El valor de la rebeldía (relato breve)

           Sobre el mostrador de este bar se han posado penas tan profundas que no se pueden imaginar. Me ha tocado ver a muchas chiquitas a quienes sus familias hicieron caer en la vida, pequeñas que escaparon de un padre o padrastro que abusaba de ellas ante la pasividad de sus madres, muchachitas vendidas a los aliciadores con promesas de un empleo digno y más tarde obligadas a prostituirse… Pero ninguna ha conseguido causarme tanto dolor como esta niña. Nadie conoce a sus padres. Siquiera tiene un nombre. Dice que siempre la llamaron así, “Menina”… Rondaría los diez años cuando la conocí. Yo la sentí como una víctima más de la exclusión. Y me acuerdo bien del día en que llegó. El cafetao anunció una niña “sellada” a los terratenientes de la región y a los garimpeiros de fortuna. Y la violentó por primera vez un hombre tomado, perverso, como no podía ser de otro modo. ¡Ya ven, ninguno de ellos vale lo que un miligramo de oro y que Dios me perdone!… Y tuvo que pasar un tiempo hasta que alguien consiguiera ver los ojos de esta muchacha, quien arrastraba una vergüenza que es de cualquiera excepto suya… El aliciador le prometió que aquí tendría todos los juguetes que quisiera. Pero aún está por ver el primero, tres años después. Y lo único que siente cómo mejora es la deuda que su cafetao asegura que mantiene con él por el largo viaje desde el Nordeste hasta la Amazonía, por las ropas, los perfumes y los remedios que dice que tuvo que adelantarle. Es el cuento de siempre. Y el dinero nunca pasa por las manos de las niñas, esclavas más de cien años después de que se aboliera la esclavitud en el Brasil. Pobre Menina. Ahí la ven, sentada sobre el ventanal, tan callada, tan triste. Es sólo una frangiña y cualquier día la trasferirán como deuda a un nuevo dueño. Porque los garimpeiros ya la miran como a una niña “trouxa”. Y la llevarán de garimpo en garimpo, de ciudad en ciudad, por toda la Amazonía, haciendo la tradicional ruta en el tráfico de niñas esclavas. O la usarán como “avión” para transportar drogas ahora que ya la enviciaron a la mela. Y de boîte en boîte, de cabaret en cabaret, de prostíbulo en prostíbulo, lo único que ganará es un injusto desprecio hacia sí misma. Y aún me da más pena cuando la veo en el bar cerca de Gaucho. O asomada al ventanuco de su ínfima pieza, en el prostíbulo de enfrente, atormentándose cuando ve pasar al muchacho con su linda novia de larga cabellera dorada. Él es su amor platónico. Sí, es verdad que este muchacho es un artista controlando la bola, sencillo y buen amigo de sus amigos, que tiene los nobles sentimientos de su papá gaucho y el arte templado de su mamá carioca, que a sus quince años se trae a muchas chicas de calle. Pero lo que Menina siente por Gaucho es especial… Y ella, tantos hombres a su lado y qué sola está… No es de extrañar que me dijera que sólo vive para escaparse, para tomar una de esas gayolas que surcan el río y buscar refugio allá donde aseguran que hay mamás y papás que quieren a las niñas meretrices. ¡Madre mía, no sé quién le pudo decir eso a la pobre!…

 

          ¡Ay mi Dios, ha terminado el partido sin goles y ahora vamos a los penaltis! ¡Me van a pedir las diez mesas a la vez!…

 

        “¡¡Una más!! ¡¡Una más!!”…

 

          El periodista de televisión opina que se ve a la gente defraudada. Y es que se ha llegado con dificultades a la final y hoy la selección de Brasil se ha encontrado con Italia, un equipo correoso que ha venido a llevarse el Mundial de Fútbol 94. “¡Lo han intentado Romario, Bebeto, Dunga, pero no ha podido ser y la final va a decidirse a los penaltis!”. “¡Recemos todos, porque Brasil necesita el tetracampeonato para olvidarse de tantas penas!”… –dice el comentarista. Y un trombón intenta animar la fiesta. Entra el ventarrón que precede a la tormenta. Y mueve los cientos de banderines verdes çy amarillos que animan la lanchonete. Caen al suelo varias sillas metálicas. Vociferan los garimpeiros, aventureros huecos a los que sólo alimenta el sueño de un gran bamburro. “¡¡Una más!!”. Y aunque aseguran que el oro es su único amigo, casi siempre acaba por traicionarles. Está acompañado el cafetao por el aliciador que vive de embaucar a las niñas en el Estado de Marañón, por varios pistoleros y un policía para quien las niñas no son siquiera una providencia. En la mesa de al lado toman el Delegado, que ni oye ni ve y sólo cobra, y el juez encargado de mantener todo en la impunidad, entre otros alicientes porque no tiene el modo de hacer cumplir la ley. Y, si no fuera suficiente el hedor que despiden, estoy convencida de que todos ellos están metidos en el negocio de las drogas… Y en la mesa de la esquina está Gaucho, con su novia paulista y su futuro suegro, el ciudadano ingeniero.

