Un segundo de ilusión (relato)

 No, esta vez no le han despertado los quejicosos guajolotes ni los perros ni el caprichoso gallo del ranchito cercano. Hoy ha sido el olor de un deseo y el toser profundo y seco de uno de los niños en la noche húmeda, fría, negra. Jazmín, mujer de Intibucá, agarrada a la costumbre, en absoluto dueña de su destino, se esfuerza por levantarse del lecho sin destapar a la hija mayor ni a la beba. Al lado, arrebujados bajo una cobija de lanilla, duermen sus tres cipotillos varones.

          El tercer catre lleva vacío dos largos años.

          En medio de la oscuridad, la mujer se ajusta el faldón mientras intenta recordar el rostro del papá de sus hijos, de Daniel. Y recorre sus pechos, su abdomen. Y suspira… Pero sólo alcanza a imaginar semblantes desdibujados, siempre demasiado tristes, demasiado distantes…

          Hace tres semanas que se terminó el queroseno.

          Jazmín busca, a tientas, la puerta de salida. Cuando consigue abrirla, repara en que el chirrido de las bisagras tampoco despierta a los guajolotes. Camina unos pasos, arroja los orines a la grama, mete un poco de leña en la casa y prepara la lumbre donde se cocerán los frijoles que habrán de servir de almuerzo y cena.

          El fuego templa las paredes de adobe.

          Que comienzan a resudar.

          El humo busca escapar entre los ramales de la techumbre…

          No son más de las tres de la madrugada cuando Jazmín vuelve a salir de la casa. Esta vez, para recorrer el breve sendero que conduce al ojo de agua con un atado de ropa y un huacal. La oscuridad es completa y toma precauciones para no caer en la diminuta laguna. Aun así, aguza la vista antes de quitarse la blusa… Aunque todavía no ha cumplido los veintiocho, después de haber traído siete hijos al mundo, su cuerpo y su rostro se ven cansados. (Dos de ellos murieron por no disponer de atención en el parto). Y nuevamente se acuerda de Daniel, el hombre que “la robó” cuando acababa de cumplir los catorce, por no andar en ceremonias y porque no era bien vista su relación con un mestizo. Ella, pues, se educó como campesina lejos de su familia. Y se hizo mujer sin haber asimilado la cultura ni el sentimiento religioso de los suyos. Quienes la rechazan desde entonces. Por ello, cada semana acude al mercado de Marcala y no al de La Esperanza, la capital de Intibucá… Y, a pesar de que este hombre la ha desmayado a trabajar en muchas ocasiones, esta mujer cree que no es una mala persona… Al menos, antes cultivaban y tenían maíz que comer sin tener que transarlo. Y ella le ayudaba a chapodar la milpita… La campesina de Intibucá termina de asearse y se enfrenta a la colada… Y le viene a las mientes que han cumplido dos años desde que se llevaron preso a su compañero hasta Tegucigalpa. Jazmín sabe que el hombre fue arrastrado al robo por unos policías, en más de una ocasión. Pero él nunca dio detalles por vergüenza… Lo cierto es que Daniel marchó y su india aún no sabía lo que era ser feliz. Peor aún, aprendió a vivir porque no sabía morir, no más que para sacar a los hijos adelante y procurar que los varones acudan a la escuela.

          Y sólo le queda un consuelo…

          Que su hija seguirá ayudándola en todas las faenas…

          Jazmín regresa a la cabaña y comprueba el estado de los quesos que ha de ir a vender. Separa el suero e introduce el sobrante en un molde. Las tres cabras aún están dormidas, al igual que la media docena de gallinas. Observa: cuatro quesos y dos kilos de huevos. Hace la cuenta. Si logra venderlo todo, comprará maíz y frijoles para unos días, cuajo para cuatro o cinco quesos, unos pocos bananos indios y algunas yucas, tal vez. Y de hacerlo a un precio justo, podrá alcanzarle para el remedio contra la tos del niño… Así, lleva el huacal a una rústica mesa, prepara la masa con el maíz que molió el día anterior, y comienza a tortear cada porción, con habilidad, pasándola de una mano a otra, golpeándola continuamente con suaves palmaditas, hasta conseguir tortillas con el grosor, tamaño y redondez al uso de las mujeres indias de Intibucá.

          Una hora, dos horas.

          Pronto amanecerá.

          El niño continúa tosiendo.

          El gallo comienza su serenata cuando Jazmín carga en la espalda a la pequeña, agarra tres hatillos y se echa al camino.

          Al poco, comienza a distinguir las montañas de Intibucá.

