En otro México. Capítulo 7º

El aire, el agua, la tierra y un calor intenso eran para los indios californios los elementos de los que estaba compuesto el universo. Pero en la cosmovisión de los bajacalifornianos de ahora la tierra vale lo que sus reservas de carbón, oro, plata, cobre, magnesio y greda, que junto con el petróleo que se decía había sin explotar en los placeres del desierto de Vizcaíno y las famosas perlas de Baja California Sur, en veda continua, hacen de este estado una gran tentación. Venía pensando mientras nos alejábamos de la península de Baja California sobre la cubierta de un ferry llamado “Mazatlán”. La noche estrellada y las aguas cálidas y tranquilas, la brisa suave del mar de Cortés sobre nuestro achicharrado cutis, hicieron brujo el momento. El último diario que leímos en la Paz informaba de los daños causados por la tormenta “Raquel” a su paso por Los Cabos, en el extremo sur de la península, de la apertura de la veda de la almeja Catarina, la falta de infraestructuras en los puertos sudcalifornianos y la situación de numerosos buzos que se la juegan sin seguridad social. El 1 de noviembre se abría la veda del camarón. A un lanchero de La Paz le preguntamos por su trabajo… ¡Íiiiiiiijole! ¡La cosa está muy fregada!… Ya no vienen turistas y es raro cuando en estos días sale una panga. Lo único bueno es que cuando tenemos hambre podemos salir a pescar…

A estas alturas ya nos habíamos hecho a la idea de que no íbamos a encontrar repuestos originales para el Land Rover en todo México. Hasta ahora nos habíamos defendido bien. Habíamos utilizado cuatro palieres, tres grandes y uno pequeño, todos de atrás, y tres o cuatro cosillas más. Comentamos que por muy extremas que fueran las condiciones a las que habíamos sometido a Janfri, algo no iba bien compensado. En fin, nos tocaba confiar en que no todos los caminos de América fueran tan malos. Aún y todo nos la tuvimos que apañar en La Paz para que nos fabricaran un manguito del freno. Después de un susto de muerte, sin frenos por una pendiente de pedrejones, tuvimos que detenernos a poner una punta gruesa en el extremo del manguito dañado, para anularlo. (No llevábamos manguito de repuesto: tomé buena nota). Y nos la jugamos durante más de doscientos kilómetros con una chapuza de freno que cuando se activaba, no siempre, el carro se iba bruscamente hacia la izquierda, y había que contrarrestarlo con un volantazo en sentido contrario.

Ese ferry nos estaba llevando al puerto de Topolobambo, al norte del estado de Sinaloa. Nuestro siguiente objetivo era llegar a la ciudad de Guanajuato, en el centro de México, para asistir al Festival Cervantino, que cada año se organiza en esa hermosa ciudad colonial, y de paso conocer la vida de los mineros en las explotaciones de oro, plata y cobre que financiaron un imperio.

Antes de entrar en el barco los chequeos aduaneros habían sido realmente exhaustivos, mucho más que en Tijuana. Estaba claro. Te dejaban rular libremente por toda la península y al salir te chequeaban hasta los bolsillos. Visto el proceder de los policías, dedujimos que pocos serían los que viajaban por estos apartados parajes sin apuntarse a un buen business. Todos los vehículos estaban siendo revisados minuciosamente mientras esperábamos nuestro turno. Por primera vez nos pidieron los pasaportes, los permisos especiales de turistas y el certificado internacional de vacunación de la perra. Pero el jefe de aquella aduana simpatizó con nuestro proyecto, finalmente. Y nos pasó su tarjeta personal para que no nos molestaran sus compañeros en los numerosos controles que aún nos quedaban antes de abordar el ferry.

Muchos californianos nos habían confesado que era la primera vez que veían unos españoles de carne y hueso. Sin embargo la primera embarcación europea en avistar la Bahía de La Paz había sido un galeón español gobernado por un tal Jiménez, amotinado en una expedición de auxilio a otros barcos compatriotas hundidos en el Pacífico Norte, allá por 1533. De vuelta hablaría a Cortés de “verdes oasis sobre un mar de perlas”…

Luego de un plácido viaje nocturno alcanzamos el otro extremo del mar de Cortés. Habíamos navegado unos cuantos grados hacia el norte. Podíamos haber elegido un barco a Mazatlán, frente a La Paz, pero quisimos recorrer de norte a sur el estado de Sinaloa.

La ciudad de Los Mochis nos recibió en una madrugada de otoño, entre la bruma.

Desembarcamos. Nos desayunamos. Y ya estábamos en ruta hacia Mazatlán, conocida por su famoso cártel, ya en el otro lado de la República.  A nuestra espalda quedaba el anchuroso desierto de Sonora. Aunque todavía mandaban cactus y cardones, choyas y chirinolas, el clásico maguey y algunas parras cimarronas, ya se adivinaban los primeros brotes tropicales.

La carretera panamericana se veía bastante remozada en aquel tramo.

