Baja California Culture-Raid. Capítulo 5º

   ¿Sabes que hay un rally súper guapo que se corre aquí, la Baja 1000, así como el Paris Dakar pero en pequeñito?…

   ¿Síiii? No me extraña.

   Una caña. ¿Te imaginas mil kilómetros a tope por estos parajes? Van follaos y de repente se encuentran con hondonadas sin señalizar…

   Pero tú, despacito, ¡eh!…

   ¡Claro, mujer, como está mandao!

Si algo tenía claro al comenzar la expedición es que el mejor aventurero es que la cuenta.

Tranquilos, pero ni tanto, entramos en Tijuana.

Qué pasada, qué contraste tan bestial a uno y otro lado de la frontera. De la ordenada San Diego a la caótica Tijuana, aunque ambas viven de la muerte. Tijuana es un zoco, el zoco de los chicos malos que juegan con la vida y la honra de los desesperados. Todas las contradicciones de las dos repúblicas, un mazo, se reproducen con crudeza en las colonias malnacidas sobre las cerros yermos.

Atravesamos la calle principal. Con un morro impresionante los trapicheros gozaban de sus esquinas en este lugar remoto de la norteamericana República de los Estados Unidos de México.

Hay muchos Méxicos, puede ser, pero este es muy descarado.

El inmenso norte sigue escapando al control del centro. México tiene cuarenta y nueve lenguas, cuarenta y nueve pueblos, y cada uno de ellos se corresponde con un modo de sentir la vida y el mundo, con sus tradiciones, sus fiestas, sus cuentos, sus miedos y sus valentías.  

Numerosos colonos habían llegado del interior de México en el último siglo, llamados por las oligarquías locales. Con todo, la península de Baja California se hallaba en buena medida despoblada.

Comenzamos el recorrido por la única carretera asfaltada que atraviesa toda la península de norte a sur, la transpeninsular. Y aun tuvimos la dicha de conocer al ingeniero que la construyó no hacía demasiado tiempo. Nos invitó a su casa, cerca de la ciudad de Ensenada…

   ¡Ya saben, si se encuentran con un policía de esos malitos, ustedes díganle… ¡Pues qué! ¡No me amole, compadre!…

   -Vale. Muchísimas gracias por todo, amigo.

 Nos despedimos de aquel joven mayor, simpático, culto, inteligente y extremadamente inquieto.

Rodamos cinco o seis kilómetros hacia el sur.

Y ya estábamos detenidos en la primera ciudad que vimos a nuestro paso, Ensenada.

 Aún quedaban un par de horas para que anocheciera. A los dos nos apetecía conocer la ciudad. Y decidimos quedarnos. Estacionamos a Janfri en una calle desierta de las afueras. Kenia se quedó. Ni modo. Y nosotros nos acercamos al centro caminando. Cenamos con mariachis. Trabamos amistad con unos cuantos chavos y chavas en una discoteca medio vacía. Y llegamos medio cocidos y enmarihuanados a las tres de la mañana.

Abrimos la tienda.

Y felices como la pantera rosa, o más, nos echamos a dormir como si estuviéramos en el sitio más seguro del mundo.

De mañana nos despertó el calor y el zurriburri de la ciudad.

Las dos noches siguientes dormimos en casa de los primeros amigos que hicimos. En Ensenada empezamos a darnos cuenta de que andando en éstas era muy sencillo intimar con la gente. Alguien te presentaba a cuatro, y estos cuatro, a dieciséis. Todos querían conocer lo que estábamos haciendo. Y rara vez nos dejaban pagar, menos mal. En Ensenada empezamos a conocer el sentimiento mexicano, lo que un californiano tiene en común con un charro de Jalisco, un indio de Chiapas o un negro de Palenque. Todos comparten una misma conciencia. Realmente hay una nación mexicana, un mismo espacio de sentimientos. Y pronto nos atrapó esa magia que se vive en cada piedra, en cada persona, en cada vegetal, en cada niño cantando un corrido. Lo malo de sentirse nación con otros es que a menudo se convierte en nacionalismo contra alguien. ¡Chinga su madre, gringo del carajo! ¡Vienen acá a provocarnos, para presumir luego de que han estado en una prisión mexicana, los muy machos!… Y es verdad. Cierto que no todos viajan sin respeto, también hay gente del otro lado que admira lo mexicano. Poco a poco íbamos descubriendo la idiosincrasia de este gran lugar, magia profunda, fe sin demasiada ilusión, risas ante la muerte, veneración y odio hacia el papá chingón que se cogió a la mamasita india. Y sin embargo pleno respeto y admiración hacia los dos gallegos, o vascos, o españoles que viajaban en un viaje muy  chingón con una perra bóxer por el mundo.

