“Desechables” (1ª parte)(relato)

7:00 a.m. Segundo día de emisión.

 

 

 

 

 

      Estimado oyente, me siento feliz por trabajar en esta emisora, así sea la más pequeña del mundo. Y es que sólo la componemos tres personas hasta el momento: nuestro patrocinador, su periodista amigo y usted, el amable oyente que nos ha sintonizado desde que comenzase a emitir Radio Mañana, la radio del mañana… Como sabe, esta emisora nació para cumplir una función social importante, cual es la de dar voz a los desamparados de nuestra querida Santa Fe de Bogotá. Y no, no nos asusta el reto… Bueno… Informamos a nuestro oyente, si es que todavía no se asomó a la ventana, que en la ciudad se vive una hermosa mañana de verano, que no hay demasiados trancones porque los niños gozan ya de las vacaciones, que se acercan las Navidades y nuestro alcalde decretará unas fiestas sin pólvora cuando llegue el primer niño herido a uno de nuestros hospitales… Pero no, no todas son buenas noticias… Sabemos de fuentes absolutamente confiables que ayer en la noche hubo un nuevo intento de masacre contra un grupo de habitantes de la calle. No podemos callarlo. Es nuestra obligación denunciarlo, para intentar que no quede en la impunidad una vez más… Ayer mismo contábamos cómo asesinaron a “Condorito” y a su parche, su grupo de amistades, el hombre que se jugó la vida para que el gobierno diera la concesión de las basuras a los indigentes. Para muchos, él era una luz al final del negro túnel en el que viven los habitantes de la calle, la única posibilidad, tal vez, de integrarles en la sociedad bogotana. Pero lo mataron, los mataron en una esquina de esta violenta ciudad… Como es sabido, “Condorito” comenzó a reciclar para mantener su vicio. Sí. Pero él siempre aspiró a una vida mejor para sí mismo y para los miserables como él. Y ésta fue su marca de vida y también de muerte… Bueno, pues esta noche actuaron unos encapuchados, como los que aparecen casi a diario en motos o carros sin placa. Y, sin decir palabra, apresaron y encerraron a quince habitantes de la calle en un furgón. Y les iban a ajusticiar en un bosque de las afueras cuando llegaron otros encapuchados, bien armados, en ciclas nuevecitas, y les forzaron a abandonar, en el momento mismo en que se disponían a balacearles. “¡Sigan de aquí para allá!” –les dijeron. Y a los habitantes de la calle: “Aquí ya no corren peligro”…  Y marcharon de seguido, sin identificarse… ¿Quiénes son unos y otros?. Dejemos que el oyente piense… Otra pregunta de este reportero local es la que sigue… ¿Es que no hay otro modo de acabar con los indigentes que con plomo?… Mi opinión personal es que los mayores de nuestra ciudad fracasaron, que no tuvieron imaginación, o inquietud para lograrlo, y que ustedes los niños deben intentarlo… Sin más preámbulos, invito a mi estimado oyente a que se adentre conmigo en las calles prohibidas de la ciudad, en éstas donde no entra un policía si está uniformado. Así comienza hoy nuestro programa “la escuela de la calle”, que como sabe, tomó el compromiso de acercar al público las vidas de estas personas, familiares para todos, desconocidas, a veces peligrosas, siempre humanas, de meternos en el cuero de los indigentes y hacer el esfuerzo de comprenderles… Me encuentro en la unidad móvil, en la avenida Caracas, cerca de la zona que se conoce como “El Cartucho”. Acabo de estacionar frente al cuartel de la Policía Nacional y me dirijo a trabajar solamente con un mini-emisor escondido entre la ropa. Así tiene que ser si queremos entrar en una de las calles más tenaces del planeta y escuchar a la gente que sobrevive en ella… Me he disfrazado como un pordiosero más. Llevo la barba prendida, un zapato negro y otro de color café, ambos sin cordones, y un viejo gabán con los bajos llenos de lodo, aceite y no sé cuántas cosas más… Queremos preguntar a la gente por su vida, qué cosas les alegran y cuáles les ponen tristes, las sensaciones y los sentimientos que arrastran, los códigos que respetan, sus secretos mejor guardados, y sus anhelos, y sus miedos de cada día… O sea que nos interesa de ellos, los habitantes de la calle, las mismas cosas que de cualquier otro ciudadano… Está bueno… De camino, aprovecharemos para buscar a una niña, amiga mía, que fue robada hace varios años en Medellín y utilizada para pedir limosna aquí en Bogotá. Volví a verla hace dos días. Se llama Judith y huye de sus raptores… La buscaremos en uno de estos inquilinatos donde muchos niños se inician en la calle. Pero, antes, permítame que le presente a esta niña paisa… Hace nueve o diez meses que la conocí. Entonces me dijo que tenía trece años. Pedía limosna en un semáforo del sur de la ciudad, en la carrera Décima. De primeras, me extrañó tan mala suerte en una niña con la piel y