Siempre habrá un Martín el pescador (relato)

    Medio camina medio que no, el espectro cachazoso, más doblado que erguido, a la vista de unos vecinos que ya no madrugan para ver semejante adefesio por la pasarela, renqueante, maluco, cachazudo, un despropósito humano intentando llegar hasta la casa, si es que se puede llamar así a ese desvencijado palafito enmohecido por las aguas pantanosas. Pero a pesar de estar borracho hasta más no decir, él sabe dónde tiene que pisar y dónde no, qué tabla está podrida, cuál sólo rota, y en qué parte de este puentecillo, siempre provisional, ha de asirse si no quiere dar con los más de cien kilos de cuarentón en la ciénaga de aguas negras. Consigue abrir el portillo, empresa nada difícil. Y antes de decidirse a entrar se hace a sí mismo “¡chhssssssss!”, pero ha querido decírselo a ese sol, rojote, que aún no calienta entre las brumas, que descuella sobre el horizonte y pinta un paisaje bonito donde sólo existe un paraje de vómito. Y se despide, pues, del solote éste. Y, ahora sí, entra y cruje la tarima, de puntillas, para no despertar a la gata delatora de maridos ebrios. Y vuelve a caer en cuenta, estomáticamente, de que siempre agota la noche y luego se ve en apuros cuando quiere alborear el día… Sortea el desconcertado sofá, se golpea con la mesita, en el sitio de siempre (suele ser éste el despertador de la familia) y maldice sin darle tiempo a pensar a quién. Luego deja medio cuerpo doblando la esquina y el otro medio en la pura esquina. Y pisa un asomo de muñeca –tuerta, coja y manca- y un ovillo de seda blanco, que a punto están de hacerle dar un traspié. Seguidito, esquiva unos bultos nada familiares. Y, cuando levanta la cabeza, y en la penumbra se ve contorneado en el espejo del lavabo, se da un susto de muerte, “¡uuhhhh!”. Y reacciona, sólo un poco, cuando consigue ver su ojeroso rostro, su demacrada vida. Y se medio encamina, pues, hacia un rincón de la cocina, bueno, de ese monumental revoltijo de cosos, cosas, cositas, cosuelas y cazuelas sin lavar. Y busca, palpando en la oscuridad, la botella de cachaza que por allí suele parar en los días menos aciagos. No como hoy, que si a cambio no se encuentra con alguno de los desabridos toques que suele regalar la gata al papá cuando viene de aquella manera, es como para dar las gracias. Y es que está más que ceporrona la muy arisca, toda panzona, consentida porque nunca le falta una buena rata que comer, empachada, echada sobre la última zurcidura de la señora del palafito… Y este hombre abre la fresquera (de cuando Salvador era la capital de Brasil). Vacía. Y opta por darse unos restregones en la cara, unos chingadazos a mano abierta, por ver si logra despejarse lo suficiente para urdir un plan. Y acaba de decidir que su única esperanza de supervivencia reside en abordar con éxito a la mujer. Y sabe que no es tarea fácil porque estará de morros… Los gemelos están dormidos, no así el de doce ni la de catorce, quienes acaban de cerrar sus ojos, tristorros, al paso del irresponsable papá. Y no lo sienten por él cuanto por la madre a la que ven sufrir todos los días. Pese a todo, el niño toma alguna nota para un mañana diferente. Pero la niña, bueno, la pequeña mujer prefiere esconder la cabeza bajo la almohada porque no aguanta esta pena. No entiende lo que su madre puede sentir por este hombre. (Únicamente sabe cómo lo ha sufrido). Y se disuelve entre las sábanas, sabiendo que no son buenas aliadas como compañeras de silencio. Se escabulle hacia su sueño de siempre: ella bajo el sol, en la cumbre de una montaña, con los brazos en jarras, gritando al mundo su impotencia… Camina el hombre, entonces, hacia su alcoba, despojándose de las dos únicas prendas que viste, además de las sandalias y la cachucha. Y se esfuerza para deslizarse entre las sábanas, con suavidad, más que para no despertar a la señora de la casa, para hacerlo con galanura, única manera de seducirla, resabiada por muchos y torpes asaltos madrugadores… El olor a leche quemada en el pocillo de los gemelos, a las sempiternas aguas negras, a madera podrida, a ropa tendida, a mar lejano, a Alagados, la favela más pobre del Brasil, desaparecen bajo el tufo inclemente de la cachaza. Pero las manos grandes, fuertes, de este hombre no han olvidado el arte de hacer vibrar a esa mujer. A esta hora, cuando la miseria desaparece bajo el embrujo de las sombras, llega a imaginarse como un príncipe africano desencantando a su princesa. En medio de los vapores del alcohol se hace grande y más grande, aunque liviano, delicado a un tiempo, y recubre sus ansias de mujer con una energía especial, no aquella tan ruin de las horas en las que luce el sol. Le quedan, pues, los minutos contados. Ella no se ha movido un ápice. Está despierta. Piensa cómo debe reaccionar en ese día tan especial para todos. Le preocupa, sobre otras cosas, que sus hijos les escuchen haciendo el amor. Hace veinte años que este hombre le prometió que pondría unas