          Media hora después, se detiene la única camioneta que hace el recorrido hasta Marcala en la mañana. Envuelta en polvo, con su billete de lempira en la mano, se apresta a subir cuando el chofer le comunica que hoy son dos lempiras y media. La mujer no se atreve a preguntar el motivo de una subida tan brusca. Sólo agacha la cabeza, vuelve la espalda e intenta descender del bus. Y aún no le ha dado tiempo de apoyar los dos pies en el camino, cuando el conductor arranca, como la gran diabla, consiguiendo que la mujer pierda el equilibrio y se vaya de bruces contra el suelo… Al fin, el tipo que maneja piensa que sólo es una mujer, india y campesina, tres buenas razones para despreciarla.

          Jazmín, lágrimas de almíbar, mira a la beba, que parece tranquila, se levanta como puede, vuelve a ajustarse el rebozo, se sacude el polvo, recoge los tres bultos y prosigue su andadura.

          Marcala queda a media jornada de camino.

          Pasa una hora y más.

          Y se detiene un pick-up junto a ella.

          Sin decir algo, sin mirar a la mujer, un hombre accede a transportarla. Pero la conmina a que viaje detrás, al descubierto, a pesar de que él va solo en la cabina.

          Jazmín llega al mercado rayando el mediodía, con la beba sollozando en su espalda. Y ha de conformarse con ocupar un lugarcito en el fondo. Bien sabe ella que por esto va a tener que poner los huevos y los quesos más baratos y confiar en alguien que busque un producto regalado. “Ni modo” –suspira. Y se hace con una caja de cartón. La cubre con una tela. Extiende sobre ella la mercadería. Y aguarda.

          El mercado está abarrotado.

          La mujer de Intibucá intuye que ha de ser un día especial.

          Pero no se atreve a preguntar por ello.

          Dos horas después, ha conseguido malvender los dos kilos de huevos y medio queso.

          Y cree que ya le alcanza para el maíz.

          Acaban de dar las cinco.

          Y dos de los quesos siguen con ella.

          Ya están levantando los puestos.

          La mamá se ha asegurado los frijoles.

          Y piensa en la calentura de su hijo, en el precio del pasaje de regreso…

          La beba, quinientos días cuenta, busca el pecho de su madre una vez más…

          La anemia de la mujer es crónica…

          Falta media hora para que marche la última camioneta. Y todavía le falta por vender un queso. El que puede sanar a su cipotillo, que padece principio de neumonía. Quien, ahorita mismo, estará descalzo por los alrededores de la laguna.

          Los empleados comienzan a barrer.

          La mujer de Intibucá se hace con las principales provisiones, al vuelo, sin poder arreglar un precio.

          Y se dispone a recoger cuando se acerca una señora, muy blanca y bien vestida, y le pregunta a cuánto vende el queso. Jazmín le responde que son cinco lempiras. La señora le da la espalda. La india baja a cuatro. La clienta masculla que el queso ha de estar medio pasado y sólo ofrece dos lempiras y media. Jazmín piensa que a lo mejor con lo que pueda sacar la próxima semana le llegue para el remedio. Y cede, indignada. Pero no sin comunicar a la señora, gacha la mirada, por lo bajines, que el queso está totalmente fresco… La mujer de Intibucá prepara los bultos, con prisa, se echa a la niña en la espalda, se ciñe el rebozo, levanta la cabeza, y “¡cómo va ser!, ¡Daniel!” –exclama-. Y una sensación extraña recorre su cuerpo. Es como un latigazo maravilloso que despierta sus sentidos, una energía que no entiende, un instante feliz abarcando un espíritu siempre proscrito. Y no sabe qué hacer, qué decir. Solamente lanza un suspiro. Y con él quiere expresar al universo que al fin siente ilusión, ilusión por algo, por alguien, ilusión por vivir. Puede que sea eso, sí, ilusión por vivir… Pero el hombre no le abraza, no la besa. “Me han soltado porque mañana es Navidad” 
 –le dice-. Y se hace con uno de los bultos, el más ligero. Y arranca a caminar hacia el bus, más que rabión… Y Jazmín, india y campesina de Intibucá, nunca dueña de su destino, carga con la beba y los dos hatillos, y le sigue por detrás…

 

©Relato extraído del libro “La costilla de Eva”, by Iñaki Etxebarria, publicado en lulu.com

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~ por Iñaki Etxebarria en 16, diciembre 2008.

3 comentarios to “Un segundo de ilusión (relato)”

  1. Felicidades por ese relato que capta la verdadera y sencilla vida ,que es lo hermoso de una novela y lo Grande de los grandes escritores ,por ejemplo Don Antonio Machado ,SUERTE,y Bendiciones…

  2. Un escalofrío te recorre el cuerpo y el alma después de leer “Un segundo de ilusión”. Y, así y todo, piensas que, por más que quieras pensar que eres partícipe mínimamente del dolor que acabas de conocer, será sólo, egoístamente, para proteger tu salud mental de un shock.

  3. Una cosa más, terrible pero, magistralmente escrito relato.

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