Después del mediodía cruzamos la línea del Trópico de Cáncer.

Mediada la tarde entramos en Mazatlán.

Buscamos la parte vieja de la ciudad, como siempre.

Y estacionamos junto a una taberna que no tenía mala fachada.

No se podía ver el interior.

Y nos aventuramos a entrar.

El local era espacioso. Estaba ocupado por una pequeña barra, utilizada exclusivamente para el servicio, y probablemente un centenar de mesas. Aquello nos recordó la clásica cantina del oeste americano. Tomamos asiento en una de esas mesas, cerca de una pequeña pista de baile. Sonaba a todo trapo la música ranchera. Ángeles y yo nos sentimos a gusto en ese lugar desde el primer minuto. Y nos miramos sonrientes, celebrando el descubrimiento. Pronto se acercó una de las camareras, madrísima, y nos preguntó lo que queríamos, no sin ponernos antes una cara de sorpresa. Miraba a mi compañera y veía que no era una de la calle, como las demás clientas. Y eso le cayó bien. Había siete u ocho mesas ocupadas por parejas acarameladas, mujeres fáciles y hombres rudos con sombrero ranchero. Aunque por la forma directa y alcohólica de mirarnos en hora tan temprana de la tarde pensamos que tal vez habría más de un mafioso. Directamente, sin provocaciones, tomándome mi tiempo entre una y otra excursión de la vista, fui enfrentando los escrutadores ojos de aquellos hombres, sin ambages, sin agresividad, como lo haría un hombre que no tiene que dar explicaciones a nadie y nadie se las pide. Con la tercera Coronita ya se nos había aceptado en aquel grupo, cada vez más numeroso. Luego nos enteraríamos de que en México hay muchos bares donde entran hombres no más, y si entra una mujer, lo hace acompañada. Así que lo nuestro, sin quererlo, supuso una pequeña revolución en aquel local. Cuatro, tal vez cinco horas después, estábamos disfrutando tanto de aquella atmósfera genuina que se llegaron a juntar catorce o dieciséis coronitas sobra nuestra mesa, un signo de hombría en Latinoamérica que viene muy bien a los cantineros. La camarera que nos había servido, y creo que todas las demás, nos despidieron entrañablemente. Y así mero nos fuimos, tiesos en conciencia pero muy afectaditos por dentro.

Y sólo que cruzamos la ciudad, ya de noche, alcanzamos una estación de servicio en las afueras.

Algo cortos y muy perezosos extendimos la tienda, pidiendo permiso a los currantes, claro está, en un lugar no demasiado discreto de la pequeña gasolinera.

Y nos dormimos sin cenar.

En la mañana el dolor de cabeza se juntó con el tórrido sol de Mazatlán y el mogollón del intenso tráfico. Pero finalmente pudieron las ansias de continuar camino, de seguir descubriendo un mundo tan asombroso para nosotros, sobre la inclemente resaca de cerveza.

Así que recogimos de buen humor nuestro breve campamento.

Y seguimos hacia el sureste, pletóricos de ilusión.

Kenia había aguantado doce horas muy solas, como una campeona. Creo que poco a poco ya se le iba pasando ese susto inicial, esa incertidumbre de saber si la habíamos traído para arrojarla por algún cañón como el del Colorado o solamente para tostarse allí atrás… ¡Quién sabe, pensaría la perra, son tan raritos los seres humanos que les creo capaces de cualquier cosa!…

A partir de Nayarit dejamos la costa y comenzamos el ascenso a la Sierra Madre Occidental, ésa que llevaba discurriendo en paralelo a la costa durante cientos de kilómetros, imponente, haciendo parte del espinazo que recorre toda América de norte a sur. Después de un mes largo era la primera vez que dejábamos las tierras bajas, ahora en dirección este-sureste, buscando el altiplano mexicano. México es como una inmensa pirámide. Y en su parte más alta reina el Valle de México, donde se asienta el Distrito Federal. Fue hermoso ver por primera vez la transición de la costa a la montaña, de la tierra caliente a la templada y de ésta a la fría. Aquello fue realmente progresivo, ideal para apreciar algunos de los microclimas propios de América. Hay quien cuenta que eran de estas tierras los primeros aztecas, aquellos que partieron con la esperanza de una Tierra Prometida, allá donde encontrasen un águila sobre una serpiente emplumada. Lo que no es leyenda es la peregrinación que cada año acometen los huicholes desde Nayarit, donde estábamos entonces, hasta el sagrado lugar donde crece el divino peyote, varios meses caminando, una catarsis colectiva que a muchos pudiera parecer locura y a los demás una receta para el grupo cuya utilidad se pierde en la memoria de los tiempos. México es mágico, no me canso de repetirlo, cada piedra, cada historia, cada planta y cada persona. Puede que todo el planeta sea así de maravilloso cuando uno es capaz de maravillarse. Pero creo que México es por demás…

Los valles de Jalisco, la tierra de los charros, nos fueron encaminando suavemente hacia el altiplano, vuelta y revuelta, de la tierra caliente a la fría, como distinguen los lugareños. Y es precisamente esta diversidad de climas y cultivos la que históricamente ha propiciado el comercio y tal vez la mexicanidad.