el pelo tan claros; aunque, desde luego, ni es ni será la única… Y me acerqué a ella. Y me gané su confianza. Y finalmente le pregunté para quién trabajaba… Y la niña, mirando a todas partes, atenuando el volumen de su voz, me contó que llevaba dos años pidiendo para sus raptores. Y yo le dije… Bueno ¿y por qué no se vuela de aquí?. Y me contestó que la tenían muy vigilada, que eran capaces de seguirla hasta el fin del mundo si fuera necesario, que ya se lo habían advertido. Así que mejor opté por la prudencia y no insistí… Pero Judith se escapó de esta gente dos o tres días después… Cuando volví a verla estaba supremamente asustada, acorralada, a punto de renunciar… Y, en su desesperada fuga, se acercó a un grupo de mujeres que ejercen la prostitución, allá en el barrio de Santa Fe. Y lo hizo con reparos porque, a esas alturas, la niña ya sabía algo de lo que se cocina en las calles de nuestra ciudad. Y pensó en usar “chapa”, ya sabe, un nombre falso. Y así lo hizo… Y de últimas acabó entrando a una prostituta de edad avanzada que le inspiró algo de confianza… “No tengo dónde dormir, señora”… Y la muy malvada intentó aprovecharse de la niña… “Listo, camine y se queda conmigo esta noche”. “Allí buscamos dónde la acomodamos”… Ya en la casa, Judith pudo ver, de volada, que la intención de la señora era la misma que la de sus raptores… “Bueno, ¿qué pasó?”… “¿Qué busca?”… “¿Ya se la comieron?…”. La pervertidora pensaría que la niña se veía muy bonita, que estaba buena para el mercado, que sería del gusto de muchos clientes… Y el marido de la señora que le dio la dormida halló el modo de explotarla… Judith tuvo que defenderse con inteligencia, con astucia. Permitió que la llevasen hasta un balneario en las afueras de la ciudad, en tierra caliente, donde escapó de sus raptores. Porque esta niña, estimado oyente, ya no es inocente ni tonta ni se hace la babosa… Sólo que viera la oportunidad, se escabulló de las manos de su primer cliente. Y regresó al centro de la ciudad con un camionero. Y cuando estaba detenida en una esquina, viendo cómo le hacía para pasar la noche, llegaron los verdes: “¿Qué hace usted por aquí?”… “¡Camine a la radio-patrulla!”… Y vuelta a empezar… La llevaron a una estación de policía, la reseñaron y al poco la trasladaron a Villa Javier… Pobre Judith… El plan consistía en retenerla allí de tres a seis meses. Después, la enviarían a Las Adoratrices. Pero la niña entró en contacto con muchachas que ya se habían fugado de allí varias veces. Y es que se sabe que la institución da papayita para volarse… Ellas la montaron un poco en la picardía para que no le dieran en la cabeza. Y, pronto, logró escapar de allí… Durante varios días sintió que la seguían muy de cerca. Y comenzó a obsesionarse con ello. Y estaba pensando en esconderse cuando se acordó del contacto que le había regalado “La Pecosa”, a quien distinguió en Villa Javier. Se trataba de un familiar suyo, la señora Marina, que vivía en un inquilinato de mala muerte situado en El Cartucho. Esta señora le dijo a la administradora del mentado inquilinato que Judith era su sobrina para que no tuviera que pagar más de lo que corresponde. Pero ella pronto se lo cobró a la niña teniendo que hacer sus oficios, sus mandados y también de niñera… O sea, que Judith estaba vuelta nada y a poco le apercollan… Y comenzó otro juego, el que tiene que ver con los demás personajes con quienes comparte inquilinato. Y entró a pactar con ellos: qué sirve y qué no sirve, a qué está dispuesta y a qué no, qué le vale y qué no le vale… Y los muchachos que la miran y le dan piropos… Y, como ya imaginará usted, quien más quien menos, todos intentaron abusar de ella en aquel lugar… Así pues, no le extrañe que la niña huyera del inquilinato como de la peste misma… Y durante algún tiempo se dedicó a caminar por las calles, a crear su propio parche… Convivió con niños que se dedican al repele, a pedir comida en una zona bacana. Pero los raptores siguieron su pista. Y si no es por la ayuda de su parcerito, así como su compa de aventuras y desventuras, la hubieran agarrado de nuevo… Poco tiempo después, tuvo que regresar a la zona más roja de la roja Bogotá, a El Cartucho… Pero los raptores no se dieron por vencidos y continuaron persiguiéndola… Lo sé con seguridad desde una mañana en que me encontraba investigando la desaparición de niños en mi país. Bueno. Yo sospechaba de un comerciante del centro y me acerqué hasta su local. Y de pura suerte le telefoneó entonces su cómplice de Medellín. Y me miró el hombre con cara de póquer. Y en lugar de utilizar el teléfono que tenía allí mismo, acudió al supletorio de la oficina del fondo. Está claro que el negocio es pura tapadera. Y, aunque no es mi estilo, descolgué el teléfono y alcancé a oír la conversa…

