Colombia le envía una flor (relato)

   “Carlos Alberto saltará de alegría cuando le cuente que estoy embarazada de dos meses”, piensa Adriana según camina sobre lascas heladas, procurando no resbalarse, envuelto el rostro en su propio vaho, en tanto que amanece en la sabana de Bogotá, y mira la mujer el cielo despejado y se preocupa por las flores del patrón, “¡ay, que se me van a helar los claveles y las rosas, los crisantemos, las alstroemerias, los pompones!…”, y nacen nubes de la tierra negra y un viento andino y sabanero, álgido y mojado, las lleva a reunirse con brumazones de otras partes, y es que es la hora del rocío, que no acaba de posarse y ya está helado, “¡ay, mis flores!”, es el espíritu del agua realizándose sobre las praderas y los potreros de Cundinamarca, entre vacas comiendo deshechos de claveles contaminados, fundiéndose con el humo de alguna chimenea, con los aromas a café recién colado, a chocolate, a huevos revueltos, y no desayunó y suena su estómago luego de dos horas de camino, “¿será que protesta mi chinito?”, cuando le llega hasta lo más hondo del espíritu un sueño muchas veces soñado, con él, con Carlos Alberto, celador del parque del Neusa y hombre de bien, y añade un niño o una niña a sus anhelos, y tres fanegadas de ensoñación, de tierra negra colombiana, para la papa, el maicito y las hortalizas, y no habrá de faltar la arveja, el cubio ni la arracacha, para criar dos ovejas, una vaca, cuatro gallinas, allí en la laguna del Neusa, en una casita de ladrillo con tejas de barro para no privar de paja al páramo, sólo tres fanegadas en renta para aterrizar una fantasía, y ya han cumplido seis años cultivando para el patrón, y aún espera el día en que cobrará las horas extras, no más por ahorrar para un sueño, y forja en su cabeza cómo será el lotecito, y ya lo ve pletórico de charnes para madera, y algunas maticas, y un eocenillo, y dos alisos para que retengan el agua, y sacará Carlos Alberto una toma del acueducto, y tendrá la casita su estufa de carbón, y su pequeño jardín a un lado, y se ve sentada junto al marido, bien enruanado, y lo ve cargado de margaritas todo, de geranios, de gladiolos, de pensamientos, y no faltará un durazno ni un pero ni un curubo, “¡ay, las flores del patrón!”, cuando le llega a la mente lo de la descertificación, sí, de los Estados Unidos, por aquello de la lucha contra el narcotráfico, y se siente indignada, “¡cómo así!”, ¡es que le duele que vean a Colombia tan corrupta y violenta!, sin saber que en esta tierra se saca el pecho a una ofensa, sin conocer la Colombia valiente de César Rincón, la generosa de Manuel Elkin Patarroyo, la esforzada de Lucho Herrera, ésta que recurre al talento en los momentos difíciles, la que sabe abrirse de corazón a los sentimientos nobles de la vida, y por qué iban a saber que sesenta y cinco pueblos antiguos, cada cual con sus creencias, valores y tradiciones, hacen de Colombia una potencia cultural, que se establecieron en Nariño y San Agustín los saberes trascendentes de América, que un rito kogui o arhuaco atraviesa todos los días todos los tiempos en la Sierra Nevada de Santa Marta, o que la sabia África entra en Colombia con el ir y venir de las olas de los dos océanos padres, a ritmo de porro y cumbia, de son en la rumbera Cali, tierra de bellas mujeres, si nunca vieron el Caribe enrojecerse, ni las cordilleras andinas corriendo paralelas, escandalosamente verdes, consintiendo a los feraces valles del Cauca y el Magdalena, si no vieron un alma llanera, un vaquero oteando el horizonte bajo una acacia colombiana, ni vieron al paisa emprendiendo, ni los cafetales del viejo Caldas resguardados por manos sabias, ni los volcanes o los Nevados, o el tranquilo embrujo de La Guajira, y qué decir de la Sierra de la Macarena, si no escucharon gemir un acordeón en el Cesar, si nunca dieron limosna a un indigente en un bus de