Diez días en el lejano Oeste. Capítulo 4º

 –¡Quita, quita! ¡Ya no me pillan con el culo al aire!…

   Pues sí –dijo Ángeles, alto y claro, cuando vio que estacionábamos el todo-terreno en uno de esos moteles típicos de la carreteras del medio oeste.

Hasta que dejáramos el país ya no pasamos una noche al raso. Tanta alambrada, tan contados los espacios públicos, quedamos con la impresión de que los Estados Unidos no son de los estadounidenses, como mucho una pequeña parcela o una gran superficie. Y ellos, pequeños o grandes terratenientes, arma corta o larga, se cuidan muy mucho de que nadie entre en ella.

Brom, brom, broooooooooooooooooooooooooooooooooo…

Recuerdo bien la mirada humilde y sabia del primer indio americano que se cruzó en nuestro viaje. Habíamos atravesado de norte a sur el enorme estado de Kansas, donde las tierras van pasando del regadío al secano. Y rodábamos por Oklahoma. Ya no había vacas ni cereales. Bajaba el hombre de un viejo pick-up estacionado junto a un mísero ranchito en la encrucijada de las dos grandes rutas que cruzan de este a oeste el país. Su mirada infinita y tranquila quedó en mi subconsciente como la primera de una larga serie de estampas con el mismo denominador común: la secular tristeza del indio americano.

Brooooooooooooooooooom, brom, brom, brom, brom. Cerca de la frontera entre Oklahoma y Texas estacionamos a Janfri a las puertas de un local de souvenirs. En aquel establecimiento abundaban los motivos que exaltaban el orgullo del indio americano. Algunos grabados eran verdaderas obras de arte. El espacioso local estaba vacío. Sólo se veían dos cotorras junto a la caja registradora y no nos quitaban el ojo. Creo que nos oyeron hablar en un español rarito. Y no paraban de reírse.

A medida que me fui acercando a la caja para pagar las dos camisetas que elegimos, el olor a víbora se hacía más intenso.

   Thank you very mutch. Goodbay. –me despedí, con elemental cortesía.

   ¡Ooooooooooh! ¡Thankkk yuuu veryyy maaachhh! ¡Óuuuuuuuuuuuu! –dijo la más cretina a su contraparte cuando ya les estaba dando el trasero.

Me detuve. Giré la vista. Las miré a los ojos, por ver qué ofrecían. Y vi lo que había. Dos tías inseguras que tienen que recurrir a la xenofobia para sentirse superiores. Y me quedé con ganas de decirles algo así como ¡De qué cojones os reís, atontadas! Pero no. Me contuve. Y seguí mi camino con la cabeza algo más baja que aquellas señoronas grandes y rubias, y la conciencia un poco más alta.

Ya en el Land Rover me cambié de sudadera. Desde entonces llevé en el pecho con mucho orgullo el rostro de un indio americano. Aquellas mujeres hacían negocio con el exterminio del indio. Es increíble. La romántica Conquista del Oeste fue una gran mentira urdida en Hollywood. Pero supongo que no era la primera vez en la Historia que un genocidio se convertía en epopeya. Para eso están los fabricantes de sueños…

   ¡Qué calorón, no! –se quejaba mi compa.

   ¡Joé que sí!

Kenya sacaba medio metro de lengua, más o menos, sentada sobre su asiento como una señorita, y las gotas de su saliva no alcanzaban el suelo de goma y ya se habían evaporado. Nuestra amiga y colega se veía ilusionada desde que salimos de Nueva York. Para ella también aquello habría de significar un buen desafío, pensé. Pero seguro que no tenía ni repajolera idea de cuál era su papel en esta película.

Pronto se enteraría.

Cuando atravesamos el norte de Texas el indicador de temperatura interna marcaba treinta y siete grados y el de externa cincuenta. Aquel aparato además de termómetro era barómetro y altímetro. Lo habíamos comprado en España, pero aquí hubiéramos pagado por él menos de la mitad, caí en cuenta cuando vi que estaba fabricado en New Jersey, cerca de la casa de los tíos.

Brom, brom, broooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo…

Acostumbrados a la pequeña y sombría Europa, los grandes y luminosos espacios americanos nos asombraron desde el primer momento. Allí todo es a lo grande. Los Estados Unidos eran un hito interesante para nosotros, un lugar demasiado importante para la Humanidad como para atravesarlo de refilón.

