BAJA CALIFORNIA 2500. CAPÍTULO 6º

Resultaba difícil imaginar que algún lugar del globo pudiera impresionar aún más nuestras retinas. Pero lo cierto es que a medida que nos acercábamos al sur de la península los tonos se iban haciendo más y más cálidos, sugerentes, portentosos de luz.

Ya nos había avisado una señora en Ensenada… Pienso que lo que más les va a encantar de toda la península es mi pueblo: Bahía Concepción. Y así fue. Rodeada de montañas, apenas una angosta entrada al Pacífico, quedaban las aguas tan mansas como las de una laguna y de un encendido color turquesa. Allí vimos las primeras palapas, edificaciones con paredes de adobe y techumbre de hoja de palma.

Sin pensarlo dos veces, metimos el Land Rover en la arena y los tres nos dimos un chapuzón.

Si hablamos de una paz hermosa aquello era el mismísimo epicentro.

Distendidos, alegres, retomamos la transpeninsular.

Tres horas después, hartitos de calor y de polvo, Comondú apareció como un regalo.

Nos detuvimos a hacer la compra en un supermercado de las afueras. Cuando llegamos, pasado el mediodía, sonaba la alarma del termómetro de temperatura interna: 50º. Las ventanas medio abiertas no mitigaban el calor de la pobre Kenya, que sólo que le abriéramos la puerta salió como un cohete a buscar refugio bajo el Land Rover. Metimos en la nevera los carretes fotográficos y las películas de video. El útil electrodoméstico funcionaba con la electricidad de dos baterías, aunque también servía a 220v y con gas. Llevábamos una tercera batería. Y cada cierto tiempo las íbamos rotando. Teníamos muy claro que lo más importante era la energía. Así que la nevera sólo estaba en funcionamiento cuando el vehículo estaba en marcha. Y tampoco es que estuviera fría, precisamente. Así que la acompañamos con una bolsa de hielo. Y salimos zumbando de allí.

Y no, no es que las ventanas abiertas mitigaran el calor. Pero al menos nos conformábamos con que lo pareciera.

A la salida de la ciudad preguntamos a un campesino por el camino que subía a la Mesa del Horno, en la sierra de Comondú.

   Buenas tardes. Sabe usted si hay paso hacia San José de Comondú.

   Pienso que sí. Hace dos días subió la camioneta del que vende cosas por los ranchitos de la Sierra y en San José de Comondú. En junio nos llovió mucho y el camino se puso malito. Pero si esa camioneta no se regresó será que hay paso. ¡Hórele no más!

   Gracias, muy amable.

Comenzamos la subida por un camino de terracería que poco a poco se iba complicando.

Y llegó un momento en que pensamos en regresar.

   Iñaki, esto está muy malo! –comenzó a angustiarse mi compañera.

   Ya no tiene que quedar mucho. Estaremos a mitad de camino, por lo menos. Si ha subido una furgoneta yo creo que podemos subir nosotros -intenté aliviarla.

Los siguientes kilómetros fueron un infierno.

Detrás de Ángeles, como una señorita en su asiento, a Kenya se le iban las orejas hacia atrás cuando nos mirábamos. No, nuestra joven compañera no lo veía nada claro.

En algunos tramos peligrosos, en los que había peligro de volcar y precipitarse al vacío, le pedía a mi compa que se bajara del Land Rover. De mala gana accedió las primeras veces. Y en alguna de aquellas rompió a llorar a la vera del camino. Pero antes ya lo había inspeccionado la mujer, en mitad de la inclemente solana, y con mucha preocupación en cada parte de su rostro y de su cuerpo me hacía saber que aquello no lo veía nada claro, que ella qué coño sabía si se podía o no pasar. Y quedaba angustiada, impotente, viendo que en cualquier momento la expedición se podía ir al carajo y su marido por el precipicio…

No me quedaba otra que echarle coraje. Aunque me las estaba viendo canutas procuré que se notara poco. El Land Rover estuvo a un tris de volcar en numerosas ocasiones. Los ejes del vehículo eran más cortos que el conjunto de la carrocería y la estabilidad no era su fuerte, máxime cuando el centro de gravedad lo habíamos afectado al añadir la baca y cargarla desmesuradamente.

Cada dos por tres había que bajar del carro.

Y, pala en mano, de aquí le quito y aquí le pongo.

Los siguientes ocho kilómetros nos llevaron toda la tarde. A menudo dudábamos que una furgoneta hubiera podido pasar por ese lugar en aquellos días. Las escasas lluvias de junio esta temporada habían sido torrenciales. Y la tierra y las piedras pequeñas habían corrido ladera abajo.

Y el camino se veía deslavazado.

Allí sólo quedaban piedras y pedrejones.

Con la noche llegamos al único ranchito que había en muchos kilómetros cuadrados.

Martín y Martina nos dejaron estacionar el carro, lleno de polvo. Abrimos la tienda mientras Kenya jugaba con las tarántulas del lugar. Aquello estaba infestado. Aunque la pareja no parecía darle importancia. Y se ocupó en quitarle hierro al asunto.

 Y ya andábamos por allí sin importunarnos. Mientras que un servidor preparaba la tienda y la cama, Martín metía a las chivas y los chivitos al corralillo de palo cardón, Martina batía con las palmas de las manos la masa de maíz para hacer la cena, mi Angelines cocinaba entre las tarántulas su tortilla de patatas.

De madrugada Martina desató la burra y marchó al pueblo.