Nos costó seguir viaje, desapegarnos de unas buenas amistades y un par de amigos. Quienes de últimas nos llevaron a conocer La Bufadora, un salto de agua fenomenal, que como un gran sifón se erguía por encima de nuestras cabezas luego de enredarse en la rocalla de la costa.

Desde entonces sé que se puede hacer un amigo y una amiga en sesenta horas.

¡Brom, brom! ¡Brom, brom! ¡Brooooooooooooooooooooooooom! Brom, brom, brom, brom, brom, brom, brom…

¡Ala, que nos vamos!

Me da penica, pero bueno. ¡Qué súper guay me lo he pasado! ¡Quéeeeee majos, joder!…-iba diciendo Ángeles, la acolorada Ángeles, mientras se ponía el cinturón.

   ¡Béoofff! –confirmó Kenia.

Ya había entrado el otoño septentrional. Pero no lo parecía en aquel infierno. Menos mal que la baca sobresaliendo por nuestras cabezas nos procuraba sombra, y el interior de madera y las cortinas de colores alegres que había cosido Ángeles amortiguaban la solana que en la mañana entraba por mi lado y en la tarde por el suyo.

De las vides que alegran el norte del estado fuimos pasando a tierras cada vez más hostiles.

A nuestra izquierda quedaba la Sierra de Juárez, de suaves y ásperas colinas.

Sin un centímetro de arcén la carretera transpeninsular se alzaba varios metros sobre la cota del terreno. Así es que para no volcar cuando necesitábamos salir de ella habíamos de enfrentar la bajada con las dos ruedas delanteras a un tiempo.

No podíamos correr demasiado. Y es que cuando menos lo piensas, puedes encontrarte con un bache enorme e irte contra el que viene de frente, que casi siempre suele venir enchufado, o salirte de la carretera incontroladamente.

De cuando en cuando avistábamos algún esqueleto de vaca, casi siempre cerca de alguna charca con la memoria perdida desde las lluvias de junio.

Los cactus cada vez eran más altos.

Un amigo buzo de Ensenada, que había costeado casi toda la península, nos sugirió Isla Natividad como el mejor sitio del Pacífico californiano para conocer a los pescadores de abulón.

Hacia allí nos dirigíamos.

Dejando la sierra de Santa Catalina a nuestra izquierda, ese día cruzamos de norte a sur una región desértica con más de quinientos kilómetros.

Aquello era el paraíso de los cactus. Algunos pasaban de los diez metros de altura.

Nos detuvimos para fotografiarnos bajo uno de ellos.

El atardecer nos encontró en medio de una de las salinas naturales más grandes del planeta, la de Guerrero Negro. Así mismo se llama la ciudad, en torno al paralelo veintiocho, que alcanzamos ya de noche. Aparcamos en la polvorienta calle principal. Nos cenamos unos tacos en un puestecito. Y volvimos a comprobar que en ese país todo está impregnado con la magia. Eso es. Cenamos casi un palmo por encima del suelo, sobre la barra carcomida de aquel garito, colmada nuestra capacidad de asombrarnos con la fantasía…

Esa noche dormimos en una pensión no demasiado cutre.

A la mañana siguiente, no sé dónde, conocimos a un curioso personaje. Se enteró de que éramos periodistas y se empeñó en que grabáramos unas increíbles revelaciones. Cuatro horas después nos fuimos boquiabiertos con otros tantos casetes repletos de información sobre algunos de los desmanes de la CIA en América Latina, en aquellos tiempos en que el imperio se cargaba los gobiernos empeñados en políticas de sustitución de importaciones.  