Pero la primera gran meta de nuestro viaje por el mundo era América Latina.

Y corríamos hacia allí, ilusionados.

De todos modos –pensamos- ya estamos conociendo algo de Latinoamérica en los Estados Unidos, ¿no es así?….

México comenzaba a insinuarse en el inmenso territorio que le fue usurpado, o comprado a precio de ganga, por el naciente y belicoso vecino del norte, a lo largo del siglo XIX. Tan sólo Texas ya era más grande que la Unión Europea de aquel momento. Nos gustaba detenernos en restaurantes populares, para Ángeles uno de los momentos punteros del día. O aprovechábamos para darnos un chapuzón en los limpios baños de los restaurantes de carretera que reciben a los camioneros y sus grandes Mack de morro generoso, a lo largo de la mítica 55.

El kilómetro cinco mil lo hicimos en el Cañón del Colorado, en Arizona, junto a un puesto de artesanías indias, en compañía de varias familias de navajos. Aquello ya sonaba a número redondo. 5.000. Ya no haríamos el ridículo, pensé, por lo menos el ridículo más espantoso.

Recuerdo que nada más ver el cañón lo primero que hicimos fue sacar una foto a Kenia, en el extremo del precipicio. Con los ojos angustiados y las orejas vueltas hacia atrás la pobre perra se negaba a quedarse un solo segundo allí. ¡Qué no y qué no, coño, qué yo ahí no me pongo! –nos venía a decir la perra-. Y nosotros cabezones. Qué es sólo un momento, bonita! Y ella, que aún no tenía claro para qué la habíamos traído, pensaría… ¡Ahora entiendo, me han traído hasta aquí para tirarme por el barranco! ¡Qué no, hombre, qué yo no me pongo ahí, leñe!…

Creo que nos fuimos sin hacerle la foto.

Nos detuvimos en un camping situado en la parte más alta del impresionante cañón, junta a una torre hoppi dominando el curso serpenteante del río Colorado. Eran los últimos días del verano de 1990. Entonces, éste era el lugar turístico preferido por los estadounidenses.

Aprovechamos para lavar la ropa en una de esas lavadoras grandes.

Ya sabéis, ardillas correteando, el cielo todavía más rojo que la tierra, los paseos con la perra, abrazaditos, el sabor indio de aquel cañón, nos hicieron sentirnos en una luna de miel muy acaramelada.

Dos días después arrancamos para cubrir los últimos kilómetros hacia la costa oeste.

Cruzamos las Montañas Rocosas.

Y entramos en el edén: California.

Pero antes de alcanzar el océano hubimos de atravesar un desierto que nos llevó una jornada larga.

Avistábamos Los Ángeles cuando paramos a repostar. Desde allí llamamos a otros tíos que mi compa tiene en la ciudad que lleva su nombre. Ya nos esperaban. Quedamos con ellos,  ingenuamente, a las siete de la tarde en un centro comercial. El tío Mario nos lo había explicado con pelos y señales. Pero nos dieron las doce de la noche y aún  andábamos perdidos. Rodamos por el interior de Los Ángeles varios cientos de kilómetros. En esta ciudad todo el mundo va en coche y no es fácil preguntar por una dirección. Ni siquiera es fácil parar. Y donde paras no hay gente. Nadie caminando la calles, casi todas las casas unifamiliares. Aún no estaban en uso los teléfonos móviles. Hasta que detuvimos el vehículo frente a un pequeño bar mexicano, en medio del maremágnum de vías que tejen la ciudad. Desde allí pudimos llamar a los tíos, que ya nos aguardaban en casa. Los pobres nos habían estado esperando en el centro comercial hasta que lo cerraron. Así que cuando llegamos, a la una y pico de la madrugada, con el depósito medio vacío, aún conservaban la cara de angustia y aburrimiento.

Rotos, aquella noche dormimos en una hermosa habitación petada de fragancias. Tuve que recordar a Ángeles, ya en la cama, lo muy delgada que la tocaba. Ya lo estaba cuando llegamos a Nueva York: 48 kilos. Y en el trayecto de este a oeste había perdido otros tres. No puede ser. Vamos a tener que parar unos días para que cojas peso, mi amor.

Esa casa era una gozada. Allí conocimos el primer salón-billar fuera de una película, una habitación exclusiva para la ropa y la segunda secadora. Para mi chica fueron una bendición los tres o cuatro días que pasamos allí.

