Xeny (relato)

      Ya no es una niña y quizá nunca lo haya sido. Xeny siempre imaginó que su mamá había tenido razones poderosas para marchar a los Estados Unidos y abandonarla con sus cinco hermanos pequeños, al cargo de una tía tan pobre que pronto hubo de pedirles que eligieran su destino. Esta pequeña persona comprendió bien la intención y salió de casa para que sus hermanos pudieran quedarse… Así, sola, comenzaba su vida en la calle cuando aún no había cumplido los diez años… En el centro de la ciudad conoció muchos niños que consumían pegamento, marihuana y otras drogas. En realidad, ella no sabía bien lo que era una “niña de la calle” hasta que un día una compañera de infortunio le dijo que le hiciera al pegamento, lo único que había para olvidar las penas, el hambre, el frío, el miedo… Y así fue como Xeny comenzó a inhalar cola de zapatero. Y cuando ya se sentía una niña más de la calle, comenzó a robar y a vender su cuerpo. Y en el hormigón gris, en el negro asfalto, entre las basuras vio gente mayor que explotaba a los niños, policías que les golpeaban, demasiadas personas a las que simplemente daban asco. Y así fue creciendo, en la calle, por las calles, hasta ahora que va a cumplir los dieciocho. Y se siente afortunada porque puede contarlo a pesar de todo. Hoy, en una covacha húmeda, maloliente, en un lugar cualquiera del cinturón de miseria que rodea la Ciudad de Guatemala, Xeny se esconde de dos policías que quieren matarla… Escapa la última nube y el sol ilumina tenuemente el umbral de un inmundo albergue. Un haz de luz mañanera recorre un pasillo de piedra enmohecida, rebota en el único punto sin mugre de un espejo, se cuela por el agujero de una cerradura antigua y va a morir en los ojos de Xeny, despertándola. Y la tos le hace incorporarse. Tiene hambre. Siente las patadas de su niño en el vientre. Le embarga la soledad, la incertidumbre, la angustia. Y la primera imagen que acude a su mente es la de un hombre abofeteándola frente a las demás prostitutas, justamente cuando se enteraba de que “su protegida” había estado ocultándole su embarazo desde hacía siete meses. Lleva tres días sin levantarse de la cama. Sabe que tendrá que cambiar de barrio. Y la primera frustración del día le llega cuando repara en que tendrá que bajar el precio de su cuerpo embarazado porque no tiene otra opción para sobrevivir… La patrona golpea bruscamente el carcomido portón, entra sin permiso, se acerca calladamente hasta la cama, arroja la luz de un quinqué sobre el rostro triste de Xeny, mira fríamente sus ojos y se limita a decirle que busque a su hija, donde sea. Luego da media vuelta a su estirado esqueleto y deja sumida a la joven en la más profunda de las tinieblas. Ahora no entra luz en la covacha ni en su mente. Sus neuronas trastabillan en la oscuridad buscando alguna imagen remota que las anime. Son muchas las veces que ha visto cómo esta señora obligaba a salir con un hombre a su propia hija, Gladys. Y sólo tiene nueve años. Y la odia por ello. Pero debe dos mensualidades por el alquiler de la pieza y se siente atrapada. Así pues, deja de buscar algo que no existe, retira la cobija de su cuerpo, la mano de su vientre y se levanta. Ciñe a su cuerpo un pantalón negro de fibra sintética, se cubre las formas con un blusón blanco y se echa a la calle, al compás incitante de sus zapatos rojos de tacón alto… El sol no consigue alegrarla… Camina jalando de su soledad por las calles de la violenta Ciudad de Guatemala… Y se renueva en ella un miedo muy especial, un miedo mucho más grande que todos los muchos miedos que siempre le han acompañado en su malvivir por las calles… Xeny alcanza a divisar el Parque de la Concordia y su corazón comienza a palpitar con vehemencia. Para ella, más de un sueño se creó y se destruyó en este pequeño espacio. Y observa que el lugarcito sigue reuniendo a artistas, a vendedores de lotería, revistas eróticas, drogas, dulces, pájaros de tierra caliente… A los paseantes que se congregan en torno a charlatanes, payasos-mimo o en los diversos puestos de comida popular que allí han proliferado. Y se dirige hacia el comedorcito de “la mamá de los niños de la calle”, como la llaman ellos mismos, a quienes da de comer por un precio ridículo o gratis… Ambas mujeres se saludan con una sonrisa espléndida y una caricia mutua en la palma de la mano. Con ello rememoran dos años sin haberse visto. La señora limpia un espacio del asiento corrido y se lo ofrece. Y lo primero que Xeny le cuenta es lo del güiro que lleva dentro. Esta