puertas. Desde entonces, siempre hubo un motivo para la discusión de cada día. Pero esta casucha de mala vida continúa sin ellas. Y sabe que sus hijos mayores, precisamente hoy, no estarán dormidos… Y el hombretón, estibador venido a príncipe en las artes de cautivar a esta mujer, se arrima a ella, sin importunarla, sintiendo apenas la presencia de su piel, desde el cogote hasta el meñique del pie. Y le suspira cualquier cuchufleta sobre la nuca. Y reacciona levemente la mujer, haciendo ella misma por adherirse a su compañero. Y no la mueve el deseo de hombre ni el calorcito en la madrugada húmeda, sino el regusto a pasado en los momentos duros de una despedida anunciada… Sí, esta mujer ha decidido abandonarle. Ya tiene los bártulos preparados. (Él se tropezó con ellos sin saberlo). Y no más aguarda la mañana para huir con los niños y la gata. Pero algo en ella, que no tiene mucho que ver con el sexo, le induce a seguir el juego a lo poco que queda de su hombre. Quien se dispone a gatas sobre ella, que ahora está bocabajo, y, con ternura, vértebra por vértebra, va dejando resuellos, ácueos, cálidos, en sus formas, voluptuosas, en cada centímetro de su espina dorsal. Y para ella un escalofrío acaba de formarse, recorriendo su cuerpo entero. Y lo nota el hombre. Quien se percibe ingrávido, vaporoso, como el aliento de la tierra cuando el sol calienta en la mañana. Y acompaña la sensación de su compañera con un beso suspirado en cada oreja. Y seguido se desliza, expedito, punto a punto de su estrategia, como escala tras escala, hacia abajo, con los labios  permitiendo participar a una lengua, sutil, de príncipe del amor acabado. Y sigue… Y llega a la cintura, sabrosona, de esta mujer. Y se detiene en los dos hoyitos de atrás, provocando en ella una sensación extraña, mezcla de placer y tedio. Pero hoy no piensa impedir que la disfrute por última vez. Y continúa su recorrido el hombre, por la piel de esta mujer, con los labios, con una mayor levedad aún, con la sola respiración, en sus nalgas generosas, maternales, entre sus pantorrillas de carnes firmes, yéndose ligeramente hacia sus íntimas intimidades, ayudándose esta vez con el animar cadencioso de sus manos, calor, humedad, regalándolos ahora sobre su cintura, dibujando sus curvas amplias, imprecisas, de venus de antes, creciéndose, como sintiendo orgullo de lo que acaba de perder… Y ahora la voltea con pasión, sacando su fortaleza, ahí sí, de estibador de damas. Y queda un rayito de luz, tenue, en los ojos llorosos de esta mujer, que él no ve, y en sus labios, carnosos y amables. Y de nuevo la mueve, con cierta diligencia. Y esta vez, el apenas rayito queda iluminando el ombligo de la mujer, detrás del encaje de su breve camisa de dormir, y su pubis después. Pero no percibe el hombre la lágrima que recorre su cuello, yendo a morir en el huequecillo de su clavícula. Y tampoco siente, ofuscado por el aguardiente, su manera de vibrar en un día como hoy. De este palo, sin vergüenza, prosigue su flirteo, cálido, húmedo preámbulo. Respira el hombre y retiene su peste, para luego besarla, profusamente, en las mejillas, cuando retoma el aire, por el cuello, con mayor pasión. Y luego le da el arrechucho, y agarra sus brazos, llevándolos hacia atrás, y hunde la nariz en sus axilas, bienolientes, resopla en ellas. Para tomarla después como se toma a un zarandillo, emparejándola a su cuerpo, fornido y barrigón, abriendo con delicadeza sus piernas, con la justa holgura. Y la besa, en la boca, en el mismo tiempo que entra en ella, con mimo, con regalo, apaciblemente… Y, al rato, deja de moverse, un segundo largo, intentando captar las sensaciones de su compañera, no más besándola. Pero las sombras ni el guaro se lo permiten. Así, al compás del aleteo lento de las gaviotas, al compás de una mañana que comienza, al compás, ella, de tantos desatinos, maldición envolvente y amarga, adagio para una pareja muerta, nacido de la cadencia de una vida en Alagados, el hombre se mueve en esta mujer, se mueve en esta mujer, se mueve en esta mujer, hasta que se libera en cuarenta mil delicias, en la única persona a la que siempre amó, a quien nunca respetó, a la que siempre fue infiel. Y llora la mujer el placer de este varón por última vez, antes de cambiar de existencia, de escapar, de aprender a pescar con la destreza de un martín pescador, antes de que él caiga sobre la cama, estremeciendo los pilotes de la casa, con la boca abierta, jadeante, y el saborcito cínico de haber cumplido, cuando siquiera buscó aquella sensibilidad con la que otrora pudo saber dónde se encontraba su hembra, para poseerla y conducirla, por los derroteros últimos, hasta el lugar allende las ninfas se enredan con los duendecillos de las aguas y los bosques… Y la mujer, antes de levantarse para siempre de ese catre, cutre, vuelve a relamer su sueño de cada día. Vuelve a imaginarse pescando con sus hijos en alguna hermosa playa del sur de Bahía, cerca de una buena escuela.