Bogotá, “¡ay mi Colombia, ay las flores del patrón!”, y piensa que cuando el niño aprenda a caminar, caminarán por su país, uno de los más lindos del planeta, donde todos los climas viven, todas las frutas y verduras, los metales y minerales, “un país pobre por ser tan rico”, suspira Adriana, su larga y lacia cabellera, negra y brillante, entregada al viento, andino y sabanero, y su pequeña nariz respingona, yerta, y sus ojos negros, mayúsculos, que miran el suelo, y sus dos labios generosos, besucadores, moviéndose para decir, “¡ay, las flores del patrón!”, y parece no importarle el frío ni el madrugón, y le tocó acostumbrarse a su separación, al trueque de un salario mínimo por toda una vida, a la dictadura de los floricultores, que les prefieren incultos e incultas para que no protesten, ¡maldita sea!, mi Adriana se está envenenando con pesticidas no tolerados por la OMS, y ella sigue preocupándose por el patrón, que la exige rendimientos injustos, que no le brinda una mínima dotación, que está acabando con el agua de la sabana, con la agricultura que produce alimentos, es que está preocupada por un país que no le pone un supervisor, y  sueña con el día en que conseguirá ahorrar el primer peso, sólo para reunir a su familia en un lotecito, no más un sueño de tres fanegadas de tierra colombiana, y parece vivir ajena a la subcontrata ilegal de niños, sin seguro ni seguridad, para construir invernaderos, emplasticarlos, empiolar, erradicar camas de cultivo, arreglar cajas, o despetalar, y ella misma fue contratada por un particular, abusando la empresa todo lo que quiso y más, y parece no molestarla porque vive trabajando y soñando en un país mejor, y es que Colombia no exporta solamente cocaína”, cuando vuelve a refugiarse en su utopía personal, en el Neusa, donde acaba de incluir un niño, quizá una niña, “¡Chévere cuando Carlos Alberto se entere”, y sólo ha transcurrido una hora desde la fumigada cuando la encargada ordena el reingreso de los operarios en el invernadero, aunque los pesticidas indican que no debe hacerse antes de doce, y entra Adriana sin equipo de protección, con el solo anudado de un pañuelo sobre la boca y la nariz, ¡qué tal eh!, ¡y este sol en los cultivos!, y aún saca el pecho por Colombia, por su patrón pirata, para reunir, quién sabe, a su familia en la laguna del Neusa, y tampoco imagina la mujer que por estos seis años de envenenamiento tiene ya un nivel de colinesteraza por el que nunca le darán trabajo en otro invernadero, y los niños llegarán con malformaciones, con el paladar hendido, con problemas en el sistema central, y sufren ellas frecuentes dolores de cabeza, náuseas, alergias, hongos, deficiencias respiratorias, y no cuentan con médicos especializados, ¡y este sol en los cultivos!, ¿y dónde está el Estado?, pero Adriana es trabajadora y cumplidora, y a menudo se preguntan las demás mujeres qué es lo que escribe en los papeles que mete entre las flores de exportación, y ahora la ven renqueando,  y tambalearse, y caer fundida sobre la tierra, todas ven cómo se la llevan, y piensan las veteranas “ya cayó una más”, y dice la encargada “¡sigan, sigan!”, ¿pero dónde hay un médico?, ¿dónde está el patrón?, ¿dónde está tu país, Adriana?, y sí, a todas les llega el dolor de una obrera perdiendo a su hijo, y también su trabajo, y un sueño de tres fanegadas de tierra negra colombiana, y es tanta la curiosidad de sus compañeras, que no pueden menos que ojear lo que Adriana colocaba entre las flores que han de llegar a los extranjeros, resabiada, aburrida, resentida por la injusta fama de que su país sólo exporta drogas, y a ninguna de ellas le sorprende leer: Colombia le envía una flor.

 

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “La costilla de Eva”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 26, diciembre 2008.

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