 

         “Estoy en busca de una mercancía. Se me envolató en uno de los viajes. Haga su investigación y me avisa”… –escuché que decía el raptor de Medellín al de Bogotá.

 

         “Pero, ¿cómo va ir?”…

 

         “Usted sabe que conmigo es todo bien”.

 

         “Bien, le aviso”.

 

           Colgamos el teléfono al mismo tiempo. Y marché silbando de allí aunque preocupado por Judith… Lo cierto es que hoy temo más que nunca por su suerte. Esta niña sabe demasiado… En fin… Como le venía diciendo, esta mañana hemos dejado la unidad móvil y nos dirigimos hacia El Cartucho con un pequeño emisor prendido bajo la ropa de pordiosero. No, no es fácil pasar desapercibido en este lugar, donde todos tienen la piel renegrida, emparejada por todas las horas del día y la noche, porque visten con cuatro apaños, porque todos están embobados, o friteados, o paniqueados…

 

 

7:21 a.m.     

 

          El Cartucho se despereza. Cientos de habitantes de la calle, “desechables” les llama la ciudadanía, han dormido como han podido, arrimados unos a otros, sobre un cartón, un costal, o botados de mala manera sobre el piso, echando cualquier espumarajo por la boca. Más de uno ya no abrirá los pepos. Otros no durmieron por el vicio, o por el miedo a que los ajustaran allí mismo; toda la noche compartiendo la bicha, el pegante o el revuelto, o unos vasos de vino, y no les alcanzó para más… Y ellos, los habitantes de la calle, hablan de la noche como si fuera su novia… Y conversan con las estrellas… Ahora mismo estoy mirando a un hombre tan miserable como sus pensamientos. Dice que pasó la noche inventando un lucifer con el que enojarse porque desapareció su lucero, porque alguien se lo quitó cuando estaba embobado. Y cree que ya no volverá a aterrizar nunca más… Las dos callejuelas que forman el barrio, estrechas, pestilentes, albergan varios negocios de reciclado que apenas se atreven a permanecer abiertos al público. Nadie que no sea habitante de la calle vive aquí. Pero algunas personas llegan sólo para molestar. Los cruces se hacen rápido, cualquier cosa… Y es raro que los indigentes muevan drogas. No, el único oficio de los que moran aquí es consumir, el día con la noche. Algunos roban para pagar lo que quedaron debiendo de la fuma. Suelen hacerlo por el método del soplado, yendo rápido a los bolsillos… Otros, más juiciosos, no paran aquí y se dedican al rebusque en la basura para pagarse el vicio, como hacía Condorito, y no hacen mal a nadie, sólo a ellos mismos. Y, por último, los hay que reciclan para su familia y nunca roban… Yo sé que la gente no se detiene a distinguir. Para muchos, todos son la misma carne de “limpieza social”. Es terrorífico, una locura. La vida colombiana está gravemente enferma y crea este tipo de personajes, en la misma proporción. Y raro es el día que no matan a ocho, a diez, a quince habitantes de la calle… Y nunca es noticia. Porque acá la vida vale cinco pesos. Y tratándose de los “desechables”,  siquiera nada. De hecho, más de uno salvó su vida porque alguien quiso ahorrarse una bala… No sé qué le parecerá a nuestro oyente… Quizá debamos comenzar por dar el mismo valor a la vida del presidente que a la de un reciclador, porque lo valioso es la vida en sí misma. Nadie debe decidir por la de otro. Cualquier vida es sagrada; tan personal, a nuestro modo de entender, que tampoco un padre es dueño de la vida de su hijo… Realmente, deseamos conocer lo que piensa nuestro oyente. Para ello, sabe que puede llamar al teléfono de Radio Mañana, la radio que puede hacerse desde hoy mismo…

 

 

7:30 a.m.        

 