 

          Ya se ve saliendo con la cabeza alta de tamaño estercolero cruel.

 

          Y comienza a cumplirse un sueño extraño por estos lugares ahora que acaba de entornar el postigo tras de sí… Antes, se ha visto con la mano izquierda sobre el picaporte, un instante, otro instante, y la mano derecha sobre el vientre… Y ha tenido que soportar, una vez más, la eterna gran duda… Y finalmente ha resuelto echarse a caminar, simplemente, por la desastrosa pasarela… No quiere despedirse de él. “Mejor así” -piensa. De las compañeras, de las maestras de la escuela alternativa de Alagados, ya lo hizo ayer. También, del padrecito italiano. (Allí enseñó a leer y escribir, niño por niño, drama por drama, aunque nadie tuviera una cartilla). Ahora, solamente mira hacia la luz…

 

          Y entiende que permanece de su familia lo que camina por delante…

 

          Cuándo, de sopetón, ¡plac!, uno de los gemelos termina de romper una tabla y mete la pierna en el entarimado, quedando atascado sobre la ciénaga. Pero su gemela le tiende la mano enseguida. En tanto que los demás se mantienen atentos, confiados en la fuerza y destreza de la muchacha, prestos a intervenir, cargados con los pocos enseres que se llevan, farinha para una semana, algo de feijao para un viaje incierto…

 

          Y el lamento del niño despierta a su papá, extrañado de que uno de sus hijos esté afuera tan temprano.