señora buena le sonríe y le sirve dos panes, unos frijoles y un vaso de leche caliente. Después, la  joven cambia de tema y le muestra una foto reciente de Gladys. Y, aunque no la conoce, le comenta que está habiendo una fuerte jalazón de niños y niñas a prisiones de menores, quienes viven atemorizados como nunca… Y le cuenta que hace unos minutos se han llevado a dos patojitas por la fuerza, que se han tenido que arrojar del carro en marcha, que una de ellas se veía realmente grave…  Y se santigua… La mujer sirve a Xeny un pedazo de yuca y le platica que más de diez mil niños sobreviven en las calles de Ciudad de Guatemala, que muchos están escapándose de los reformatorios infantiles porque son peores que las cárceles… El sol de octubre comienza a calentar. Xeny acaba de desayunarse mientras observa el ambiente en el Parque de la Concordia, que ahora es de los niños sin hogar. Lleva dos años sin dejarse ver por el centro y se da cuenta de que no conoce a muchos de ellos. Los chicos han pasado la noche bajo las carpas de las casetas. Algunos todavía permanecen adormilados. El mayor ha repartido cola entre todos y flexean al sol con la bolsa o el bote escondido bajo sus ropas harapientas. Otros juegan a las canicas. Varios más observan el paso de la gente, atentos a las gafas de sol y las cadenas de oro. Tres niñas, de siete, de diez, de doce años, han dormido arrebujadas con los niños. Ahora bien, aquellas que alquilan su cuerpo en el parque suelen rentar habitaciones en grupo porque corren más riesgos que ellos de ser molestadas durante la larga noche. Aunque también es frecuente ver a chicos que un día aparecen bien vestidos, con dinero en el bolsillo y el alma arruinada. En muchas ocasiones les llevan a la fuerza, ante la impasibilidad de la policía y la propia gente, que les consideran basura. Cuando las maras ven esto la emprenden a palos y pedradas contra el carro. Y más de una vez han salido balaceadas. Y aunque es la propia sociedad la que genera niños de la calle, ellos saben bien que la gente no siente vergüenza de que existan; tan sólo miedo, asco o indiferencia… Xeny continúa buscando a Gladys por la quinta avenida, por la sexta, por la doce calle, por la trece… Nada. Y lo intenta en El Barajuste, un pequeño rastro donde los guatemaltecos acuden a comprar los espejos y las radios que los niños han robado de sus carros… Allí, la muchacha de ojos tristones, muestra la fotografía a la señora que por unos pocos lenes lava la ropa de los niños. Y ella  responde que no la conoce. Pero un chavito, negrito de mil lunas, le quita la foto de Gladys, echa un vistazo y asegura que el día anterior vio a esa niña en El Hoyo, allá en el mercado de La Terminal… Y se encamina hacia este lugar. Antes, recorre la placita de El Barajuste, atestada de revendedores. Y recuerda, sin quererlo, la aterradora experiencia que se inició allí mismo la mañana del seis de julio de mil novecientos noventa… Ese día se había juntado Xeny con una buena parte de la mara de El Barajuste: “Catrachito”, “El Soruyo”, “Capitol”, “El Canario” y cuatro niños más. Tomaban una taza de atole entre todos mientras aguardaban a que pasara alguien a quien robar. Y en ese momento se detuvo junto a ellos una panel beige con vidrios polarizados. Y bajaron cuatro hombres. “Buenos días, muchás. Disculpen, ¿a quién de ustedes le dicen Capitol?”… Y en cuanto respondió el muchacho, sacaron sus pistolas y comenzaron a golpearle hasta dejarle inconsciente. Xeny se colgó del brazo de uno de ellos pidiéndole que no le maltrataran más. “¡Ahorita ya no van a sentir el daño porque se van a morir!” -dijo uno de ellos, al tiempo que les llevaban a patadas hasta la panel. Alguien gritó entonces: “¡Mátenlos!”. “¡Ya estamos cansados de que nos roben!”. “¡Sólo son basura!”… Xeny oyó esto y se echó a llorar… En el camino les colocaron un costal en la cabeza y les durmieron… Y llevaba la muchacha siete horas en el cementerio cuando despertó… Y pudo ver que aún seguía en la camioneta. Que tenía unos alambres metidos en el cuerpo. Que sus compañeros estaban colgados de unos palos, torturados hasta el límite de la vida… “Digan la verdad, muchás, ¿quién se robó las Reiban del general?, ¿quién violó a la hija del coronel?”… Y los chicos gritaban que ellos no habían sido y pedían que mejor les mataran de una vez. Pero el cementerio estaba desierto y el barranco se tragaba sus lamentos… “¿Qué vamos a hacer con la muchacha?”