 

          Todos se ven nerviosos, a vueltas con la victoria…

 

          Menina mira de hurtadillas a su amor platónico, cuando cree que nadie le ve…

 

          Comienza la tanda de penaltis.

 

        “¡Italia y Brasil buscan el tetracampeonato del mundo!” –se desgañita el locutor.

 

          ¡¡Una más!!”… –chillan los garimpeiros…

 

          Hoy se le ve a Menina particularmente triste.

 

          Va a caer una tromba de agua.

 

          Las banderitas de Brasil tembletean y se agitan…

 

          La expectación crece segundo tras segundo…

 

          Hasta que la tensión se hace inaguantable.

 

          Y el cafetao se levanta de la silla y se dirige hacia Menina. Y, aprovechándose de que la gente está centrada en el partido, le entrega un bulto. ¡Ay, mi Dios!… Ya sé lo que es. Le he visto muchas veces prestándoselo a otras niñas. Son agujas de croché. Ahora le estará diciendo que se le han acabado las peligrosas píldoras abortivas “citotec”. ¡¡Cielo santo!! Y Menina camina hacia su pieza en el más absoluto desamparo. ¿Pero qué locura es ésta? ¡Puede morir ella también!… ¡Santo Dios bendito, haz algo!… ¡Cómo es posible!… Me dan ganas de enfrentarme a todos ahora mismo y decirles lo que pienso. Claro que aquí, quien clama recoge. Pero lo mismo da. Ya es hora de que alguien pare los pies a estos poco-hombres que trafican o se acuestan con niñas, que no toman la responsabilidad de la anticoncepción, cuando las más pequeñas no conocen siquiera lo que es un preservativo, y tampoco  el sida que malogra a unas cuantas todos los meses. ¿Y ahora qué?… Menina tiene que abortar para poder seguir trabajando. Y se multiplicará la deuda si ella enferma, hasta que nunca pueda pagarla. La sociedad no existe para esta niña. Cada día se da media vuelta ante su tragedia. Y el abandono de todos lo paga Menina. Y los teólogos de alto copete insistirán en su hipocresía, toda vez que sigan dando más valor a la cantidad de católicos que a sus necesidades más apremiantes, más importancia a una vida que aún no ha visto la luz que a una niña en la más absoluta oscuridad. Sin una doble moral, tendríamos aquí un centro de planificación familiar, tal vez. O, al menos, un centro de salud donde se le pudiera regalar algún consejo. O bien quiero preguntarles, teólogos de Roma, si desean cuidar de su hijo para que Menina no necesite abortar. Quizá ustedes puedan darle cariño al bebé, un hogar, un padre, una dedicación que jamás Menina podrá brindarle… Pero esta niña existe para nadie… ¡Por todos los cielos! ¿No va a levantarse alguien para ayudarle? ¿Tampoco tú, Gaucho? Es más importante el fútbol, ¿verdad? Imaginas cómo patearías la bola a la misma escuadra, dando el triunfo a tu amado Brasil. Pero ¿qué pasa, hombre?… ¿Estas niñas no son Brasil?… Voy a salir de la barra y me voy a enfrentar a todos. Les voy a decir que para ellos es más país uno solo de estos once jugadores que quinientas mil niñas esclavas y prostitutas. ¿Es que nadie lo va a impedir? ¿Por qué? ¿Sólo porque no son una especie en vías de extinción de la Amazonía, como dice el padre Bruno? ¡Perderé clientes pero me van a oír, carajo! ¡Como si tuvieran cachaza y no sangre en las venas! ¡Qué pasa, Gaucho! ¿Qué brincadera es ésta? ¡Ahora mismo salgo a por ti! No has visto a Menina, ¿verdad? Habrá llegado a su asqueroso habitáculo. Estará ya en el macabro ritual de la sinvergüenza de todos. Pero claro, es más importante también para ti este gran partido que una minúscula mujer en apuros…

 

          Te desconozco, Gaucho.