Y aún seguíamos alucinando cuando proseguimos camino hacia el oeste.

Qué cosas tiene la vida -venía pensando cuando nos detuvimos a preguntar a un viejito que estaba sentado en el cruce de la transpeninsular con la pista de terracería que sale hacia Punta Eugenia, enteramente de blanco, sombrero charro, donde comienza un brazo de tierra que rompe la esbelta figura de la península ganando terreno al Pacífico profundo.

   ¿Disculpe, señor, esta es la pista que va a Isla Natividad?

   Sí, señor. Sígale, sígale… -nos dijo, indicando con la mano hacia el oeste.

Pero no nos avisó de que aquella ruta tenía una ganada fama entre los lugareños, la de tener la peor pista de terracería del mundo. Después de cincuenta o sesenta kilómetros de esos que te encienden el ánimo aventurero, cuajadito de baches, entramos en una tôle ondulée insufrible. Cada diez o quince centímetros teníamos que sufrir un durísimo relieve salino para el que no había amortiguación posible, que atravesaba de lado a lado la pista. Miles de saltitos después -¡plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom!-, Ángeles sujetando los armarios de atrás, -¡plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom!- de rodillas sobre el pasillo de madera cubierto con goma negra, -¡plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom!- intentando evitar el descalabro total  -¡plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom, plom,!-,  me dije…  ¡Mecagüen la leche! ¡Ya no aguanto más!… Y bajamos hasta el camino de arena que corría paralelo a la pista.   

   ¡Qué descanso! –confesó Ángeles.

   ¡Ya te digo! –contesté, encabronado.

Metí la doble tracción y la reductora. Las ruedas del Land Rover eran especiales para arena, unas XS de Michelín, probablemente las mejores de entonces.

Pero el peso que llevábamos era excesivo.

Aquello se fue complicando.

Cada vez nos distanciábamos más de la pista, que acabó viéndose a quince o veinte metros de distancia y a otros cinco o seis sobre nuestras cabezas. Cuando, de pronto, aquello se complicó definitivamente. El camino se hizo intransitable. Y busqué retomar la pista de terracería en cuanto fuera posible. Seguí las roderas de otros vehículos, que enfilaban hacia allí. Pero los surcos fueron haciéndose más y más profundos. Y Janfri iba perdiendo fuerza. Y cuando estábamos a punto de alcanzar la pista, ¡¡clonk!, el Land Rover se detuvo bruscamente inclinado hacia mi lado, en la parte alta de la última duna, al mediodía, en medio-medio del desierto de Vizcaíno…

Tomé aire para relajarme.

¡Fúuuu!

¡Fúuuuuu!

Allí no había un arbusto.

Aquello parecía el Sahara en agosto.

Procuré inquietar lo menos posible a mi compañera. Pensé en enterrar en la arena las dos ruedas de repuesto, una a continuación de otra, pasando el cable del winchy por la parte alta de las llantas. Si no resistieran, disponíamos de un plan B, utilizando las cuatro gruesas estacas de dos metros y medio de altura, con uno de los extremos bien afilados, que habíamos preparado en Vitoria para la ocasión.

Antes había que liberar las ruedas del Land Rover. ¡Ala, maja, sube a la baca y échame la pala!  –poco menos que ordené a mi señora, pensando en quedarme abajo para hacerme entre tanto con las planchas de arena que llevábamos atornilladas a los laterales-. Finalmente, decidí que tal vez no fueran necesarias. Demasiado tarde. Ángeles ya estaba currando arriba, bajo el sol inclemente sobre su cabeza desnuda. Y yo abajo, para sus efectos mirando. No, ella no interpretó lo mejor. La magnífica mujer que elegí por esposa aguantó un rato la compostura, mientras que yo soltaba los pulpos que sujetaban el toldo a los laterales de la baca, y fue perdiendo la calma luego de buscar sin encontrar la pala de marras. Supongo que tenía que haberla relevado allí arriba. Pero yo estaba pensando en exonerarla de cualquier trabajo posterior. Cuando al fin se hizo con ella. Me la pasó. Y de muy malas pulgas me abroncó cuando me disponía a despejar de arena  el camino. ¡Pero qué haces!… Cincuenta grados y subiendo… ¡Pero qué coño estás haciendo!… Cincuenta y un grados y subiendo… Yo tenía un plan, que consideraba infalible, pero no lo compartí. Ya suponía que se había roto alguna pieza de la transmisión. Pero lo cierto es que no me sentía preocupado.   