… “A ella la mataremos de último”. Cuando Xeny oyó esto nada se le ocurrió más que ponerse a rezar… Y, al rato, llegó uno de ellos con papeles y fotografías de los nueve niños y los quemó en una cueva… Todo parecía claro para ella… Y bajaron a El Canario poco tiempo después. Estaba irreconocible. Y aún pudo decir… “Xeny, tú todavía tenés fuerza para tirarte al barranco”. “Prefiero que te morás ahí, pero que no vayan a hacerte más daño”. Y, a continuación, le arrancó los alambres… “Nosotros ya no tenemos salvación, pero presiento que Dios te va a dar más vida para que lo contés”. “¡Tirate ahora!”… Y Xeny salió del carro, vio un paso y se fue al barranco inmenso… Recuerda que caía y caía sin ver un final… Hasta que despertó en el intensivo del hospital San Juan de Dios… Había quedado colgada de un palo… Luego de mes y medio de cuidados intensivos, los médicos diagnosticaron que quedaría inválida. Pero Casa Alianza pagó su operación de columna. Y cuando se recuperó le contaron cómo dos policías* habían intentado secuestrarla en el hospital con mil argucias. Y se enteró de que dos cadáveres habían aparecido en el bosque de San Nicolás, otros dos en la Zona Cinco y dos más en Villa Nueva. Y de El Soruyo y El Canario nunca se supo… Desde entonces, todo es terrible para ella… Xeny decide buscar a Gladys en el puente de El Barajuste, de camino hacia La Terminal. Por estos andurriales, la vida es aún más dura para las niñas de la calle. En otros lugares de la ciudad siempre hay alguna mujer que ayuda. Pero las prostitutas de aquí son de otra condición. Y obligan a las chicas nuevas a pedir poco dinero a sus clientes bajo amenaza de “rayarles” la cara. No hay señal de Gladys. Los clubes de El Hoyo están llenos de niñas, pero no la conocen. El nauseabundo lugar es frecuentado por los más chiquitos de la ciudad. Uno de ellos, que no ha de tener más de siete años, le dice que la vio hace dos o cuatro días, más o menos. El niño anda ya muy loco y sólo se ocupa en repartir cola de zapatero entre su mara. Xeny hace amago de marchar. Cuando el patojillo la retiene y le cuenta que vino por ella un señor que parecía extranjero. Xeny sabe bien a quien se refiere… Este individuo ayuda solamente a las niñas que se ven bonitas. Las alimenta y las viste para venderlas a gente adinerada. Promete a la niña que va a tener todo lo que necesita una mujer. Y ella se ilusiona porque piensa que su vida va a cambiar. Y algunas han logrado casa y cierta comodidad temporal. Pero la mayoría de ellas nada consigue sino ser explotada, vendida a los Estados Unidos, usada para transportar droga en su cuerpo y, casi siempre, hijos no deseados… En una ocasión pillaron a este hombre con quince niñas dentro de una camioneta, además de pegamento, marihuana, cocaína, pastillas… Y fue preso. Pero a los quince días salió con una fianza de quince mil quetzales. Alguien preguntó al juez por ello. Y éste respondió que lo que manda es el dinero, no la pobreza, que si no cobran las fianzas y las multas tampoco a ellos les pagarían. Y aquel replicó que “de hecho, usted cobra para que haya niños y niñas de la calle”… El proxeneta no está en casa. Xeny habla con “La Pitufa”, “La Chao” y “La Marlen”. Le cuentan que Gladys escapó nada más llegar. Que el proxeneta se está moviendo para que otras niñas salgan del reformatorio… La joven Xeny está cansada. Pero se ve atrapada por la patrona. Y decide seguir buscando en el basurero de la Zona Tres… Familias enteras viviendo en cajas de cartón, entre montañas de desperdicios, enjambres de niños reunidos al calor de la cola de los zapateros, chiquitas exprimidas que se pelean la basura con los perros y los zopilotes. La tarde cae. Xeny no encuentra a Gladys pero sí la tumba de “La Beba”, la perrita negra de los niños de la Dieciocho calle que les acompañaba a todas partes. La mató un policía. Ese día llegaron niños de toda la ciudad para enterrarla. Supongo que la querían porque se miraba como ellos… Y en el parque de La Concordia, le cuentan unos patojos que varios agentes les están obligando a robar. Cada día les dicen: “Bueno, muchás, ¿qué, no tienen nada que hacer?”. “¡A trabajar!”. “Aquella señora lleva una cadena, aquel un monedero”… “¡Y traigan lo que les decimos porque si no se van presos!”. Le dicen que el primer día no quisieron hacerlo y se llevaron una buena somatada. Lo cierto es que a partir de entonces suelen recibir los golpes de la gente y además deben entregar lo robado a los policías… Xeny se sienta en un banco junto a los homosexuales y piensa que Dios no abandona a los niños de la calle. Que siempre los habrá aunque quieran deshacerse de ellos. Que seguirán llegando desde el interior del país, desde Honduras, Panamá, Nicaragua o El Salvador. Niños que son víctimas del desarraigo, de la desintegración familiar, de la violencia, la miseria, el alcoholismo, de los prejuicios raciales… Y se juntarán diciendo que en su barrio hay guerra, que en sus selvas hay guerra, que en las montañas de su país hay guerra. Y que allá su libertad es la muerte… Lucen las farolas del parque de La Concordia. Hay en el ambiente olores diversos, a ozono, a pájaros, al tabaco de las cigarreras. El cielo está cargado de nubarrones. Xeny continúa mirando a todas partes. Siente pánico porque el cuartel de la Policía Nacional está a media cuadra de allí. Y tiene la sensación de que la van a jalar por detrás en cualquier momento. Su existencia es extremadamente complicada. Sola. Embarazada. Amenazada. No puede trabajar aquí ni tampoco allá. Tendrá que buscar un barrio alejado del centro. Pero no quiere seguir pensando. Siente hambre y no ha dejado de soportar un sudor frío desde que llegó al parque… Y hasta aquí, ya entrada la noche, se acerca una mara que no ha conseguido robar. Cuando esto sucede, por no tener que pedir ayuda entre los suyos, algunos prefieren dormir solos en cualquier parte. Son cinco, unos más alegres que otros, todos negros y andrajosos, bromeando continuamente porque no pueden dejar de recordarse, en cada uno de los momentos, que son amigos incondicionales. En esta época de invierno, los más pequeños, los menos expertos en las técnicas del hurto, vienen con leñas para quemar algunas penas sobre la hoguera. Xeny les observa. Varios se ven enfermos por las lluvias. Pero los dos mayores están sancochando unos “montes” para ellos. (En el Seguro Social no suelen atender a los niños sucios o desamparados)… Se cierne la noche sobre el parque de La Concordia. Poco a poco van marchando los payasos-mimo y los charlatanes, los vendedores y los artistas, las cigarreras y los homosexuales… Y por último los niños que han conseguido plata para la pensión. Se prepara la lluvia. Ha cesado el bullicio y las carreras traviesas de los chicos. Pero han quedado algunas risas. Y el llanto de un pequeño lamentándose por los que marcharon, porque ellos hacían feliz al parque… Xeny detiene su mirada en el viejito que llega y observa a los chicos en estos momentos dramáticos de cada noche… Cuando, de imprevisto, perdida ya la esperanza de encontrar a Gladys, irrumpe en el parque con un grupo de niños y se dirige hacia ella como si nada hubiera sucedido. Y lo primero que hace es contarle, con mucho entusiasmo, que vienen de la Sexta, del cine de los niños de la calle. Está contenta porque el señor les ha puesto tres cintas de Mickye Mouse por dos quetzales. Se mira más delgada, la tez morena, los labios resecos, el cabello greñudo y sus pies descalzos y renegridos. Pero sonríe. Y Xeny le dice que ha venido para llevársela a casa, que la calle no es un buen sitio para una niña. Gladys no quiere ir. Dice que está bien, que no más la maltrataron algunas veces cuando pidió limosna. Y asegura que ya no hay problema porque ahora roba en una mara. La joven mujer insiste y miente que su mamá está muy triste desde que se fue. Pero Gladys no se lo cree. Sabe muy bien que no la quiere. Sin embargo, en la calle siempre hay algún niño para quien ella es importante, siempre alguien dispuesto a protegerla. Qué hacer… La mujer ha comprendido muy bien a la niña. Y sabe que, en estos casos, es preferible ser prisionera en la calle que en un mal hogar… La lluvia está apagando la hoguera y ha hecho que todos corran a refugiarse bajo los toldos recogidos de los puestos de comida. Quien más quien menos ha conseguido sus cartones. Alguien salvó del aguacero un par de diarios que ayudarán a mitigar el frío. Los más pequeños caen rendidos en cuanto entran en la guarida. Los demás aguantan flexeando un rato más. Hasta que las neuronas que han sobrevivido a la cola de los zapateros yacen extenuadas. Y se acurrucan, unos sentados, otros acostados, al abrigo del solidario hogar. El mayor de ellos se ha hecho con un buen palo pero ahora no sería capaz ni de levantarlo. Xeny mira a Gladys como si fuera la última vez. Le acaricia la palma de la mano derecha, con infinita ternura. Y se va… El reflejo de la farola sobre los charcos ilumina brevemente lo que parece una despedida… Con hambre, con sed, con frío, mojada, no le queda otra que hacer la calle, la Dieciséis calle. Todos los comercios del centro han cerrado. Sólo