En una de esas revueltas vimos una hornacina, relativamente visible sobre la ladera de una agreste montaña, casualidad o no, justamente en el mismo metro en el que nuestro cuentakilómetros marcaba el número diez mil. Detuvimos el 4×4 en la orilla de la carretera. Recogimos flores silvestres. Y depositamos un racimo en aquella hermosa hornacina cubierta con todos los colores de la naturaleza. Aquello formaría parte de la tradición de aquel lugar, pensamos entonces. Pero qué va, qué va, la Virgen de Guadalupe está en el corazón profundo de cada uno de los mexicanos, casi en todas partes. Y como quiera que nos integrásemos con la gente pronto nos invadió el sentimiento guadalupano. Además, aquello nos sirvió para instituir nuestra deliciosa “fiesta del diez mil”.

   Cada diez mil kilómetros nos correremos una buena juerga, ¿qué te parece? –le pregunté retóricamente a mi chica, sabiendo que nunca desdeña una fiesta.

   ¡Pues sí, estaría guay! –respondió Ángeles con alegría, más espiritual si cabe después de aquella experiencia.

Esa misma noche llegamos a Guadalajara, capital del estado de Jalisco. Antes hube de conducir unas cuantas horas de noche por una carretera donde a la peña se le va la olla. Auténticos kamikazes, en cualquier curva te adelantan sin saber si viene alguien de frente, así de machos. Y más de una vez nos dieron un buen susto.

Doblados alcanzamos la ciudad bien entrada la noche.

El Land Rover marcaba nuestra etapa más larga desde que saliéramos de Nueva York, ochocientos kilómetros.

Guadalajara es una ciudad grande. Y a esas horas no nos quedó otra que buscar albergue de pago.

Curva, contracurva, seguí alucinando todo la noche en la cama del hostal…

A la mañana siguiente nos propusimos alcanzar Guanajuato.

Quedaba por delante una etapa bastante sinuosa, ahora hacia el este, hermoseada por infinidad de especies de clima templado que resisten el poderoso avance del desierto.

A media tarde entramos en Guanajuato, una pintoresca ciudad crecida entre los cerros, muy próspera durante varios siglos para los intereses de la Corona española, por sus generosas minas de oro y plata. No ha de ser casualidad que fuera aquí donde nació la Revolución de Independencia, en Dolores Hidalgo, famosa por su grito ¡Viva México! ¡Mueran los gachupines!…

Pero no hay pena, Guanajuato fue muy acogedora con estos dos gachupines desde el primer minuto, tanto que pensamos en establecer aquí nuestro campamento sin límite de tiempo.

Hicimos un buen mercado en el centro.

Y buscamos entre los cerros un lugar donde acampar.

Al cabo de media hora de subir y subir, alcanzamos una pequeña laguna, más bien un ojo de agua en medio de los montes resecos. Y allí permanecimos un par de días o tres. Ángeles aprovechó para lavar ropa y poner en orden el asunto de la fotografía y yo para darle caña a mi vieja máquina de escribir portátil.

Alguien nos dio el soplo de un lugar estupendo donde acampar, a ocho o diez kilómetros de la ciudad, carretera arriba, en una zona rodeada de minas, junto a un hermoso embalse.

Y allá nos fuimos.

Aquello era un paraíso de clima templado. No muy lejos de la orilla,  aprovechando el muro de piedra que relataba el nombre del embalse y al que lo mandó construir y todo eso, echamos un toldo por encima, un avance que utilizábamos por vez primera, abrimos la tienda de campaña, aseguramos el campamento con unos vientos y unas piedras sobre el muro, y nos quedó un habitáculo más que digno donde habríamos de vivir una temporada.

Había mucho que estudiar, mucho que aprender de la gente. Y aquel se nos antojaba un buen lugar para ello. El cronista de Guanajuato hablaba de ese estado como el más mestizo del mestizo México. Entonces no entendíamos bien esa diferenciación que en América se hace entre indios, mestizos y criollos. Sobre el terreno, leyendo algunos libros de historia y varios relatos como “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz, empezamos a desentrañar los recovecos del alma mexicana. En esos días previos a la Navidad, imbuido por estos pensamientos, escribí un cuento de amor entre un conquistador español que había desertado y escapado a las montañas con una india purhépecha, y de cómo nació Diego X, el primer mestizo, tan rebonito. Y es que bueno, apuesto a que también hubo alguna historia de amor entre tanta iniquidad.   

Pronto descubriríamos por qué hubimos de quedarnos cien días en aquella pintoresca ciudad de México, lindo y querido…

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~ por Iñaki Etxebarria en 18, noviembre 2008.

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