De todos modos, el viaje nos daba la primera en la frente.

Aún no tengo claro si no me supe explicar o Ángeles no estaba para explicaciones. El tema es que perdió la confianza en mí. Y se estaba despachando con una buena cuando yo también me encendí. Por un momento me transmitió la sensación de que estaba fuera de juego. Pero nada más lejos de la verdad. No estaba encrespado, ni mucho menos, tan sólo cabreado porque a la primera de cambio esta pareja parece que no íbamos a dar la talla.   

En éstas andábamos, como dos gallitos sagitarios, cuando apareció un camión pequeño que transportaba una cuadrilla de pescadores.

   ¡Buen dia! ¿Necesitan que les jalemos?

   No, muchas gracias, no hace falta… Bueno, no sé… ¡Bien, vale, vamos con ello!…No podía dejar pasar la ocasión. Era el primer vehículo que veíamos desde que dejamos la transpeninsular. Aunque de primeras mi orgullo me hiciera rehusar la ayuda, pronto cambié de opinión. Y me puse a coordinar un plan con el hombre que conducía. Bajaron los pescadores que iban detrás cuando libré el winchy de su funda y solté cable suficiente para que el chófer pudiera engancharlo en su camión. Le pedí que procurase mantener tenso el cable para evitar las sacudidas y tener un algo de control. Pero él, seguramente, ya lo sabía mejor que yo. Así que agarré el volante con la derecha, el mando a distancia del winchy con la izquierda, – ¡Hórele!– di la señal de arrancar, y fui recogiendo cable mientras el camión jalaba del Land Rover, un metro, ¡buf!, otro metro, ¡buuuf!, otro metro, ¡búuuuuuuuuuf!… y a punto estuvo de volcar el Janfri hacia mi lado un instante antes de que volviera a tensarse el cable y recibiera el impulso salvador de aquellos pescadores y su camión.

¡Vaya, vaya! –nos dijimos.

   Muchísimas gracias por todo, muy amables.

   Por nada. Qué les vaya bien. Ahorita nos vemos en Punta Eugenia.

   ¿Ahorita?… –exclamé, mirando a mi compañera. ¿No estará de coña, no?…

   Sí, ahora mismo, segurito –confirmó Ángeles, nunca tan colorada.

Pero no, no iba de coña. Pronto aprenderíamos que en el relajado Sur el concepto del tiempo es muy distinto al del neurótico Norte.

Aún nos faltaban ciento cincuenta kilómetros de tôle ondulée para alcanzar el Pacífico. Y sin tracción trasera.

¿Llegaremos?…

No llegaremos.

Sí llegaremos.

¿Seguro que llegaremos?…

No sé si llegaremos. ¡Qué sí, tonta!…

Aquello fue un puro sufrir…

Cuando entramos en Punta Eugenia, al atardecer, volvimos a sonreír. Se nos pasaron todos los males al ver que aquello era un cementerio de camionetas, camiones y pick-ups entre las humildes casas de diferentes colores, todas ellas tan despintadas como el lugar, y nosotros, pese a todo, lo habíamos conseguido.

El océano Pacífico se veía en relativa calma.

Parqueamos el carro en una de aquellas polvorientas calles. Coloqué en mi cabeza un sombrero de ranchero californiano que había pillado en Ensenada, todo ufano.

Y dimos un paseo por el pueblo, bien tiesos, agarraditos.

Una sopa muy rica, unos taquitos, nos chupamos unas coronitas, conseguimos información sobre el único taller mecánico que abriría el día siguiente, buscamos un modesto hospedaje y nos dormimos bien arrimados, casi tan desguazados como los carros de afuera.