          Estoy adentrándome en uno de esos inquilinatos del barrio. A la entrada, en el quicio de la puerta se apoya una señora que ha sido advertida en numerosas ocasiones de que tome remedios para no cargarse con tanto hijo que no puede atender. Algunos ya son niños de la calle. Y la mamá despioja a los chicos que aún permanecen a su lado, uno por uno, al primer sol de la mañana. Calcule el oyente que el único fregadero que hay, más que cutre, es usado por quince familias, que cada pieza es compartida por siete u ocho personas que no se conocen, que duermen en el piso, que el lugar es húmedo, estrecho, frío, sucio, roto; mejor dicho, es la mugre misma, el único tesoro de los pobres. Y que los tres mil pesos diarios incluyen, claro está, a las ratas y los ratones… Amable oyente, de aquí a la calle hay un paso que se camina con escandalosa facilidad… Y no es la primera vez que encierran a una madre de inquilinato, quedando los niños desamparados, y la policía ni nadie les toma en cuenta. Algunas logran escapar de la prisión, como sea, porque los niños son lo más importante del mundo. Pero el grueso de las madres se pudre en la cárcel, solamente porque han cometido la imprudencia de ser más pobres que los demás… Llegan a estos inquilinatos las gentes más humildes de Colombia, huyendo de una guerra sin fin. Y aquí, sin trabajo, en una ciudad que no puede absorber a tanto miserable, están a merced del primero que llega a orientarles… Supongo que estamos hablando del círculo vicioso de la violencia colombiana… Y bueno… Judith tuvo que sufrir mucho en este inquilinato. Con toda seguridad, conoció la violencia familiar llevada al terreno de la locura, el machismo tenaz, el maltrato brutal a los hijos cada vez que el papá llega tomado, y habrá convivido con jóvenes enviciados, y habrá conocido el sexo a la fuerza, y habrá participado en las carreras del rebusque toda vez que los ladrones llegasen aquí buscando escondido, y habrá visto a más de una madre dando palo a los hijos solamente porque su hombre tuvo un lío de faldas… Y la señora que protegía a Judith no se cansaría de recriminarla: “Esta niña se hace la huevona y me la está montando”, “cogió el túmbilo equivocado conmigo”, “esta gonorrea, esta triple gonorrea me las va a pagar”… Y como allí no se le brindarían muchas perspectivas, como el trato no sería suave precisamente, salió a la calle a crear su parche. Porque aquí, estimado oyente, no existen los grupos de amigos, sino los parches. Simplemente, porque la vida está en deuda continua con ellos y de alguna manera se la cobran… Su mundo es muy duro y no caben los amigos, por más que guarden el mismo código universal… Los gamines, así les llama la ciudadanía, se respetan el espacio de dormida, y el reparto del robo es equitativo, y comparten la bicha y el pegante que les va matando, y si no se encuentran en la fuga se buscan y si es caso se las cobran, y si alguien fue sapo o no quiso diálogo, ahí dicen: “Bueno, pues nos damos”… ¡Ey, señora!, ¿qué hubo?