se ven guardias de seguridad y, ocasionalmente, alguna persona caminando apurada, mirando hacia todas partes. La lluvia cobra intensidad. Y decide mojarse sin medir las consecuencias. Esto siempre consiguió alegrarla. Cuando el cielo se desgaja y ella está sola, imagina, llega a escuchar, deliciosos conciertos de marimba. Cada gota de lluvia es una nota musical en la inmensa orquesta de la calle. Cuando la tromba arrecia, entran a un tiempo en su alma todos los coros, gentes de todos los colores, cada cual con sus dos macillos, interpretando una partitura tan loca como lo sea la lluvia sobre los metales, el asfalto, el vidrio, o su rostro ahora inundado, que le da la vida en este día aciago. Y quiere llorar pero no puede porque es demasiado lo que ríe. Y sus piernas la conducen, la arrastran inexorablemente hacia cualquier esquina de la Dieciséis calle. Sigue la música loca. Que ha ganado en vigor porque su amor es ahora una fuerza creciendo. Nadie existe que pueda arrebatárselo. Porque nadie se ha aventurado a mojarse para escuchar la llamada sinfónica de un millar de personajes locos. Y Xeny, borracha de vida, sueña que sí hay cosas alegres en la vida de una niña de la calle. Y recuerda el día de Navidad, cuando algún creyente comparte pan con ella, café caliente, dulces, ropas. Y ya tiene algo con qué cambiarse. Algo nuevo con lo que iniciar una quimera que esa misma noche se desvanecerá. Es alegre cuando han ayudado a acarrear agua a la mamá de los niños o a la señora de los inodoros del parque y con ello han conseguido unos centavos honradamente. Es alegre cuando una señora les dice “adiós, nena” o “¡mira qué linda nenita, qué tan sucia que anda y se mira graciosa!”. Es alegre cuando hacen sonreír a un niño con hogar. O cuando le dicen “nena, te regalo para unas tortillas”. Es alegre que le llamen y no sientan asco ni la desprecien. Entonces, ahí dice la niña: “Algo valgo para ellos”. “Todavía hay gente que me quiere”… Xeny ha llegado a una esquina desocupada de la Dieciséis calle. Y la música disminuye de volumen, abruptamente, cuando repara en su aspecto desastroso, en su pelo huero, oxigenado, sobre la cara, en la pintura de los ojos, corrida sobre unas ojeras muy marcadas, en una blusa mojada que muestra sus pechos grandes y su enorme vientre de siete meses. Y cruza la calle. Y pide ayuda a una prostituta, muy mayor, que le dice, mirando nerviosamente a ambos lados de la calle, que como no se vaya inmediatamente le va a rayar la cara. Xeny no insiste y busca algo con que lavarse el rostro ennegrecido. Pero nada encuentra. Ebria por la música de la gran marimba, que vuelve a sonar sublime, moja su cara con una lluvia que no afloja. Y la frota. La frota en vano afán… Y, de pronto, cesa la melodía. En el momento mismo en que una panel beige con vidrios polarizados se detiene a media cuadra de allí. Y descienden varios funcionarios de civil. Y también, uno de los policías que la persiguen. Xeny se muere del susto. Se vuelve instantáneamente y cruza la calle sin mirar si la siguen. Dobla la esquina. Se quita los zapatos de tacón y aprieta a correr como una loca por la calle encharcada… Nadie a quien recurrir. Gritar a la policía sería una pendejada. Nadie a quien hablar, a quien llorar. Y corre y corre sin mirar atrás. Porque sólo confía en Dios y en sus piernas. Corre agarrándose la barriga, como puede. Corre y corre. Ella cree que le han reconocido pero no sabe si le persiguen. Y es que ahora no quiere saber nada. Sólo corre y corre. Hasta que al fin encuentra un pasadizo oscuro, lleno de basura. Entra y busca, desesperadamente, dónde esconderse. Oye voces de hombre. “¡Ay!”. Tropieza con un mendigo y a poco le da un infarto. El hombre sale asustado del callejón. Xeny sigue corriendo. Hasta que un muro le impide continuar. “¡Oh!”… Y distingue en la penumbra un viejo automóvil. No tiene puertas ni ventanas. Se mete. Se acurruca dentro. Se esfuerza por evitar que se oiga el delator jadeo. Pero no puede. Enjuga sus lágrimas. Quiere escucharlo todo. Pero su respiración no se lo permite. Oye ruido de ratas junto a ella. “¡Ay mi Dios!”… Quiere morirse. Desea morirse. Pero no puede. Y no aguanta tanta angustia. Va a explotar de un momento a otro. Retiene la respiración. Intenta escuchar. “¡Hhhahh!”. Siente pasos, cada vez más cercanos. Y no sabe si es el policía o el mendigo… ¡Y ya no aguanta más!. Y su grito encendido, desgarrado, “¡¡¡¡mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!”, se apaga en la frialdad de un millón de corazones.

