asi.
    Salu2

  6. No suelo tener muchos ratos libres. Pero un montón de coincidencias han querido que pase un buen tiempo aislado solo con un portátil en el que no tenía datos para trabajar. Me he acordado de tu blog, y me he alegrado de ello, aunque a mí también me deja un poco triste el tremendo relato.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: