En ruta hacia el lejano oeste. Capítulo 3

¡Bum, bum! ¡Bum, bum! ¡Bum, bum! Mi corazón latía a mil por hora. Sólo que me viera en una de esas autopistas estatales libres de peaje, la freeway que nos ayudaría a atravesar el estado de New Jersey, mi nivel de responsabilidad se multiplicó por cien mil . Conducía como pisando huevos sin querer romperlos. No me quería ni imaginar lo que supondría tener un grave accidente al poco de comenzar. ¿Se imaginan? Cuatro años preparando todo esto y en un pim-pam-pum podía fracasar la expedición. Me preguntaba qué dirían los clientes del bar Gredos, el pequeño establecimiento que fundaran los padres de Ángeles, si el viaje se chafaba a la primera de cambio. Me consta que algunos entre ellos se habían cruzado apuestas sobre lo que duraríamos. Y creo que el más crédulo llegó a decir que aguantaríamos dos años como mucho. No, no se me quería demasiado por allí. A fin de cuentas me había llevado a la camarera que diariamente hacía más llevadera su existencia. No les guardo rencor. Así que disfrutaba viendo correr, lentamente, los números del cuentakilómetros. 605, 606, aprendiendo a gozar a cambio de sufrir. Esto se movía. La expedición Francisco de Vitoria estaba realmente en movimiento. Aquello tenía que perdurar, que hacerse fuerte. Quizá algún día, lejano, daría sus frutos. Queríamos ayudar, eso sí lo teníamos claro. Queríamos colaborar para un mundo mejor. Pero ante todo deseábamos vivir, conocer, explorar, llenarnos de todo y de todos. Yo ya me sabía dueño de una buena estrella. Pero había que hacerla brillar. El propio camino nos enseñaría cosas importantes. Eso también lo tenía claro. ¿Iba buscando algo?… No lo sé. Supongo que sí. Pero eso poco importa. Sé que nos echamos al camino, y que por ahí nada malo podía llegar. Y eso ya es mucho saber, pero bueno. Ángeles se veía bien, disfrutando del verdor de los paisajes, de su libertad ganada por haber vencido miedos y prejuicios, disfrutando su regalo por creer en la vida, por saber que por estos lugares acostumbramos a tener más o menos lo que nos merecemos. Yo la miraba y veía que en ella no había nada impuro, nada artificial. Mi chica, mi chica, esto lo estoy haciendo con el gran amor de mi vida. Yo lo sabía. Sabía eso y pocas cosas más. Y no era la clarividencia de un ser inteligente sino la de un hombre afortunado, privilegiado por no haber desobedecido mi instinto. Me había despedido sin aspavientos de mis hijos en la calle Ramiro de Maeztu, en Vitoria, bajo la casa de mi antigua suegra, María Jesús. (Valga para ella un beso). Algo se me rompió en el alma cuando lo hice. No recuerdo lo que les dije, pero sí que fui uno de los padres más escasos que conocía. ¿Qué puñetas me estaba llevando a dejar a los dos hijos maravillosos de mi primer matrimonio y lanzarme a la aventura? Aunque no, aventura no, por favor. Aquello no era una aventura, joder. Quería convencerme de que no éramos unos simples aventureros. Que necesitaríamos aventurarnos para llevar a cabo semejante locura eso es cierto, también que tenía que estar no sé cómo para dejar a mi familia, la seguridad que me brindaba mi amable ciudad o la comodidad de nuestras casas. Joder Iñaki, tío, estás dejando a tus hijos por qué, para qué… Entonces le quitaba hierro al asunto engañándome que les vería el próximo verano, que a cambio iban a poder ver otras gentes, otros países. Ya los primeros años de separado me había intentado convencer de que era mejor verles lo justo para que no se encariñaran, y de ese modo sufrieran menos mi partida.  Qué clase de idiotez fue esa. Qué coño de fuerza me hace perder la cabeza y abandonar a mis hijos. No lo sé. Pero en más de un momento se me hizo insufrible la imagen de mi tacaña despedida… 611, 612…Estaba más atento a los kilómetros que a imaginar cómo estaría mi compañera, o qué sentiría su familia, dividida entre quienes me comprendían y quienes no lo hicieron. No les culpo. Hay que estar un poco tocado del ala para hacer lo que hicimos. ¿Quieres un cigarro, Iñaki?… Y yo seguía sin despegar la vista de la carretera. El centro del universo debía estar entonces muy cerca de mí. 617, 618… Menos mal que no me sentía un iluminado, no, qué va, sólo un tipo que estaba sacando adelante su destino. Sobre este particular no tenía dudas. ¿De dónde me venía entonces el miedo a que aquello fracasara? Si yo estaba destinado a hacer lo que hice, cuál era el problema. Aunque supongo que aquello era algo natural, creo que entonces sentía pánico al ridículo. Nunca he sabido pasar de alguien. Y no quiero aprender. Ángeles, Angelines… Qué gozada, qué privilegio viajar por el mundo al lado de una mujer a la que harías el amor en cualquier rincón del planeta… Creo que entonces no era muy consciente de ello… Qué maravillosa libertad estábamos viviendo. Podíamos seguir, sin parar, hasta el infinito, o quedarnos en cualquier lugar la vida entera. Nadie nos mandaba. Ya nos habíamos preocupado de ello. Ya nos había ocupado en preservar nuestra independencia. Personalmente, necesitaba mi autonomía entera para no decir tonterías. Ya había demasiados periodistas cooptados por el sistema, condenados a una vida mediocre. Así es, unos días antes de partir había sacado la licencia de periodista independiente en el ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. No, no tenía programas ni guiones establecidos: necesitaba entera mi libertad. Aunque no sé si la tenía…  

   ¿Te gusta este lugar para dormir?

   Vale –me contestó mi princesa en un cuento de hadas.

La primera noche dormiríamos en la tiende de campaña, sobre la baca. Con nuestras cabezas asomando por la lona verde, mirábamos la luna de los amish en medio de la verde campiña de Pennsylvania.

   -Good morning –nos despertó la voz tranquila de un hombre, sombrero de puritano, al tiempo que pasaba a nuestro lado en una berlina negra tirada por un fuerte mustang. Ya hacía un buen rato que había amanecido.

   -Good morning, sir. Le contesté con los ojos llenos de legañas secas.

Sí, habíamos dormido bien, con la tranquilidad de quien se sabe dueño de una buena estrella, y la confianza cándida de un gilipollas bienaventurado .

Pronto nos daríamos cuenta de que no se podía dormir alegremente en los descampados americanos.

Unos días atrás nos había invitado el tío Antonio en Nueva York… ¿Dónde preferís que vayamos este fin de semana, a las cataratas del Niágara o a conocer a los amish de Pensilvania. Lo decidimos rápido. Así fue que conocíamos algunas cosas de este colectivo singular. La vida parecía haberse detenido en una aldea europea del siglo XVI. Nos enganchó su estilo tranquilo y familiar, sus impolutas granjas, silos y vaquerizas, sus artesanías en madera clara y sus tarros de mermelada. Nos preguntábamos si era bueno mantenerse en una burbuja en estos tiempos. De algún modo ya sentíamos que entre tanta foto idílica había de bullir una compleja problemática, repleta de claroscuros. Las últimas generaciones de amish habrían de pelear su libertad. Eso quedaba patente. ¿Podrían mantener ese estilo natural de vivir en un mundo tan competitivo y lleno de placeres mundanos? Desde luego era todo un reto para un pueblo con nosotros exquisitamente hospitalario. 

Después de una tranquila jornada en la que atravesamos los estados de Pensilvania, Virginia Oeste y Ohio, inmensas llanuras de avena o de maíz moviéndose al ritmo de un viento suave de septiembre, de cuando en cuando algún rancho, algunas vacas, un molino, los altivos silos y la sempiterna alambrada, ya en el estado de Indiana nos sorprendió un increíble atardecer. Detuvimos el Land Rover a un lado de la carretera y sin saberlo entramos en una especie de urbanización rural. Tan pichis, nos pusimos a sacar fotografías del maravilloso atardecer, que fue desde una encendida gama de naranjas hasta un profundo cobrizo. En medio de la oscuridad desplegué la tienda de campaña, mientras que Ángeles se las apañaba para cocinar con el camping-gas recién estrenado, en la trasera del vehículo, que entonces se veía reluciente. Con la puerta trasera del Land Rover abierta, la cocinera tenía todo a mano en los armarios, excepto el agua. Para hacerse con ella tenía que abrir la puerta lateral izquierda, y escanciarla sirviéndose de un tubito plástico conectado al bidón de 80 litros que llevábamos en el centro del vehículo, junto al asiento de Kenya, quien brincaba alegre por los jardines de la urbanización.

Aquello no parecía real.

Hasta que, de pronto, vimos cómo se aproximaba la luz de una linterna. Estábamos terminando de cenar, sentados en los taburetes plegables, junto a la mesa cuadrada y pequeña, asimismo plegable. ¡Booooooorrrfffff!-nos avisó Kenya-. Y quedó observando el bulto que había detrás de aquella luz, bien cuadrada. La sujeté y esperé a que se acercara aquel hombre, de mediana edad, sombrero de ala ancha, una radio en la mano derecha y una linterna enorme apoyada en su hombro izquierdo, lista para golpear. Ese tipo se detuvo a cuatro o cinco metros de nosotros. Me levanté. Di un paso adelante y le expliqué lo que había en mi pobre inglés. Pero el tío estaba obcecado con llamar a la policía. Y eso es exactamente lo que hizo. Calma. Mucha calma. Este tío es bobo, igual se cree que le vamos a robar –nos dijimos en voz baja-. ¡Pero si estaba a la vista que era el vehículo de una expedición! Habrase visto otra cosa igual… This is one expedition around the World, dou you see?… Pero el tío nos mantuvo a raya. Tenía ojos de zumbado, de persona con pocas entendederas. Hasta que diez o quince minutos después apareció un coche de la policía. Bajó el típico sheriff gordo y fuerte de mirada perspicaz. Rondaría los sesenta años. Se le veía con el culo pelado en estas y otras lides. Amablemente se dirigió a nosotros en un inglés tranquilo. Le señalé la puerta en la que estaba el rótulo donde se leía en castellano: Expedición Francisco de Vitoria alrededor del mundo. Iluminé el mapa del recorrido con una linterna idéntica a la de aquel tipo, y expliqué por encima nuestro proyecto al policía. Quien nos guiño el ojo y volvió la vista, con una mezcla de lástima y desdén, hacia el atontado que aún seguía alumbrándonos a la cara, como diciéndonos… No le hagáis ni caso. Quédense a pasar la noche si quieren –nos dijo finalmente-. Y se despidió cruzando unas palabras, ininteligibles para nosotros, con aquel hombre farruco. Ángeles y yo le dimos las gracias al policía, que marchó de allí. Y miramos cómo se alejaba el vecino, poco convencido todavía. ¡Ala, que te den! –nos despedimos del intruso-. Y solté a la perra, que se puso a brincar alrededor nuestro.

En la tarde del día siguiente, habiendo cruzado de este a oeste el centro de Illinois, ya en tierras de Missouri, a la buena de Ángeles se la veía molesta…    

   -¡Pero tú has visto otra cosa igual, si no se puede parar en ningún lado, si en este puñetero país todo es propiedad privada!…

   No te preocupes, cariño, no creo que sea todo así…

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~ por Iñaki Etxebarria en 11, octubre 2008.

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