 

 

 

 

 

*    Según Amnistía Internacional, los cuatro hombres eran miembros de la Policía Nacional. Xeny identificó a dos de ellos, que hoy cumplen condenas de treinta y sesenta años. Los otros dos, están en libertad.

 

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 9, febrero 2009.

4 comentarios to “Xeny (relato)”

  1. Es un relato muy humano, muy realista, muy desgarrador. ¿Has vivido en Guate alguna vez? Yo tuve la oportunidad de vivir 2 años y meidentifique mucho con esta realidad.

    Me gusto mucho el relato

  2. Hola Iñaki, me ha atrapado, no he podido dejar de leer…y pensar que es la cruda realidad de muchos niños…
    Tal vez suene a mas de lo mismo, pero, muchas veces nos lamentamos de nuestros problemas y solo leyendo algo como esto, o viendo en la televisión, reportajes, como el que vi ayer sobre la guerra en Gaza…te das cuenta de que somos unos privilegiados, es como una bofetada…
    Gracias por escribir. Saludos.

  3. Sí, Carolina. Tuve el honor y el dolor de vivir un año en el país de la eterna primavera y el eterno dolor.
    Gracias por tu comentario.

  4. Alguna bofetada ya nos tenemos que dar de vez en cuando, Ángela, aunque sólo sea para darnos cuenta de que además de ser unos privilegiados, todos hacemos que el mundo esté desgobernado por la desidia, la falta de respeto y el desamor.
    Gracias por tu comentario.

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