Quince barbacoas en New York. Capítulo 2

   ¡Qué sobrada!

   ¡Jodéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!

      No pueden imaginarse la sensación de encontrarse bajo los soberbios edificios de Manhattan en el carro de paseo del tío Antonio. La tía Carmen y él nos habían recibido en el aeropuerto Kennedy con unas sonrisas que alumbraban como la Vía Láctea. Un miembro de la familia Arceredillo aún sigue viviendo al otro lado del río Hudson, en New Jersey, en una casa de madera clásica desde la que se divisa una de las vistas más fotografiadas de Manhattan. Mejor no podíamos empezar. Esa primera tarde, en nuestra primera barbacoa en el jardín de la casa de los tíos, conocimos a un matrimonio de cubanos, anticastristas, abiertos sin embargo a cualquier comentario acerca del régimen que les hiciera emigrar a los Estados Unidos. En realidad se sentían agradecidos por la acogida que el nuevo país les había brindado, un lugar del que dicen que cualquier idea puede salir adelante. Seguíamos atontaos. Yo respondía con monosílabos y con continuos movimientos de cabeza. Estaba, lo que se dice, grogui. Ángeles se veía alegre, ilusionada. Pero también me confesó que estuvo toda la tarde paseando por el limbo de los justos. Nos cedieron la habitación más romántica de la casa, en el ático. Aquello parecía un cuento de hadas. Después de todo en Nueva York viviríamos esa luna de miel que no tuvimos en Gasteiz.

   Qué guay, Iñaki, qué increíble  es todo esto, jolín, estoy en una nube!

   Pues quédate, si quieres. No tenemos prisa.

Y así fue. Además de la nube de polución en que cada mañana nos metíamos cuando íbamos en guagua hasta la 42 nos guardamos en esa otra nube donde sólo viajan los apasionados. Desde allí la vida se ve en colores. Caminar Nueva York es una gozada, vivir allí supongo que no tanto. Nos gustó perdernos en Chinatown, en el barrio italiano, bajo las Torres Gemelas, los homeless manifestándose frente a la Estatua de la Libertad, en los cafés neoyorquinos, las coronitas con limón bajo el puente de Broadway, flipando de la mano por Central Park, una mañana de domingo en el Museo de Ciencias Naturales, en un puestecito de hot dogs de cualquier avenida, los vapores saliendo por las rejillas de ventilación del metro. Me gusta la diversidad de Nueva York. Es una ciudad que engancha. La gente suele ser amable, por cualquier cosa se disculpan. Por lo menos así lo vivimos nosotros en los últimos días del verano de 1990.

Pero lo que más nos seducía era un rule por Harlem y El Bronx.

   Estáis locos! –nos decían los primos cada vez que proponíamos al tío Antonio que nos llevara por esos andurriales-. Nos costó convencerle. Pero al fin se armó de valor.  Cogió el chevrolet viejo. Y nos echamos a las calles de los dos únicos distritos de la isla que nos quedaban por pasear. Se comentaban en la ciudad los últimos desmanes de algunas bandas de jamaiquinos, que algunos hispanos estaban invadiendo el negro Harlem. El Bronx nos pareció un lugar duro. Los camellos tenían tomadas las calles principales y no se cortaban un pelo. Te buscaban  los ojos al pasar. Harlem nos llenó de vida, las familias en la calle, no hacen falta excusas para montar una barbacoa, buen funk, o rap, una mesa larga, los humos del asado, la abuela en la tumbona, vibrando a tope los buffers de las columnas. Hubo un momento en que para cambiar de sentido, en pleno corazón del Harlem, el tío Antonio tuvo que meter su carro en una callejuela: tres pick-ups por delante y un afroamericano de veinte pies pasando drogas a la carta, quien siquiera reparó en nosotros hasta que llegamos a su altura. Tuvimos que pararnos, la ventanilla baja, el codo afuera. Me limité a saludarle, High. Y arrancamos, ufanos. Ese fue todo el peligro que corrimos en Harlem y El Bronx. 

Llevábamos doce días en Nueva York cuando el primo Tony nos acompañó al puerto. Había llegado el Land Rover.

Problemas en la oficina de aduanas. 

   Se equivocan. No estamos importando un vehículo a los Estados Unidos. Solamente estamos en tránsito por el país. Nos dirigimos hacia México. Es el 4 x 4 de una expedición alrededor del mundo. Aquí tienen todos los papeles.

   -O.K. ¡Good travel. 

Un día antes de partir el diario The Dispatch nos hizo una entrevista en la casa de los tíos. Ese día gozamos de la última barbacoa. Carmen y Antonio nos llevaron a conocer a unos amigos cubanos acomodados en el oeste de New Jersey. Castro es un demonio –nos dijeron-. Pero ellos no parecían vivir el paraíso de los justos. 

Naciones Unidas. 9 de septiembre de 1990. El señor Pérez de Cuéllar no puede recibirles porque está en Irak, con Saddam Hussein. Muy amable, su secretario nos enseñó las entrañas del edificio. Muchas gracias, muy bonito. Por lo demás, ¿el mundo qué tal?…

Ese mismo día partimos simbólicamente del edificio de Naciones Unidas. El cuentakilómetros del Land Rover Santana marcaba quinientos kilómetros escasos, los que recorrió desde el taller de Madrid hasta el puerto de Santurce. A petición nuestra Santana había colocado un dispositivo para que el cuentakilómetros no se pudiera trucar. En el Empire State tuvimos la ocasión de conocer el lugar donde se edita el libro de los record Güines. Entonces el viaje más largo en conducción alrededor del mundo lo tenían dos cantantes de folk alemanes, quienes viajando de pueblo en pueblo durante veinte años habían hecho 250.000 kilómetros. Pero esto no pasaría de ser una simple anécdota para nosotros, un pequeño aliciente deportivo que nos ayudaría a vender la expedición. Ciertamente no sabíamos bien a lo que íbamos. Pero junto al mapa con el recorrido, en una de las ventanas traseras, se leía la siguiente leyenda: Confiamos en regresar creyendo haber aprendido algo importante que devolver al mundo”.

El cónsul español en Naciones Unidas nos despidió contento por nuestra partida. No éramos tan famosos, pero creo que pensó que se había librado de dos moscas cojoneras. ¡Buena suerte, chicos! 

Tranqui, cónsul, que no seremos nosotros quienes le hagamos bajar de su poltrona. Realmente somos unos chicos tranquilos.

¡Agur, familia! ¡Muchísimas gracias por todo!…

La ruta al oeste nos esperaba.

   ¿Estás bien, mi chica?

   Súper bien.

   Vale. Ponte el cinturón, que nos vamos.

 

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~ por Iñaki Etxebarria en 28, septiembre 2008.

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