Solíamos escaparnos a la playa, a Santa Mónica. Las chicas son un poco frívolas para mi gusto pero están muy buenas. Supongo que Ángeles pensaría algo muy parecido con los chicos. La cultura física en California es casi enfermiza. Nos gustaba comer en garitos de comida rápida, los clásicos. Pero los tíos ya se preocuparon de llevarnos a cenar a un par de buenos restaurantes. Allí los puedes encontrar de cualquier nacionalidad. Es ésta una de las distracciones favoritas de las familias americanas, como las barbacoas en el jardín o ir de compras a las grandes superficies. A la tía le gustaba que apreciásemos su ciudad. Y la verdad, no podíamos menos después del celo con que nos cuidaron… 

   Ya os vais.

   Sí, tía. Tenemos que seguir viaje. Ya hemos molestado bastante…

   No, no, ha sido un placer –se esforzó en su parco castellano.

El tío nos miraba sonriente cuando marchamos. Esa experiencia ya la habíamos vivido en Nueva York. Ambos hogares habían significado mucho para nosotros. Recuerdo que cuando partimos, con las indicaciones muy claras, sentíamos una inmensa felicidad. Creo que Ángeles, como yo, estábamos deseando entrar en México.

Antes tuvimos la ocasión de dormir en un cutre motel de Santa Mónica, de esos de bungalows alrededor de un patio y recepcionista con botas vaqueras sobre la mesa repleta de papeles y polvo, y el niño mocoso corriendo por ahí y la mujer mexicana explotada ocupándose de todo, y aquel tipo mirando la televisión y el recibidor lleno de latas de cerveza y restos de pizza.

En la mañana siguiente nos sacamos unas fotos en el puerto más pijo de América, en la ciudad de San Diego, cerca de la frontera entre las dos Californias. Además de miles de yates y veleros, allí estaba una buena parte de la flota estadounidense. Era la ciudad más limpia y luminosa que había visto.

 Antes de cruzar nuestra primera frontera terrestre, y no era una cualquiera, nos detuvimos en un bar mexicano.

   Sí, señorita, dos burritos por favor.

   Claro, cómo no –respondió amablemente la camarera.

   Qué nervios –me contaba Ángeles-. ¿Te imaginas que no nos dejaran entrar en México?…

   Ni lo pienses. Pondremos el bozal a Kenia, y si nos hacen parar, abriremos todas las puertas de par en par. No te preocupes. Que busquen donde quieran. Que vean que no tenemos nada que ocultar…

Y eso es exactamente lo que hicimos.

El lado estadounidense lo habíamos cruzado sin detenernos. Los policías gringos dejaban pasar a todo pichipata cuando era para salir. En el otro sentido la cosa era distinta. A uno y otro lado operan poderosas mafias, que se lucran con el sufrimiento de los espaldas mojadas y cincuenta vergüenzas más. Era probablemente la frontera más conflictiva de América. El policía se tomó un tiempo en chequearnos. Vio nuestra disposición a enseñarlo todo. Se aburrió de mí al ver que no hacía amago de arreglarlo con mordida. Y finalmente nos selló los pasaportes con galbana.

¡Ah, ah! ¿Periodistas internacionales? Pasen, pasen -nos despidió su compañero.

Todas las ciudades fronterizas son duras.

Pero Tijuana es otra cosa.

Todavía no lanzábamos las campanas al vuelo, no quitábamos el bozal a Kenia, recorrimos unos cuantos kilómetros y en cuanto vimos que nadie nos seguía, que ya  estábamos en México aunque no nos lo creyéramos, nos detuvimos a la orilla de la polvorienta carretera. Estábamos a la entrada de un gran desierto. Era evidente. Había más de cincuenta grados en el ambiente reseco. Y nos dimos un abrazo de campeonato. ¡Guau, guau! ¡Gua, guau! –se quejaba Kenya con la lengua fuera del bozal, como diciendo, ¡Ala, tíos, dejaos de carantoñas, quitadme esta cabronada del morro y vamos a viajar de una focking vez…! 

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~ por Iñaki Etxebarria en 18, octubre 2008.

Una respuesta to “Diez días en el lejano Oeste. Capítulo 4º”

  1. Es genial, y eso que aún estais en camino a la autentica aventura… Es una pena no ver alguna de las fotos…
    Un saludo.

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