 

          Y sale así el hombre, con una ligera mosca en la oreja, eseando entre las cosas, enguarachado, adormilado. Y llega hasta la pasarela. Y cuando alza la voz para preguntarles adónde van, mete la pierna en el mismo hueco donde había quedado atorado el chico… En ese estado, pide auxilio a la que fuera su compañera, frente a las increpadoras miradas de los vecinos, contra ella, por abandonarle, quebrado pero hombre.

 

          Y la mujer, cansada de sacar la pierna por todos, deja ese lugar tremebundo.

 

          Pero antes quiere despedirse de las vecinas. Les dice con enojo que irá a lavar jarros, a limpiar verdura, a buscar en la basura, o se vestirá de bahiana y se pondrá a vender acarajé, donde fuera, en cualquier esquina de Salvador. Cualquier cosa habrá de ser buena con tal que sus hijos salgan de semejante estercolero cruel. Esta madre necesita redimirse. Sus ilusiones de progreso huyeron en estampida cuando este padre dejó de colocar alimentos. Y la mujer dejó de vivir por mantener malamente a todos. Y el sentimiento de explotación derivó en miedo, miedo a que los niños se arruinaran la vida con el pegante o el cheirinho, al cólera que se llevó a sesenta en el último brote… A lo que decida el destino, porque este ambiente nunca trajo algo bueno… Lo había repensado a lo largo de los últimos veinte años, los que aguantó a su lado. Y nunca se casaron, desde luego. Por el costo de la vida, se dijeron. Pero, en realidad, toda su convivencia se redujo a un plan de fuga. Ese hombre atascado, ebrio, avergonzado, le falló desde el primer minuto de vida en Alagados…

 

          Y decidió la mujer que a un hombre que miente a menudo no se le puede creer…

 

          Como no cree el amor en una pareja infiel.

 

          Aunque ella es una madre con vocación de familia…

 

          Y se tomó el tiempo necesario para madurarlo.

 

          Pero la dignidad suele tener un precio…     

 

          Y ella nunca se sintió bien pagada.

 

         Camina, pues, apurando a los chicos, cargando lo poco que se lleva de media vida de trabajos, invitándoles a que no vuelvan la vista atrás. “Si os quiere, ya os buscará”…

 

          Y este padre levanta las manos enrabietado, atarugado, protestando, sollozando… Es la tragicomedia de la vida… Y los vecinos regresan a sus casas, si es que se pueden llamar así a esas cosas. Mientras, dos perros quedan mirando al hombre, con pena, moviendo la cabeza a diestro y siniestro, buscando una explicación para esto que ha roto la rutina podrida de Alagados.

 

          Así, el sol rompe la bruma y se hace brillo sobre las aguas pantanosas, horrorosas, plateadas…

 

          Sobre los palafitos y las pasarelas, sobre una barca varada desde hace lustros, el sol imperturbable de Alagados, se hace brillo…

 

          Y se echan al camino, definitivamente, ocupados con los bártulos, los adolescentes por delante, los gemelos que les siguen, y la mami, sudorosa y valiente, va por detrás, con su sueño de aprender a pescar con la habilidad de un martín pescador, en una playa de arenas blancas, cerca de una buena escuela. Y la gata cierra la fila, protestando porque nadie la carga. Caminan por la vereda que discurre a un lado de la carretera, siempre, todos, mirando el mar, buscando ese sueño de mamá, una vida digna, luminosa, alegre… Levantarán una casita, sencilla pero coqueta. Comprarán una buena red. Y plantarán unos arbolitos que algún día darán fruta y buena sombra, si es que alcanzan estos ahorros que malamente se arrancaron al destino, cruceiro a cruceiro, cruzado tras cruzado, real después de real…

 

          Y piensa la mamá, sigue pensando, de qué forma aprenderá a pescar.

 

          Y toda esa bella luz, reflejada sobre un paisaje marino de ensueño, le brinda el ánimo que necesita para seguir con la aventura.