 

          “¡¡¡¡¡Goooooooooooooooooooooooooool de Brasil!!!!!” –enloquece el locutor-. Todos se abrazan muy contentos. Y saltan de alegría. Y sueltan una parte de la tensión acumulada en cien minutos de infarto. Y el trombón saca una melodía festiva… “¡¡Una más!!” –me piden. ¡Pobre Menina!… No hay alguien que vaya a impedir semejante sangría, nadie que tenga un corazón suficiente… Todos la ignoran. El ciudadano ingeniero se hace el loco. ¡Mierda, que se sirvan ellos mismos los tragos!. ¡Qué brincadera!… O, mejor aún, le voy a decir a la niña paulista que me atienda un momento el negocio… “¡Gol de Italia!”. “¡¡Continúa el empate, señoras y señores!!”.

 

          Se agitan y temblequean las banderas de Brasil.

 

          Los rostros de los garimpeiros se ven preocupados. 

 

          ¡No aguanto más!…

 

          Camino hacia Gaucho, con la intención de despabilarle.

 

          Cuando veo que el chico mira a su novia paulista. Y permanece en silencio. Y, al fin, me quedo de una pieza cuando oigo cómo la muchacha le dice al garoto, con impaciencia, con ternura… “¡Anda, ve con Menina, corre!”…

 

          Y Gaucho mira hacia la mesa del cafetao. Les observa. Ve que todos están pendientes del segundo lanzamiento…

 

          Y se escabulle entre los garimpeiros.

 

          Caen los primeros gotones en la noche cerrada. Subimos a trompicones la escalera. ¡Por el amor de Dios, que no sea demasiado tarde! ¡Aguanta, Menina! ¡¡Corre Gaucho, corre!! Tiene la niña aquellas agujas de croché en la mano y los ojos inundados de lágrimas. Cuando el muchacho le grita: “¡No, Menina, no lo hagas!”. Y se clava de rodillas ante ella, implorándole… Pero Menina le responde, sollozando, que no puede elegir, que no podrá vivir si no lo hace. Rebosando amargura, le dice que el destino la obliga. Y puede que sea cierto… ¿Cómo podría dar esta niña una dignidad entera a la criatura?… Porque no, no fue precisamente el pez boto quien la embarazó… Menina llora por impotencia y ni sabe por cuántas cosas más… Gaucho intenta calmarla… Y saca el pecho por ella, por Brasil y la Humanidad. Y afirma con hombría que el papá del niño es nadie más que él (…) 

 

          Y la toma de la mano.

 

          Y salen, a la brava, del inmundo lugar donde la muchacha vio cómo se le iba la vida.

 

          Y huyen escalera abajo, existencia arriba…

 

          Sin detenerse en la calle mojada, colorada…

 

          Tampoco para pagar su “pase de libertad”…

 

          Porque ella ya nació libre.

 

          Y corren por el sendero que va directo al río…

 

          Cuando el diluvio entra a saco en el garimpo…

 

          Y me llevo una sorpresa cuando veo que Gaucho tiene lista su canoa. Que todo lo tiene atado y bien atado. Que se ha pertrechado de un amplio hule bajo el que ahora se cobija Menina. Y libera la embarcación. Sin que apenas me dé tiempo para un pequeño abrazo, en medio del impresionante aguacero. Y casi ni un segundo tengo para meter unos reales en su bolsillo… Y tampoco me sale la voz para decirles… ¡Chao, Menina, te quiero!… ¡Hasta la vista, Gaucho, me gustan los jeitos que te acompañan!…

 

          Y el río se los lleva…

 

          Ya ni los policías ni los pistoleros les alcanzarán a tiros por la espalda. ¡Legal!. No consigo verles. Mejor, regreso. “¡¡Chao hermana, te quiero!!”…              -oigo que me dice mi hermano-. Pero no la veo… ¡Esta noche creo que no pararé de sambar!… Hoy sí tengo un buen motivo, ¿no les parece?… ¡Bravo, Gaucho!. Todo lo tenía muy bien planeado. Ya lo creo. Él sí es un hombre entero. Con actitudes como la suya puedo entender el sentido de la rebeldía… No, sin ella no es posible mejorar el mundo… ¡Hoy, sí! ¡Mójame, lluvia! ¡¡Te amo, Menina!! ¡¡¡Corre río, corre!!! ¡¡¡¡Oye, Gaucho!!!!… ¡¡¡¡¡Nuestros papás estarán muy orgullosos de ti!!!!! ¡¡¡Eyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!!!… ¡¡¡¡¡¡Escucha hermano, escucha Menina, escuchen el clamor!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Somos tetracampeooooooooooooneeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeees!!!!!!!!!!!!                  

 

 

 

©Relato breve extraído del libro de relatos “El universo existe por amor”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 30, enero 2009.

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