Y ya estaba de regreso para las diez.

Martín el ranchero me ofreció ir con él hasta San José de Comondú, a unos diez o doce kilómetros de allí. Pensé que vendría bien para reconocer el camino que habríamos de hacer al día siguiente. Y allá me monté en la burra y mi amigo en su mula.

Y los dos con sombrero de ranchero californiano ahí nos fuimos tiesos, tiesos.

Tal y como nos temíamos, el camino estaba tan malo o peor que el que habíamos dejado atrás. Menos mal que la mayor parte transcurre por una planicie y eran menores los riesgos de despeñarse. El último tramo, bajando de la Mesa del Horno hacia San José, fue de lo más movidito. En los lugares más empinados y pedregosos me vi cayéndome de cabeza varias veces. Martín se descojonaba de mí, que no tenía ni repajolera idea de dominar un equino y menos tan testarudo como aquella burra. Este buen tipo me presentó a medio pueblo mientras andaba en sus negocios, sus compras y sus tecates heladas.

Entramos en varias casas que me resultaron muy exóticas.

San José de Comondú es un vergel en el desierto.

Me sentía como si estuviera en un cuento de Octavio Paz.

Ya de regreso parece que le fui cogiendo el tranquillo a la burra. Y Martín, muy cortés, lo reconoció en varias ocasiones.

En los alrededores del ranchito nos detuvimos dos veces para que el hombre matara a pedradas otros tantos escorpiones que atentaban contra su ganado. Me confesó que extraño era el día que no tenía problemas con ellos.

Esa tarde nos dedicamos a hablar los cuatro y a tomar cerveza y a comer taquitos. Martín y Martina, pobres pero felices, nos contaron como se lo montaron para no andar en ceremonias con los padres. No había plata y me la tuve que robar –nos confesó Martín-. Luego te busca la autoridad y te casa. Ni modo. Martina es india y Martín mestizo. Y entonces hacían una buena pareja. Vivían de transar sus quesos por las cuatro cosas que necesitaban. Y parecían vivir bastante dichosos.

Nos costó despegarnos del lugar.

Rayando el mediodía del día siguiente recogimos y seguimos camino hacia San José de Comondú, esta vez con un cierto conocimiento de lo que nos íbamos a encontrar.

Nos costó tres horas largas cubrir los diez kilómetros aquellos. En varios lugares tuvimos que tirar de pala. Había que detenerse a preparar, concienzudamente, el recorrido que elegiría para pasar algunos tramos donde no cabía improvisar. A buen seguro que al comerciante de la furgoneta no le hizo falta, a quien vimos desplegar todo su oficio y su cacharrería en la plaza de San José de Comondú.

Hicimos un alto para que Ángeles disfrutara de la magia del lugar y echase unas fotos.

Y seguimos por un camino de tierra, a veces de arena, en dirección al sur.

Caía el sol.

Y ya estábamos hartos de tragar tanto polvo, aunque con buen rollito entre nosotros.

Cuando, de pronto, en una hondonada, apareció como un espejismo un hermoso valle surcado por un río. Y La Misión de San Javier.

Luego de haber atravesado la aldea, nos dio tiempo a elegir un buen lugar junto a la iglesia.

Aunque algo aculturizados, sentimos como indios a aquellas personas, descendientes sin duda de las antiguas tribus del lugar, californios los nombraron los españoles y los adoctrinaron los monjes franciscanos.

El día siguiente nos entrevistamos con mucha gente. El maestro de la escuela, un mestizo culto y comprometido, nos fue informando de la historia y las costumbres del lugar. Ángeles disfrutaba de aquel oasis y no tenía necesidad de robar fotografías o tomarse con prisas el trabajo de retratar la gente increíble que iba cruzándose en su camino. Entonces a mi chica se la ve feliz. Tan humana y generosa, natural como la vida misma, con su saber estar alegre, todos los lugareños se la disputaban. Yo también gozaba un mazo en aquellos momentos, cuando gente que no te conoce te apadrina, te acoge, y se dispone a contar sus intimidades y las del lugar si realmente te interesan. 

Nos hicimos uno con uno con aquella gente.

Rodamos varios cientos de kilómetros por caminejos de arena o terracería, siempre hacia el sur, siempre hacia abajo.

Otro tanto por la transpeninsular, hecha trizas.

Y a última hora de la tarde llegamos a La Paz, representada por una hermosa paloma blanca en la entrada, ciudad capital del estado de Baja California Sur, anclada en una coqueta bahía en el luminoso y tranquilo Mar de Cortés.

Es esta una de esas ciudades especiales que gozan del encanto de los lugares apartados de la conciencia humana. Después de todo, aquello era uno de los confines de Norteamérica y del planeta.

Buscamos una pensión.

Y nos quedamos esa noche.

Y también el siguiente día.

Que empleamos en repostar, limpiar, pasear, fotografiar, cambiar el cuarto palier, esta vez el trasero izquierdo, conocer ese original enclave y por último comprar un pasaje de barco que nos pusiera en los Mochis, estado de Sinaloa, al otro lado del Mar de Cortés, ya en el interior de la República, como dicen los bajacalifornianos.

Cuando metimos el Land Rover en aquel ferry, el cuentakilómetros marcaba 8.700 kilómetros. 

A lo tonto a lo tanto, habíamos completado nuestra particular Baja 2500.

Al otro lado del Mar de Cortés se adivinaba otro México no menos profundo…

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~ por Iñaki Etxebarria en 10, noviembre 2008.

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