   Buenas noches, mi amor.

   Buenas noches, cariño.

 A petición del mecánico, muy enrollado, de buena mañana transamos la sustitución del palier trasero derecho, el más largo de los cuatro, por seis tecates frías y un cartón de Marlboro. Menos mal que íbamos bien pertrechados de repuestos.

Lo que no sabíamos todavía es que no encontraríamos un solo Land Rover en todo Norteamérica.

Agradecidos marchamos a encontrar alguien que nos llevara a Isla Natividad.

Poco después atracaba el bote en una pequeña cala de la isla. Nos habían acercado algunos de los miembros de una cooperativa de buzos y pescadores con la que convivimos durante cuatro o cinco días. Era temporada de langosta. Y otra cosa no comimos en el tiempo que permanecimos allí. La perra se puso morada, para desayunar, para comer, para cenar… Pero nadie se hartaba de semejante manjar. Nos dejaron una habitación en una de aquellas casitas, creo que era azul. Desde allí, en medio del sediento terreno, se veía el pequeño aeródromo donde aterrizaban los surfistas gringos en busca de una de las olas míticas del planeta, y una numerosa colonia de alcatraces planeando el Pacífico en busca de pescado o apostados en un islote próximo a los rompientes.

Nos sentó bien aquella parada.

Aprovechamos para hacer un reportaje sobre esa cooperativa de buzos y pescadores que vivían extraordinariamente bien de su trabajo, aunque lejos de sus casas. Después de los tres meses de vacaciones que suceden a la pesca del abulón, empezaba la campaña de la langosta. Un día ella y otro yo, en una pequeña embarcación a motor, salimos a recoger las jaulas con ellos, que el día anterior habían colocado los buzos con sus respectivos cebos. Fue realmente gratificante. Nos trataron como a reyes. Leímos los libros que nos aconsejaron sobre Baja California. Así supimos de los indios que morían con los pulmones reventados por bajar en busca de ostras madreperlas, para satisfacer la codicia del conquistador español, el francés, el inglés y más tarde el propio de los caciques del lugar. A decir verdad casi habían acabado, unos y otros, con los indios de esta zona del mundo, quedando reducidos en torno a alguna vieja Misión.

Y una de ellas sería nuestra siguiente meta, la Misión de Comondú.

Marchamos de Isla Natividad una mañana espléndida de luz, sonrientes, con algo de pena pero la andorga llena.  

Ya tranquilos, con ganas de seguir viaje, íbamos camino del puerto cuando sentimos que nos seguía un pick-up.

Detuve el coche ante las ráfagas de aquel carro que no podía o no quería darnos alcance.

Y bajó  el padre con una hermosa concha de abulón, el hijo con una increíble sonrisa, y dijo aquel… Es para usted señorita, la he pulido yo mismo… Y Ángeles recibió aquello como el más galante de los piropos.

Todavía hoy conserva el regalo.

La pista de terracería peor del mundo nos esperaba de vuelta. Ya nos habíamos informado de que no estaba cortada, también de que sólo había dos maneras de rodar por ella: despacito , comiéndote cada uno de los rizos de la “tôle ondulée”, o volando sobre ellos. Creo que elegimos, de nuevo, una intermedia.

Esa jornada cruzamos de oeste a este la península por su parte más ancha. Para ganar, ya de noche, Santa Rosalía, en el golfo de California, con los huesos baqueteados, perdiendo agua por la base del radiador, hasta la orilla del tranquilo y cálido Mar de Cortés, ya en el estado de Baja California Sur.

Aquella fue la primera noche que sentí en la pierna izquierda un extraño cosquilleo, muy molesto, que junto con el calor, los mosquitos y el ruido del ventilador no me dejó pegar ojo hasta bien entrada la noche.

A la mañana siguiente buscamos un taller mecánico para que nos reparasen el radiador.  

Y rayando el mediodía seguimos hacia el sur por la transpeninsular, siempre hacia el Gran Sur…

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~ por Iñaki Etxebarria en 28, octubre 2008.

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