 

          Caminan, a lo largo de la mañana, embelesados con los caprichos, sobre el verde mar y la arena blanca, de cuánta luz…

 

          Y llega un momento en que la mamá se preocupa… “¿Qué comerán los niños mientras aprendo a pescar?…”. “Farinha” –se responde.

 

          Y, a media tarde, se detienen en la entrada de una aldea pesquera, bajo un mango con flores en panoja.

 

          Observan una playa radiante, de arenas blancas, de olas calmas, fatigados…

 

          Algunos ya se ven pescando…

 

          Otros, corriendo por la playa…

 

          A la gata todo esto le huele a pescado…

 

          Minutos más tarde, imaginando en comunidad, deciden el nombre que le darán al hogar que todavía no existe. “Ranchito ALEGRÍA”,  se llamará.

 

          Poco tiempo después, se detiene un burro frente a ellos. Ha llegado jineteado por un hombre que aparenta no haber cumplido los sesenta (aunque bien pudiera tener bastantes más) con sombrero costeño, bahiano, y un pitillo de tabaco de hebra prendido en los labios, apagado desde siempre, con varias arrugas venerables en la frente, barba gris de un par de semanas, carnes apretadas, brazos con venas a flor de piel y la mirada granuja y tierna, saltona, de varón baqueteado por la vida. Quien se toma un tiempillo escudriñando, mitad tunantuelo mitad caballero, a cada uno de los miembros de una familia que, por demás, lo dice todo. (Él ya se había percatado del drama sólo que rebasaran el lomerío)… Y, de imprevisto, este hombre desciende del burro, con su pícara sonrisa de vejete bravucón y onda compadre y, procurando que nadie vaya a escuchar sino la madre, le chista, ¡chissss!, y musita cerca de su oído… “Con todo respeto, señora, me llamo Martín. Desde que les hemos visto, me andaba yo preguntando si necesitarían algo… No sé, quizá algunos cuentos, algunos cantares de este aburrido lobo de mar… Ya me entiende… Algo para que yo pueda matar el tiempo”…                     

                  

         “Gracias, pero no necesitamos ayuda. Nos bastamos para darnos una vida digna”… –responde con alguna sequedad la mujer… Y bueno, luego reflexiona… Y le mira allí plantado, cariacontecido: la estampa viva de un personaje de cuento… Y reconsidera su amistad con él… Y, al cabo, le dice… “Buscamos un lugar donde construir una casa sencilla y una red en buen estado para pescar… Y, puestos a pedir, pedimos que haya cerca una buena escuela”…

 

        “Tierra, algo nos queda. Escuela, tenemos. Es aquella casona que está entre los cocoteros”. Martín señala con los labios hacia el sur. “Y es una buena escuela, con un buen maestro y una buena maestra” –apostilla el pescador. “¿Supongo que ya sabrán pescar?”  -pregunta el viejo con olfato de sabueso, o mejor aún, de alguien que no se ve abuelo pero sí algo aburrido.

 

         “No, señor, pero aprenderemos. La hija mayor ha tomado la palabra.

 

          Y el muchacho de doce, que nunca busca peros a la vida, indiscreto, averigua… “¿Usted sí sabe pescar, señor?…

 

          Y el viejo acaba de quedarse con la expresión expectante de la mujer cuando el niño ha hecho la pregunta. Por eso, simpático y picarón, remirando a los miembros del hermoso clan, sobrándosele la humanidad por todas partes, con un ojo cerrado, el pitillo entre los labios y el sombrero ladeado, fanfarronea…“¡Pero chicos, estimada señora (hace una reverencia) si ustedes seguro que ya oyeron hablar de mí!… ¡Sí, hombre, aquí donde me ven, yo soy el famosísimo, el mismísimo Martín pescador!”…

 

          Has acertado, mujer…

 

          ¡Qué carajo, para quien busca dignidad, siempre habrá una buena escuela, una playa de arenas blancas y un Martín, el pescador!…

 

 

©Relato extraído del libro de relatos “La costilla de Eva”, by Iñaki Etxebarria, publicado por lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 23, diciembre 2008.

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