… ¡Una señora, muy malhumorada, me está sacando a golpes del inquilinato!. “¡Móntela o no la monte!”… –me dice. Mejor marcho de aquí. Buscaré a Judith por otro lado… Camino, triste, por calles tristes… Mucha gente siente asco cuando se cruza con los indigentes. Yo siento pena… Y pregunto por la niña a los habitantes de El Cartucho que están fumando sentados, hombro con hombro, con otros, tristes como ellos, sucios, maltrechos, como jirones de humano, en macabras hileras, anunciando su muerte, llamándola a grito sordo, con nada y con nadie porque no son siquiera alguien, por una china muy mona pregunto, pero tampoco están las preguntas para ser escuchadas por alguien que no existe y quedan ahí, a medio camino de ninguna parte, y se mueren así, como la gente que es desechada… Pregunto, pues, a la gran mancha humana, entre el olor dulzón del bazuco, hombro con hombro, pero están pendientes todos de un hilo, todo de un hilo está pendiente, y mis preguntas se ahogan antes de caer al agua y prefieren ser calladas. Se ven algunas heridas espectaculares. Se toman aguas negras, de las que corren por aquí, porque al fin todos han de acabar en el botadero, en cualquiera de los botaderos de basura de las afueras de la ciudad, el cementerio de los habitantes de la calle… Siento que la gente que no es gente no está muy contenta. Se rumorea lo del intento de masacre. Y pregunto, me decido y pregunto por la niña Judith, a las gentes que están sentadas, medio tumbadas medio botadas, ninguneadas, sobre el piso mugriento, fumando bazuco. Me animo y pregunto, a los que  aún respiran, por Judith…

 

         “¡Que viene Mario, que viene Mario!”. Alguien me ha confundido con la gente del DAS, el D-2, la DIJIN, o cualquier vaina de éstas… 

 

     “No, no, ¿cómo va a ser?”… Intento tranquilizarles.

 

         “¿Cuántos lucas tiene?… Me lo pregunta alguien que ve el miedo que tengo…

 

     “¡No me sea faltón!”. Me lo ha dicho un tercero.

 

         Creen que puedo delatarles…

 

         Esto se complica…

 

         “¿Qué hubo, parces?”… Contesto con lo poco que me queda de sangre fría…

 

          Y ahora son muchos los que me miran. El ambiente está tensionándose por momentos… Se dan cuenta de que nadie me conoce… Están pensando en caer sobre mí… Así que intento bajar la presión igualándome a ellos, haciéndome pasar por un tipo duro. Y señalo, con los labios, un cadáver botado en el suelo… “¡Quedó frío el muñequito!”… Y luego me callo.

 

          Parece que algo se han tranquilizado…

 

          Así que meto la segunda y acelero suavito para no alborotar el gallinero…

 

          Y marcho hacia la olla más cercana, ya sabe, al lugar donde uno puede conseguir cualquier cosa prohibida, hacia la olla de la novena…

 

 

©Relato breve extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

 

 

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~ por Iñaki Etxebarria en 14, febrero 2009.

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